La simulación feminista
Inicia marzo y, como cada año, regresan las posturas encontradas en torno al feminismo y la perspectiva de género. Se multiplican los debates, las consignas y las discusiones interminables sobre la teoría. Pero mientras discutimos etiquetas, en México hay una verdad incómoda que no admite matices: los derechos de niñas y mujeres siguen siendo vulnerados todos los días.
Nos hemos acostumbrado a un activismo de pantalla. Muchas mujeres —y también muchos hombres— se autodenominan feministas o se declaran abiertamente en contra del movimiento, pero lo hacen desde la comodidad de las redes sociales. Un posteo indignado, un hilo incendiario o una discusión en la sobremesa dominical parecen suficientes para sentir que ya se tomó postura.
No nos engañemos.
En un país donde miles de mujeres viven violencia, donde las niñas siguen en riesgo en sus propios entornos y donde la impunidad sigue siendo una herida abierta, el debate superficial resulta no solo insuficiente, sino francamente irresponsable.
La pregunta de fondo es mucho más incómoda: ¿te preocupan de verdad las niñas y las mujeres de México? ¿Crees, con honestidad, que hoy pueden vivir libres de violencia y ejercer plenamente sus derechos? Y más aún: ¿seguiremos normalizando que muchas mujeres tengan que pedir permiso —o perdón— por ocupar espacios que les corresponden por dignidad?
Estas preguntas no se responden con discursos ni con posicionamientos de ocasión. Se responden con hechos.
Porque mientras marzo se llena de hashtags morados y declaraciones bien intencionadas, la realidad del país no cambia al ritmo de las tendencias. La transformación exige incomodidad, coherencia y acciones concretas que vayan más allá del momento viral.
Por eso, este mes la invitación es clara: hablar menos y actuar más. Que cada postura —a favor o en contra del feminismo— se traduzca en algo verificable en la vida real. Acompañar a una víctima, exigir a las autoridades, involucrarse en la comunidad, educar en casa, denunciar cuando corresponde. Las causas sobran; lo que falta es consistencia.
La dignidad de las niñas y mujeres en México no se defiende desde la comodidad del teclado. Se defiende en tierra, con costos personales y con compromiso sostenido.
Todo lo demás —por más ruido que haga— es simulación.
POR PAULINA AMOZURRUTIA
PAL