Monda Gamboa, psicóloga, sobre niños que se ponen a hablar justo antes de dormir: “No es que quieran quedarse despiertos hasta tarde, sino que están cerrando el día de manera emocional”
Preguntar a los niños qué tal les ha ido el día cuando salen del cole y que respondan un simple “bien”; tratar de iniciar un diálogo con las preguntas que recomiendan los expertos en crianza para conversar con ellos y que respondan con monosílabos… Y, cuando llega la hora de dormir y se meten en la cama… ¡no paran de hablar! ¿Por qué ocurre esto? ¿Lo hacen con el único objetivo de mantenerse despiertos más tiempo? Monda Gamboa, psicóloga y asesora de sueño infantil en Arrurrú (@_arrurru_), explica que el motivo nada tiene que ver con algo intencional, sino que se trata de un proceso natural del cerebro que responde a lo que ha dado en llamarse 'la teoría de la ventana a la hora de dormir' (Bedtime Window Theory, en inglés).
La realidad es que, por mucho que se trate de un proceso esperable, exaspera a los padres, que ven cómo no hay manera de hacer que su hijo pare de hablar, que ya es la hora de dormir y que se hace tarde. ¿Qué hacer en esos momentos? Teniendo en cuenta que, además, es justo cuando cuentan todo aquello que les preocupa o que les ha hecho dolido de diferentes asuntos que hayan podido ocurrir durante el día, ¿cómo proceder? ¿Ponerse serio y obligar al niño a callar sin más o escucharle? Se lo hemos preguntado a Monda Gamboa, quien da pautas muy precisas al respecto.
Puede parecer que solo están tratando de retrasar la hora de dormir, pero en realidad es una forma de terminar el día de manera más tranquila y con la mente en orden.
¿Qué es ‘la teoría de la ventana antes de dormir’ y por qué se llama así?
La “teoría de la ventana antes de dormir” se refiere a ese momento que aparece justo cuando nuestro hijo o nuestra hija ya está en la cama y parece que, de repente, necesita contar todo lo que no dijo durante el día. Se llama así porque es como si en ese instante se abriera una pequeña ventana mental y emocional. Durante el día, el cerebro del niño se centra en cosas que suceden a su alrededor, como la escuela, las tareas, los juegos y las conversaciones con otros. Sin embargo, cuando llega la noche y su cuerpo comienza a relajarse, se calma y entonces es cuando aparecen los pensamientos y sentimientos que no habían salido antes.
Cuando estamos tranquilos, el cerebro empieza a poner en orden los recuerdos, las emociones y las cosas que hemos vivido durante el día. Las cosas que no procesamos cuando estábamos activos, las procesamos cuando estamos en calma y a veces, esto se convierte en palabras. No es que quieran quedarse despiertos hasta tarde, sino que están cerrando el día de manera emocional antes de dormir.
¿Por qué pasa esto? ¿Por qué muchos niños no cuentan nada durante el día y hablan mucho antes de dormir?
Por la tarde, los niños suelen hacer muchas cosas: los deberes, actividades extraescolares, jugar, ver pantallas y hablar con la familia. Entonces, su atención se centra en todo lo que está sucediendo a su alrededor. Además, cuando salen del colegio, a menudo responden con un “bien” sin pensarlo, porque todavía no han tenido tiempo de procesar todo lo que han vivido durante el día.
Sin embargo, cuando llega la noche y el entorno se calma, el cuerpo desacelera y la estimulación disminuye. Es en ese momento cuando el cerebro comienza a procesar de verdad lo ocurrido durante el día. Esa activación verbal no es casual, es una forma de descarga emocional. Necesitan narrar para ordenar. Hablar les ayuda a comprender lo que sintieron, a colocar conflictos o alegrías en su sitio y a sentirse acompañados antes de dormir.
Es un momento de vulnerabilidad y apertura. La cama se convierte en un espacio seguro donde pueden expresar lo que no tuvo hueco horas antes.
¿Por qué es tan difícil ‘pararlos’ y lograr que dejen de hablar?
Es difícil interrumpir en estos momentos porque no solo están hablando. Están intentando calmarse y sentirse mejor emocionalmente. Desde afuera puede parecer que solo están tratando de prolongar la conversación y retrasar la hora de dormir, pero en realidad, muchas veces es una forma de terminar el día de manera más tranquila y con la mente en orden.
Cuando tratamos de interrumpir ese proceso de golpe, el niño puede sentirse frustrado o ansioso. En el momento en que su cerebro está preparado para abrirse y compartir, puede sentir que no hay espacio para hacerlo. Esto puede hacer que se sienta más activado.
A menudo, los niños no saben cómo manejar sus pensamientos o sentimientos sin hablar de ellos. Hablar les ayuda a ordenar sus ideas y sentimientos. Por eso, a veces es difícil hacer que paren. No se trata solo de conversación, sino de que necesitan expresar lo que sienten cuando hay suficiente silencio para que puedan escuchar sus propias emociones.
¿Es adecuado intentar callarlos o es mejor escuchar?
Lo más importante es encontrar un equilibrio entre estar disponibles para ellos y saber decir que no. Cuando les escuchas, les haces saber que te importa lo que sienten. Y eso hace que se sientan más unidos a ti. Si un niño ve que tú aceptas lo que siente, se siente seguro y entiende que lo comprendes. Eso es muy importante para que pueda desarrollar sus emociones de la mejor manera.
Sin embargo, también es importante que la rutina de sueño tenga estructura. No se trata de abrir una conversación interminable cada noche, sino de ofrecer un espacio delimitado. Podemos decir: “Te escucho, veo que esto es importante para ti. Cuéntame un poco y mañana seguimos con más”. De esta manera, el niño se siente atendido sin que la rutina se trastoque.
El objetivo es enseñar al niño a controlar el momento poco a poco, no callarlo. La clave es combinar empatía con consistencia. De esta manera, el niño aprende que sus emociones son importantes, pero también que hay tiempos y lugares adecuados para cada cosa.
¿Por qué a veces cuentan justo entonces cosas que les preocupan o les han hecho daño?
La hora de acostarse es un momento en el que no hay muchas cosas que nos distraigan. En ese momento, podemos sentir muchas emociones. Nuestro cerebro comienza a ordenar todo lo que vivimos y a recordar lo que aprendimos. Entonces, pueden surgir cosas que nos preocupan y que durante el día no nos dimos cuenta de que estaban ahí.
Muchas veces los niños no cuentan algo doloroso inmediatamente porque aún no han entendido lo que sienten. Necesitan tiempo para procesarlo. Y cuando llega la calma nocturna, aparece el espacio interno para ponerlo en palabras.
La cama es un lugar seguro y especial. En ella, los niños saben que tienen toda la atención de mamá o papá. Esto les da una sensación de seguridad que los ayuda a compartir problemas, situaciones que les hacen sentir incómodos o emociones que les cuesta expresar. No es casualidad que surjan en ese momento. Es cuando el sistema nervioso está lo suficientemente tranquilo como para atreverse a expresar lo que realmente les preocupa.
No se trata solo de conversación, sino de que necesitan expresar lo que sienten cuando hay suficiente silencio para que puedan escuchar sus propias emociones.
¿Cómo guiar el diálogo en esos casos?
Lo principal es reconocer lo que el niño siente. Puedes decirle algo como “Entiendo que eso te haya dolido” o “Veo que para ti es importante". Esto ayuda a que el niño se sienta entendido. Reconocer lo que siente no significa que estés de acuerdo con todo lo que dice, sino que aceptas lo que siente en ese momento. La validación es importante para que el niño se sienta escuchado y comprendido.
Después, podemos hacer preguntas abiertas y breves que les ayuden a profundizar sin que la conversación se prolongue demasiado. Por ejemplo, podemos preguntar: “¿Qué sentiste cuando pasó eso?” o “¿Qué crees que podrías hacer mañana para mejorar la situación?". Esto les permite reflexionar sobre lo que ha sucedido sin que el diálogo se vuelva muy largo.
Es importante darles un final claro y tranquilo a las conversaciones. Puedes decirles algo como: “Seguimos hablando mañana si quieres, ahora toca descansar". De esta manera, el niño entiende que tiene espacio para expresar sus emociones, pero también que descansar es fundamental. El equilibrio está en acompañar sin llevar la conversación hasta un punto en que resulte imposible dormir.
¿Hay algún perfil de niño en el que sea más habitual?
Sí, generalmente se nota más en niños que son muy sensibles emocionalmente, que tienen mucha actividad mental o que piensan mucho en las cosas. También pasa con frecuencia en niños que durante el día no tienen suficientes momentos para expresarse de manera tranquila.
Los niños más reflexivos o con mayor imaginación pueden activar su mente con facilidad cuando todo está en silencio. La falta de estímulos externos hace que su mundo interno cobre protagonismo. No significa que haya un problema, sino que su forma de procesar es más verbal o más intensa. En estos casos, ofrecer pequeños espacios de conversación a lo largo del día puede ayudar a que la “ventana nocturna” no se extienda.
Parece más común en niños con TDAH. ¿Por qué?
En niños con TDAH, la regulación de la atención y la activación es más compleja. Durante el día pueden alternar momentos de hiperfoco con distracciones constantes. Esa variabilidad implica que muchas experiencias no se organizan del todo en tiempo real.
Cuando llega la noche y disminuyen los estímulos externos, el cerebro está preparado para liberar parte de la energía acumulada, y es entonces cuando aparece una necesidad mayor de verbalizar, ordenar y procesar lo que quedó pendiente.
Además en el TDAH, el control inhibitorio es más limitado. Esto hace que sea difícil parar los pensamientos una vez que comienzan. Por eso, pueden hablar de forma más intensa o durante más tiempo antes de dormir. El control inhibitorio es como un freno que ayuda a regular los pensamientos y las acciones. Cuando este freno no funciona bien, los pensamientos pueden seguir fluyendo sin parar.
Entender este mecanismo nos ayuda a acompañarlos sin pensar que su conducta es solo porque no quieren dormir y quieren seguir jugando.
¿Hay una franja de edad en la que ocurre más?
Sí, suele ser más frecuente entre los 5 y los 10 años. En esta edad, el niño sigue desarrollando habilidades para controlar sus emociones y pensamientos y todavía está aprendiendo a saber lo que siente y a entender lo que le pasa sin tener que hablar mucho de ello.
A medida que los niños crecen, su cerebro se desarrolla y pueden procesar mejor lo que les sucede durante el día. Esto hace que el tiempo que dedican a hablar antes de dormir se reduzca poco a poco.
No desaparece por completo, sino que se transforma. Durante la adolescencia, puede cambiar y convertirse en conversaciones más profundas en otros momentos del día. Es un fenómeno evolutivo que forma parte del desarrollo y bien acompañado, ese momento que a veces nos agota... puede convertirse en uno de los espacios de mayor conexión.
