Un pueblo y un valle de Cantabria que casi nadie visita… y que son de los más bonitos del norte
Hay lugares que no aparecen en los itinerarios habituales. No están en los mapas de lo urgente ni en las listas de imprescindibles que circulan por redes sociales. A veces, ni siquiera parecen querer ser descubiertos. Llegar a ellos exige algo más que una búsqueda, exige desviarse y conducir por una carretera secundaria, en este caso la CA-281, que avanza paralela al curso del río, retorciéndose y abriéndose a miradores como el de la Cruz de Cabezuela, asomado al valle de Polaciones, y antes el de Piedrasluengas, paso natural que comunica la Montaña Palentina con Cantabria.
Entramos en el valle del Nansa, un corredor verde y profundo que se abre paso entre montañas suaves y abruptas, donde el río marca el ritmo y los pueblos salpican el paisaje. En medio de todo, casi escondido, aparece Tudanca, uno de esos lugares pequeños que no necesitan alzar la voz para destacar, con sus casas de piedra con balcones de madera agrupadas en torno a la sobria iglesia de San Martín.
Tudanca es aquella en la que se inspiró José María de Pereda para escribir su novela Peñas arriba. Caminando por las calles en cuesta de este conjunto histórico de bella arquitectura que disfrutan a sus anchas los 150 vecinos se descubre la casona de José María de Cossío, que fue lugar de veraneo de la familia Cossío y punto de encuentro de escritores, por la que pasaron Lorca, Alberti o Unamuno. El macizo edificio fue levantado por un indiano y en él el académico pasaba sus veranos. Hoy es un museo que relata la vida montañesa y conserva la extraordinaria biblioteca reunida por el erudito, con más de 20.000 volúmenes y manuscritos originales de la Generación del 27.
Siguiendo camino hacia el mar, la siguiente parada es en Cosío, donde el río Vendul, afluente del Nansa, dibuja un precioso paisaje. Estamos en uno de los pueblos mejor preservados del municipio de Rionansa, con un rico conjunto de casonas barrocas. Tres kilómetros más allá, en Puentenansa, se toma el desvío hacia Carmona, una incursión en el valle de Cabuérniga. El paseo por este pueblito de calles de piedra descubre casas populares junto a otras nobles, como el Palacio de los Mier, rincones encantadores y los vecinos artesanos trabajando la madera a las puertas de sus viviendas.
Dejando a un lado Riclones y la Cueva de Chufín, el Nansa se ensancha muy cerca de Celis, buen lugar para reservar mesa y quedarse a comer un cocido montañés en La Portilla y luego conducir a la cueva de El Soplao. En la sierra de Arnero, esta maravilla de la geología, descubierta gracias a la explotación de las minas de La Florida, ha revolucionado el valle. Un corto viaje en un tren minero continúa luego por antiguas galerías que se adentran en su paraíso de estalagmitas, estalactitas, lagunas, coladas y excéntricas.
De nuevo en la CA-181, a la altura de Herrerías, el recorrido cruza el puente sobre el Nansa. Al otro lado aparece la ferrería de Cades, un recuerdo muy bien conservado de cuando el valle trabajaba el hierro con la ayuda del agua, transformándolo en lingotes gracias a ingenios hidráulicos que hoy hablan más de historia que de industria.
Desde aquí arranca uno de los tramos más agradables del recorrido fluvial. La senda entre Cades y Muñorrodero, unos 14 kilómetros, discurre pegada al río por su margen derecha, en un trazado sencillo, sin grandes desniveles, pensado para caminar sin prisas. Es posible dividirlo en dos partes, tomando como referencia la central hidroeléctrica de Trascudia, que sirve casi como punto intermedio entre naturaleza y técnica. En este mismo tramo se cruza además la primera etapa del Camino Lebaniego, que desde Cades se adentra hacia las hoces de Lamasón antes de encaminarse al desfiladero de La Hermida.
Poco a poco, el Nansa va acercándose al mar, como si el valle se fuera abriendo. Tras unos 46 kilómetros de recorrido, el río alcanza Pesúes y se entrega al Cantábrico en un estuario de gran valor natural. Aquí el paisaje cambia: a un lado aparece la playa del Sable, al otro el mirador que se asoma a la ría de Tina Menor. Y entre esa ría y la de Tina Mayor, donde desemboca el Deva, la península de Pechón pone el punto final al viaje con un conjunto de playas que sorprenden por su belleza serena.






