Mark Carney, el gestor de crisis convertido en faro geopolítico frente a Trump
Fue un momento de claridad global. Contundente, técnico y casi glacial en tono, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, pronunció un discurso el martes en el Foro Económico Mundial que no sólo provocó que líderes políticos y empresariales se levantaran de sus asientos para aplaudirle, algo rara vez visto en Davos, sino que certificó el acta de defunción del orden internacional basado en reglas. En apenas 17 minutos, expuso su doctrina para un mundo fracturado en el que "las grandes potencias utilizan la integración económica como arma, los aranceles como palanca y la infraestructura financiera como instrumento de coerción", con una franqueza poco habitual en un dirigente en ejercicio.
El mensaje era doble. Primero, evocando el célebre ensayo de 1978 El poder de los sin poder, del disidente y ex presidente checo Václav Havel, Carney sostuvo que la "ficción" del viejo orden mundial -aquel en el que los más fuertes se eximen de las reglas cuando les conviene y el resto mira hacia otro lado-, erigido después de la Segunda Guerra Mundial, ha dejado de funcionar. Que quienes confían en la restauración de la pax americana pueden hacerlo en vano. Que, como advirtió, "la nostalgia no es una estrategia". Una realidad que todos los Estados, tarde o temprano, se verán obligados a aceptar.
Y, segundo, ya con un tono más esperanzador, que aunque las grandes potencias puedan actuar unilateralmente, los demás -las "potencias medias" como Canadá- aún conservan margen de maniobra. ¿Cómo? Forjando nuevas alianzas estratégicas, sean bilaterales o multilaterales, para evitar ser sometidos por quienes -Estados Unidos, China, Rusia- actúan en interés propio. "Las potencias medias deben actuar juntas porque, si no estamos en la mesa, acabaremos en el menú", advirtió el premier, en plena crisis geopolítica por los deseos anexionistas de Donald Trump sobre Groenlandia, cueste -literalmente- lo que cueste.
No habla desde la teoría. Nada más pisar la Casa Blanca en enero del año pasado, el presidente estadounidense empezó a fantasear en voz alta con que la vecina Canadá se convirtiera en el 51.º estado de la Unión e impuso aranceles punitivos bajo la coartada de la crisis del fentanilo para forzar la mano de Ottawa, una ofensiva comercial que ha golpeado de lleno a sectores clave como la automoción (25%) y el acero (50%).
Esa amenaza del vecino del sur actuó como un electroshock, reactivando un patriotismo canadiense latente que acabaría, paradójicamente, aupando a Carney no sólo al liderazgo del Partido Liberal tras la dimisión de Justin Trudeau, sino también al frente del Gobierno federal el pasado mes de abril. No porque fuera un político al uso, sino precisamente porque no lo era.
Economista de formación y banquero central por vocación, Carney pilotó el Banco de Canadá durante la crisis financiera mundial en 2008 y dirigió el Banco de Inglaterra durante otro cataclismo: el Brexit. Con ese bagaje de tecnócrata pragmático se perfiló como la figura más preparada para hacer frente a las amenazas de Trump. "Soy más útil en una crisis, no soy tan bueno en tiempos de paz. Si no hubiera una gran crisis, no me estarían viendo hoy aquí", llegó a admitir ante sus partidarios en un mitin de campaña celebrado en febrero.
Nacido en 1965 en Fort Smith, en los remotos Territorios del Noroeste, Carney se crió en Alberta, el corazón petrolero de Canadá. Hijo de un director de instituto, consiguió una beca para la Universidad de Harvard y se doctoró en Economía en Oxford, con una tesis sobre competitividad y competencia. Su carrera comenzó en Goldman Sachs, donde pasó trece años trabajando en las oficinas de la firma en Londres, Nueva York y Tokio, antes de abandonar el sector privado en 2003 para incorporarse al Banco de Canadá. Apenas cuatro años después, asumía el mando del mismo en plena sacudida de la peor depresión global desde 1929.
Aunque los banqueros centrales son notoriamente cautelosos, el canadiense fue transparente sobre sus intenciones de mantener los tipos de interés bajos durante al menos un año, tras recortarlos drásticamente, una decisión que acabaría siendo ampliamente elogiada por contribuir a sostener la inversión incluso cuando los mercados se hundieron. Adoptaría un enfoque similar en 2013 al regresar a Londres, esta vez al frente del Banco de Inglaterra, convirtiéndose en el primer no británico en ocupar el cargo en tres siglos. El entonces ministro de Finanzas, George Osborne, lo definió como "el gobernador más destacado de su generación".
Esa reputación como gestor de crisis lo situó pronto en el centro del poder global. Entre 2011 y 2018 presidió el Consejo de Estabilidad Financiera, desde donde desempeñó un papel clave en la respuesta internacional a las políticas de Donald Trump durante su primer mandato. Y en 2019 fue nombrado enviado especial de la ONU para el Cambio Climático, lo que le valió el apodo del banquero verde por su defensa de las políticas de sostenibilidad ambiental.
Carney no llegó a la política hasta los 60 años, pero llevaba dos décadas surfeándola, moviéndose entre la intelligentsia económica y diplomática internacional, en los pasillos del G-7, el G-20 y el Foro Económico Mundial. El "hombre de Davos" original ha asistido a la cita alpina una treintena de veces, pero este año lo hizo por primera vez en calidad de primer ministro, con un discurso -escrito por él mismo, según su oficina- en el que reconocía, sin ambages, la nueva realidad geopolítica.
"Estamos en medio de una ruptura, no de una transición", zanjó, sin mencionar a Estados Unidos ni al inquilino de la Casa Blanca. En este nuevo mundo de autoritarismo, diversificar la cartera de clientes ya no es sólo una aspiración, sino una necesidad. Y es por eso que Carney acaba de cerrar, muy a pesar de Washington, un acuerdo con Pekín para aliviar los aranceles sobre los vehículos eléctricos chinos impuestos en 2024 en tándem con su vecino del sur. A cambio, China se comprometió a reducir los gravámenes sobre productos agrícolas clave para la economía canadiense. Trump amenazó ayer a Canadá con una tasa del 100% si finalmente rubrica este pacto..
Mientras aún debe lidiar en casa con la inflación alimentaria y un abultado déficit presupuestario, quien hace apenas un año era un líder improbable se convirtió, en poco más de 17 minutos, en la oposición moral al trumpismo y en un faro de esperanza para Occidente. Todo se resume en una frase: "Aceptamos el mundo tal como es, no como nos gustaría que fuera".