Paz Alonso, psicóloga: "Los niños con TDAH tienen muchas fortalezas que desarrollar si no miramos solo sus dificultades"
Un 5% de los niños tiene TDAH (trastorno por déficit de atención e hiperactividad), según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Hablamos de una condición del neurodesarrollo con distintas manifestaciones, pero sobre la que pesa un gran estigma.
Es cierto que para los menores con este trastorno y sus familias hay muchos momentos de dificultad que suponen un verdadero reto en el día a día. Pero es mucho menos frecuente fijar la mirada en las potencialidades de esta manera diferente de procesar el mundo. Algo por lo que aboga Paz Alonso Serrano, psicóloga de la Fundación Judy Sharp, una organización especializada en las dificultades del aprendizaje. Charlamos con ella sobre cómo ayudar a niños y adolescentes con TDAH a librarse de las etiquetas menos amables y a desarrollar todas sus capacidades.
Redefinir el TDAH implica cambiar el foco y pasar de una mirada centrada únicamente en el problema a entender cómo funciona su cerebro para poder potenciar al máximo sus capacidades
A menudo, cuando se habla de niños con TDAH se destaca su inatención, su impulsividad o su hiperactividad. ¿Cómo afectan estas etiquetas al menor?
Las etiquetas como “inatento”, “impulsivo” o “hiperactivo”, aunque corresponden a síntomas clínicos propios del TDAH, pueden tener un impacto importante en el desarrollo emocional y en la identidad y autoestima del menor, sobre todo cuando se usan de forma reduccionista o con una connotación negativa. El problema es cuando el entorno del niño se queda solo con esas etiquetas y este empieza a verse a sí mismo únicamente desde sus dificultades. Ahí es donde empieza a creerse estigmas muy extendidos del TDAH como “soy vago”, “no me esfuerzo”, “soy el que molesta", “no me entero de nada”, construyendo un autoconcepto bastante alejado de quién es realmente.
Sin embargo, detrás de esas etiquetas hay una realidad muy distinta, y muchas veces poco comprendida. Por ejemplo, cuando hablamos de hiperactividad, no es solo que el niño sea “muy inquieto”, sino que su cerebro necesita moverse para autorregularse, especialmente en momentos de mayor carga emocional. Detrás de la inatención no hay desinterés, sino dificultades para mantener la atención sostenida en un único foco cuando hay muchos estímulos alrededor que también le resultan interesantes. Y en el caso de la impulsividad, hablamos de dificultades en el control de los impulsos: no siempre pueden esperar su turno, frenar una idea antes de decirla o una acción antes de hacerla.
Por eso, más que eliminar estas palabras, la clave está en cómo se utilizan. Deberían servir para entender lo que le pasa al niño y poder acompañarle mejor, no para definirlo ni limitarlo. No es lo mismo hablar de “un niño hiperactivo” que de “un niño con hiperactividad”. Ese matiz, junto con una mirada más amplia y ajustada, marca una diferencia enorme en cómo el menor se percibe a sí mismo y en cómo le tratamos los demás.
Como psicóloga, reclamas un cambio de mirada hacia esta condición. ¿Cómo podemos definirla eliminando el estigma problemático que suele acompañarla?
Creo que el cambio de mirada pasa por explicar mejor qué es realmente el TDAH y alejarnos de la idea simplista que transmite su propio nombre. Se habla de “déficit de atención”, pero en realidad no es que estas personas no puedan prestar atención. Más bien ocurre lo contrario, hay un bombardeo constante de estímulos (sonidos, imágenes, ideas) que les resultan interesantes y el problema está en regular y dirigir esa atención de forma eficaz hacia una sola cosa. Por lo tanto no es falta de atención es una dificultad para gestionarla.
También iría más allá de las tres etiquetas típicas (inatención, hiperactividad e impulsividad) y pondría más peso en la parte emocional, que muchas veces queda en segundo plano. Los niños con TDAH suelen vivir las emociones con mucha intensidad, tienen baja tolerancia a la frustración o mayor irritabilidad y esto, en el día a día, puede impactar y limitar incluso más que las propias dificultades atencionales.
Por eso, redefinir el TDAH implica cambiar el foco y pasar de una mirada centrada únicamente en el problema a entender cómo funciona su cerebro para poder potenciar al máximo sus capacidades. Esto supone empezar a preguntarnos “qué necesita” y “cómo podemos ayudarle mejor”, adaptando el entorno y las expectativas para que pueda desarrollarse de una forma más ajustada y positiva.
El diferente procesamiento de la información de los niños y adolescentes con TDAH puede suponer grandes desafíos en su vida, pero también grandes oportunidades que no siempre son vistas. ¿Cuáles serían estas últimas?
Aunque se tienda a hablar del TDAH desde sus dificultades, también implica muchas fortalezas que no siempre se tienen en cuenta. El problema es que muchas de estas fortalezas pasan desapercibidas porque el foco suele estar puesto solo en lo que les cuesta.
En primer lugar destacan por su creatividad. Son niños con un cerebro muy flexible, capaces de hacer asociaciones originales, generar ideas con rapidez y encontrar soluciones poco convencionales que a otros no se nos ocurrirían. Esta forma de pensar más divergente es un gran potencial si se sabe aprovechar. Suelen tener una gran curiosidad y una mente muy activa, lo que les lleva a explorar, cuestionar y aprender de una forma más espontánea.
También tienen una gran rapidez mental. Procesan los estímulos muy rápido, detectan cambios o detalles que otros pueden pasar por alto y reaccionan con agilidad. Esto hace que funcionen especialmente bien en entornos dinámicos, donde hay movimiento, variedad y adaptación constante. Otra fortaleza importante es la energía que, bien canalizada, puede traducirse en iniciativa, entusiasmo y una gran capacidad para implicarse en proyectos.
Además, aunque pueda parecer contradictorio, tienen una gran capacidad de hiperfocalización. Cuando algo realmente les interesa, pueden concentrarse de forma muy intensa durante largos periodos de tiempo; de hecho, yo he visto a una niña de 9 años con TDAH hacer un puzle durante una hora seguida sin moverse, pero no ser capaz de estar 10 minutos quieta en clase.
Y por último, la parte emocional también puede verse como una fortaleza. Suelen vivir las emociones con mucha intensidad, lo que, bien acompañado, puede traducirse en una gran empatía, sensibilidad y conexión con los demás.
¿Qué herramientas aconsejas a los padres para ayudar a sus hijos a desarrollar esas potencialidades que muchas veces permanecen ocultas?
A los padres siempre les digo que lo primero es cambiar la mirada hacia el TDAH. Más que intentar “corregir” al niño o verlo como algo que le va a limitar toda su vida, es importante entender cómo funciona su cerebro y acompañarle desde ahí. No se trata de verlo como una tragedia ni de romantizarlo como si fuera un superpoder, sino de ser realistas: hay dificultades que trabajar, pero también muchas fortalezas que potenciar.
La clave es poner el foco en lo que se les da bien. Observar qué les interesa, qué disfrutan y en qué destacan y darles espacio para desarrollarlo. Cuando conectan con algo que les motiva, les resulta más fácil concentrarse, implicarse y ser constantes.
Otro punto importantísimo es canalizar su energía. Más que intentar frenarla constantemente, tiene mucho más sentido darle salida y descargarla a través del deporte, dinámicas… El movimiento y la activación no son un problema en sí, son una necesidad. También es muy importante estructurar el entorno, tener rutinas claras, dar instrucciones concretas y dividir las tareas en pasos más pequeños.
A nivel emocional, el acompañamiento es fundamental. No sirve de nada decirle “estate quieto” sin más. Es más útil intentar entender qué le está pasando por dentro y qué necesitan en ese momento, validando lo que siente, ayudándole a ponerle nombre a sus emociones y enseñando herramientas de regulación emocional.
Y, por último, refuerzo positivo. No solo se trata de valorar los resultados, sino también el esfuerzo, la iniciativa, el proceso o la creatividad. Muchas veces están acostumbrados a recibir correcciones constantemente, así que cambiar ese equilibrio es fundamental para que puedan construir una autoestima más sana y empezar a verse también desde sus capacidades.
En tu práctica clínica, ¿cuáles son los problemas emocionales más frecuentes con los que te encuentras al tratar a niños con TDAH? ¿Crees que pueden derivarse de la visión negativa social que se tiene sobre él?
En mi práctica diaria en la Fundación los problemas emocionales más frecuentes que encuentro en niños con TDAH suelen estar ligados con experiencias negativas del entorno (familia, colegio, iguales). Muchos de ellos crecen recibiendo más correcciones que refuerzos positivos, escuchando mensajes como “no te esfuerzas”, “si quisieras podrías hacerlo” o “siempre estás molestando”. Poco a poco, esto va calando en cómo se ven a sí mismos, construyendo una imagen de sí mismos muy negativa y sintiéndose menos válidos que los demás o pensando que hay algo “mal” en ellos.
Cuando llegan a la Fundación es muy habitual encontrar una baja autoestima, sensación de “no ser capaz”, indefensión aprendida, frustración constante y ansiedad. En muchos casos, todo esto también se traduce en conductas oposicionistas, de rabia o defensivas, que no dejan de ser una forma de protegerse ante ese malestar acumulado. Además, la propia dificultad para gestionar emociones (esa intensidad emocional de la que hablábamos) hace que vivan los errores o las críticas de forma mucho más intensa, aumentando la rabia y el malestar.
Y sí, en gran parte estos problemas emocionales están muy influenciados por la visión negativa social que existe sobre el TDAH. El desconocimiento hace que muchas conductas se interpreten como falta de interés o de educación, en lugar de entenderse como lo que son: dificultades reales de autorregulación. Cuando el entorno no comprende esto, en lugar de apoyar, muchas veces castiga o señala, y eso acaba teniendo un impacto directo en el bienestar emocional del niño. Por eso considero que es muy importante no solo intervenir con el menor, sino también trabajar con el entorno, ayudando a que padres, hermanos y profesores entiendan qué hay detrás de esas conductas.
Al margen de una adaptación académica en algunos casos, ¿qué otros ajustes recomiendas para que la infancia y la adolescencia de los menores con TDAH sea lo mejor posible?
Uno de los más importantes es el autoconocimiento. Que el propio niño entienda cómo funciona, qué le cuesta y qué le ayuda, pero también que lo entienda su familia, el colegio e incluso sus iguales (hermanos y amigos). Cuando hay comprensión, hay menos juicio y más apoyo. En esa línea, es clave contar con un entorno escolar comprensivo y, a ser posible, con cierta especialización. No se trata solo de adaptar contenidos o exámenes, sino de adaptar la forma de enseñar, de relacionarse y de acompañar.
La terapia o intervención psicopedagógica también juega un papel fundamental, sobre todo para enseñarles herramientas de autorregulación para aprender a gestionar su atención, sus impulsos y sus emociones. Pero igual de importante es que haya una buena coordinación entre los distintos profesionales que rodean al niño (psicólogos, profesores, orientadores…), para que todos trabajen en la misma dirección.
Otro aspecto clave es el deporte y la actividad física. No solo como forma de “gastar energía”, sino como espacios donde disfruten, se sientan competentes y liberen tensión. Y, en general, el ajuste más importante es adaptar el entorno a su forma de funcionar, en lugar de esperar constantemente que ellos se adapten a un modelo rígido.
¿Cuál sería tu consejo principal a unos padres que acaban de saber que su hijo tiene TDAH?
Mi consejo principal sería que cambien la mirada desde el principio. Que entiendan que el TDAH no define a su hijo, ni limita quién puede llegar a ser. Es solo una forma diferente de funcionamiento que van a tener que aprender a comprender y acompañar.
También es importante transmitir el diagnóstico al niño con normalidad, sin ocultarlo ni convertirlo en algo negativo o un “drama”. Explicárselo de forma adaptada a su edad, ayudándole a entenderse, dado que ponerle nombre a lo que le ocurre le ayuda a dejar de pensar que “hay algo mal en él”, empezar a comprenderse mejor y buscar estrategias para compensar. Les diría que se informen bien, desde fuentes rigurosas, porque hay mucho mito alrededor del TDAH. Cuanto mejor entiendan qué está pasando en su cerebro, más fácil será interpretar sus conductas y responder de forma ajustada.
También es importante que no pongan el foco solo en las dificultades. Su hijo no es solo un diagnóstico, tiene intereses, capacidades y fortalezas que necesitan ser vistas y potenciadas. Eso va a ser clave para su autoestima y su desarrollo.
Y, por último, que no lo hagan solos. Es importante que busquen ayuda y cuenten con profesionales desde un enfoque multidisciplinar, para que también los propios padres se asesoren y se sientan acompañados. Recibir un diagnóstico suele generar mezcla de alivio y miedo y es normal que aparezcan muchas dudas e incertidumbre. Tener un espacio donde resolverlas y sentirse guiados marca una gran diferencia. Pero, por encima de todo, lo más importante es que su hijo sienta que, más allá de cualquier etiqueta, tiene en casa un lugar seguro donde es comprendido, aceptado y acompañado.





