León XIV en la retórica de Trump

León XIV en la retórica de Trump

Menuda batahola ha provocado oooootra vez Donald Trump. No tanto por la anécdota -una más en su largo repertorio de excesos- sino por lo que muestra: la tentación persistente del poder político de invadir el terreno de lo sagrado cuando ya no (le) satisfacen los límites de lo terrenal. Primero, el desdén hacia la figura papal; después, la insinuación -tan absurda como reveladora- de que la autoridad espiritual puede derivarse del poder político; finalmente, la escenificación narcisista, amplificada por herramientas digitales, donde el líder estadounidense se proyecta en clave mesiánica. No es un desliz. Es una lógica.

Lo que está en juego no es un exabrupto más de Trump, sino una vieja pulsión: la confusión entre autoridad política y legitimidad moral. Esa que Max Weber desmontó hace más de un siglo al distinguir entre dominación legal, tradicional y carismática. Trump no gobierna solo desde la legalidad electoral; busca, sistemáticamente, instalarse en la dimensión carismática, esa donde el líder no solo no se equivoca, sino que además se vuelve ejemplo social.

El problema es que esa operación, ese salto mortal, esa encarnación tiene límites. Y uno de ellos -quizá el más antiguo- es la Iglesia.

Habrá quién diga que eso no es por virtud intrínseca de la institución, sino por arquitectura histórica. Y está bien. Respetable. Mas la separación entre Iglesia y Estado no es un capricho ilustrado, sino una solución institucional a siglos de conflicto entre dos pretensiones de verdad absoluta. Cuando un líder político intenta subordinar o desacreditar a una autoridad religiosa, no está haciendo política exterior: está tensando un equilibrio civilizatorio fundamental.

Ahí radica la incomodidad de lo que hace Trump. Porque, a diferencia de otros interlocutores internacionales, el Papa -cualquiera que sea su nombre- no compite en el mismo tablero. Su lenguaje no es el de la negociación, sino el de la norma moral; no persigue intereses geopolíticos inmediatos -al menos no en teoría-, sino una narrativa de largo plazo sobre lo correcto y lo incorrecto en el hombre y la humanidad. Y eso, para el liderazgo de Donald Trump, construido sobre la transacción, resulta profundamente irritante. Más aún cuando ese liderazgo carece de una noción básica: conocer de límites.

Aquí conviene recordar a Albert O. Hirschman, quien advertía que las democracias se degradan cuando las respuestas al desacuerdo se reducen a la descalificación o la amenaza. Trump no discute: desacredita. No persuade: presiona. No corrige: escala.

Por eso su retórica falla frente a actores que no dependen de él. Su conocido “arte de negociar” -intimidar, exagerar, romper para luego reconstruir- funciona en entornos donde existe dependencia o miedo. Pero se diluye frente a un actor y una institución -la católica- que operan en otra lógica; donde el costo de ceder no es político, sino moral.

Y ahí aparece la paradoja: mientras el presidente de los Estados Unidos más intenta someter el espacio de El Vaticano, más exhibe su incapacidad para entenderlo.

No es menor el contexto. Vivimos un momento en el que, por razones diversas -incertidumbre global, fatiga democrática, crisis de sentido-, amplios sectores sociales vuelven a buscar referentes morales más allá de la política. No necesariamente la religión organizada, pero sí marcos éticos que el poder político no está sabiendo ofrecer. Y en ese escenario, confrontar a una figura religiosa no necesariamente genera réditos. Puede, incluso, producir el efecto inverso: reforzar aquello que se pretendía debilitar.

Pero hay algo más profundo -y más inquietante- en esta historia. Trump no solo reacciona: registra. Clasifica aliados y adversarios, lealtades y silencios. Su lógica no es la del desacuerdo democrático, sino la de la lealtad personal. Y en ese esquema, toda crítica la registra como traición. Lo hemos visto antes y lo volveremos a ver.

Porque el problema con el anaranjado personaje no es una declaración, ni una imagen, ni un arrebato. Es la concepción misma que tiene del poder: una que no reconoce fronteras, ni institucionales ni simbólicas. Una que, como diría Niklas Luhmann, no distingue entre sistemas y pretende colonizarlos todos bajo una sola lógica. La política, la moral, la religión, la comunicación: todo subordinado al mismo centro.

Eso, históricamente, no termina bien. Y sin embargo, ahí estamos otra vez: frente a un líder que no sabe -o no quiere- pedir perdón, que confunde influencia con autoridad, y que insiste en hablar en todos los lenguajes sin dominar realmente ninguno.

Tal vez por eso la pregunta de Revueltas sigue vigente. No como consuelo, sino como diagnóstico. Porque el problema no es que Trump no se arrepienta. Es que por ahora no necesita hacerlo.

POR VERÓNICA MALO GUZMÁN

COLABORADORA

VERONICAMALOGUZMAN@GMAIL.COM

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