La aldea algocrática y la educación legal
El derecho como disciplina siempre se encuentra rezagada ante los fenómenos sociales, culturales y más aún los tecnológicos. Si la función básica del derecho es “formalizar” estos fenómenos, el proceso para lograrlo suele estar sujeto a un engranaje lento, reactivo y desfasado.
Quizás eso es porque aún seguimos viendo a nuestra disciplina como una maquinaria que solo busca procesar los productos legislativos: dialogamos con las imaginarias razones del legislador, con sus creaciones, con sus estructuras y sus contornos constitucionales o convencionales, y convertimos a la “ley” [en sentido amplio] como la fuente principal de nuestras soluciones, preocupaciones y correcciones para estos y todos los fenómenos.
La ley se vuelve el producto por el que circulamos y moldeamos los eventos humanos: si hay alguno que impacte en los demás saberes de nuestra aldea global, tarde o temprano vendrá la propuesta de buscar racionalizarlo por medio de la legislación.
La mítica figura de la ley como certeza y escudo para cualquier evento, desgastada en exceso, nos puede llevar a una simplificación excesiva de nuestra disciplina jurídica y alejarnos aún más de la realidad. La celeridad de los algoritmos parece asfixiar aún más este proceso, y por eso debemos reconfigurar las herramientas pedagógicas que desde la enseñanza jurídica hemos forjado
Si pensamos que nuestra disciplina por milenios se consideró la síntesis de la ciencia, filosofía y la racionalidad, hoy debemos retomar esa perspectiva, pero no como un lamento y añoranza por tiempos pretéritos, sino como una base para el devenir de nuestra disciplina.
Si nos encontramos ante una inteligencia artificial que pude inventar metáforas con la misma fluidez que “alucina” [elegante término tecnológico para decir que miente] precedentes o leyes, los presentes y futuros abogados no pueden ser más recolectores de datos o acumuladores de anécdotas, o tramitólogos: deben ser verdaderos arquitectos del pensamiento.
Debemos abandonar la novela conceptual que por mucho tiempo hemos forjado en el Derecho y convertirnos en críticos sistemáticos y propositivos racionales.
Si vamos a asimilar a las tecnologías emergentes como las inteligencias artificiales, internet de las cosas, espacios virtuales, blockchain o los contratos inteligentes, hay que hacerlo de forma crítica e instrumental. Que sean el medio, pero jamás el fin. Que sean un instrumento, pero no nuestro objeto. Entrenarnos más allá de la ley y la regulación normativa. Hay que usarlos para desafiar nuestro raciocinio, hay que pensar cómo nos enfrentaríamos y buscaríamos soluciones creativas y novedosas con nuestro actual andamiaje normativo.
Si muchos piensan que la inteligencia artificial reformará a la educación legal, sigo esperanzado de que esta “reforma” sólo será para potencializar la inteligencia natural. Que serán instrumentos, pero no sustitutos. Qué serán medios, pero no fines.
Pero para eso, tenemos que reformular cómo aprendemos, enseñamos y ejercemos derecho, que sea con crítica, humanismo, empatía y ética, porque ante la frialdad del algoritmo, solo la candidez humana puede ser la solución.
POR JUAN LUIS GONZÁLEZ ALCÁNTARA CARRANCÁ
MINISTRO EN RETIRO DE LA SCJN
PAL