Pintar desde el margen

Pintar desde el margen

En la historia del arte mexicano del siglo XX, el nombre de Lilia Carrillo aparece ligado a una doble ruptura: la estética y la social. Su obra se inscribe en el tránsito que llevó a una generación a separarse del nacionalismo muralista dominante, pero su trayectoria también da cuenta de las dificultades estructurales que enfrentaron las mujeres artistas para ser reconocidas en un medio regido por figuras masculinas.

Formada en la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado “La Esmeralda”, Carrillo inició su carrera en un entorno que valoraba la figuración y los grandes relatos identitarios. Sin embargo, desde finales de los años 50 su trabajo se orientó hacia la abstracción, con una pintura gestual intensa, cercana al informalismo. Esta decisión no fue sólo estética: implicó situarse fuera del canon oficial y asumir una práctica menos legitimada por las instituciones culturales del momento.

Carrillo fue una de las pocas mujeres que integraron la llamada Generación de la Ruptura, junto con artistas como Manuel Felguérez y Vicente Rojo. En ese contexto, su obra dialogó con lenguajes internacionales sin renunciar a una sensibilidad propia, marcada por el uso del color, la textura y el ritmo. A diferencia de muchos de sus colegas hombres, su producción fue leída durante años desde la biografía o la vida personal, en lugar de ser analizada por sus aportaciones formales.

La pintora enfrentó además las barreras habituales para las creadoras de su tiempo: menor visibilidad en exposiciones colectivas, una crítica renuente a reconocer la abstracción hecha por mujeres y la constante comparación con figuras masculinas cercanas. Su matrimonio con el pintor Manuel Felguérez fue, en ese sentido, una condición ambigua: compartieron búsquedas artísticas, pero la historia del arte tendió a colocarla en un segundo plano, como si su obra fuera un apéndice de la de él.

A pesar de ello, Carrillo desarrolló un lenguaje pictórico sólido y reconocible. Participó en exposiciones nacionales e internacionales y fue reconocida por instituciones como el Instituto Nacional de Bellas Artes. Su trabajo contribuyó a ampliar el campo de la abstracción en México, incorporando una dimensión sensible y experimental que cuestionó la rigidez de los discursos dominantes.

Mirada desde un ángulo feminista, la trayectoria de Lilia Carrillo revela no sólo el talento de una pintora clave, sino también las condiciones desiguales en las que muchas mujeres produjeron arte en el siglo XX. Su obra rompió esquemas formales y su persistencia abrió brechas simbólicas. Hoy, su recuperación crítica permite leer su pintura como un gesto de autonomía y resistencia dentro de una historia que apenas empieza a reescribirse con mayor justicia.

EEZ