Raquel Torres, coach familiar, sobre el método japonés de las 7 preguntas antes de dormir: “La rutina de la noche es fundamental para el bienestar emocional de los niños”
Se ha hecho viral un vídeo que habla del método japonés de las 7 preguntas a hacer a un niño antes de dormir para ayudarle a reflexionar. Independientemente de que sea, de verdad, un método japonés (no hemos podido comprobar que realmente lo sea) o simplemente una idea surgida en las redes sociales, muchas familias han probado a ponerlo en práctica con sus hijos porque les ha parecido una propuesta adecuada para fomentar la capacidad reflexiva de los niños.
Lo que este método propone es hacer, durante siete días seguidos, una pregunta cada día al niño cuando ya está en la cama para dormir. Y las preguntas en cuestión deben ser las siguientes y en este orden:
- “¿Qué te hizo feliz hoy?”
- “Si fueras el héroe de un cuento de hadas, ¿quién serías y por qué?”
- “¿Qué aprendiste hoy que no sabías antes?”
- “¿Cómo ayudarías a un amigo si estuviera triste?”
- “Si tuvieras un superpoder, ¿cuál sería y por qué?”
- “¿Qué puedes hacer mañana para mejorar el mundo?”
- “¿Qué es lo más importante que aprendiste en estos 7 días?”
Estas preguntas son, sin duda, muy interesantes para hacer pensar a los peques, pero ¿justo antes de irse a dormir? Hemos hablado con la coach familiar Raquel Torres, fundadora de Familiart (www.familiart.es), acerca de la efectividad de este método y, sobre todo, de su idoneidad, de si es adecuado o no ‘activar’ el cerebro de nuestros hijos cuando es la hora de relajarse para dormir. Esto es lo que nos ha contado.
La noche no debería ser un espacio para corregir o trabajar, sino para bajar el ritmo y cerrar el día con calma.
¿Consideras adecuado poner en práctica este método tal y como está planteado?
Más allá de si este método existe realmente o no, a mí lo que me parece importante es no quedarnos en la técnica. Hacer preguntas que inviten a un niño a expresar cómo se siente o cómo ha vivido su día puede ser muy positivo, sí, pero siempre que no se convierta en una obligación ni en algo que el adulto “tiene que hacer bien”. Desde mi experiencia acompañando a familias y trabajando la relación entre padres e hijos desde la conciencia emocional, no es la pregunta la que transforma, sino el clima emocional desde el que se hace.
Cuando un niño siente que puede hablar sin ser corregido, sin ser evaluado y sin que tengamos que sacar conclusiones, ahí ya está pasando algo importante. Las preguntas que invitan a reflexionar, cuando se hacen desde un clima emocional adecuado, son necesarias y nos dan una información muy valiosa sobre nuestros hijos, pero si como adultos no estamos disponibles emocionalmente, da igual lo buenas que sean las preguntas. A veces creemos que educar es preguntar mejor, y muchas veces es simplemente estar más presentes.
¿Cuál de esas preguntas te parece más interesante para hacer a un niño antes de dormir?
Si tuviera que elegir una, me quedaría con “¿qué te hizo feliz hoy?”. Es una pregunta sencilla, sin exigencia, que no pide análisis ni reflexión profunda. Invita al niño a conectar con algo agradable de su día. Y eso es muy valioso porque ayuda a cerrar el día desde un lugar de seguridad y calma, no desde la corrección o el “qué tengo que mejorar”.
Además, creo que es importante que los adultos también nos hagamos esta pregunta. Muchas veces estamos tan atrapados en la vorágine del día a día que ni siquiera paramos cinco minutos para preguntarnos qué nos ha hecho sentir bien. Y si a nosotros nos cuesta conectar con eso, difícilmente podremos acompañar a nuestros hijos desde la presencia.
¿Puede realmente hacer una pregunta cada día durante una semana hacer más reflexivo a un niño? ¿Por qué sí o por qué no?
Puede ayudar, pero por sí sola no es suficiente. La capacidad de reflexionar no se desarrolla con preguntas aisladas, sino dentro de relaciones donde el niño se siente escuchado y respetado a lo largo del día. Cuando en casa hay espacio para hablar, equivocarse, enfadarse y reconciliarse, la reflexión aparece de forma natural. No hace falta forzarla.
Es como pretender que un niño adquiera un hábito solo porque un día le decimos que lo haga. La reflexión, igual que otros valores, se integra cuando forma parte de la vida cotidiana. Como decía la Madre Teresa de Calcuta, “no te preocupes si tus hijos no te escuchan; te están mirando todo el tiempo.”
En caso de respuesta negativa, ¿qué habría que hacer para lograr que nuestros hijos sean más reflexivos?
El ejemplo del adulto. En mi trabajo no me centro en corregir la conducta de los niños, sino en acompañar a los padres a revisar su forma de estar, de comunicarse y de relacionarse. Cuando el adulto cambia, la relación cambia. Los niños aprenden a reflexionar cuando ven a sus padres reconocer emociones, pedir perdón, poner límites con calma y hablar de lo que sienten. No aprenden tanto de lo que les preguntamos como de cómo nos relacionamos con ellos. La reflexión no se enseña, se vive en el vínculo.
La capacidad de reflexionar no se desarrolla con preguntas aisladas, sino dentro de relaciones donde el niño se siente escuchado y respetado.
Teniendo en cuenta que, justo cuando se meten en la cama, es cuando a la mayoría de los niños les da por ponerse a hablar sin parar, a contar cómo ha ido su día… y lo que se puede alargar el momento de dormir, ¿es una idea propiciar que reflexionen justo en ese momento?
Depende mucho del niño. Para muchos, la noche es el único momento tranquilo del día y por eso aparece ahí la necesidad de hablar, pero justo antes de dormir no es el mejor momento para conversaciones largas o muy mentales. La noche no debería ser un espacio para corregir o trabajar, sino para bajar el ritmo y cerrar el día con calma. Si surge una conversación espontánea, se acompaña; si no, no hace falta provocarla. También se pueden buscar otros momentos del día, como el trayecto en coche o un paseo, donde el niño se sienta disponible y relajado.
¿Por qué crees que el supuesto método japonés propone ponerlo en marcha a la hora de dormir?
Porque es un momento de intimidad, de cercanía y de vínculo. El cuerpo se relaja, las defensas bajan y el niño se siente más disponible emocionalmente, pero eso no significa que tengamos que llenar ese espacio de palabras. Muchas veces, una presencia tranquila, un silencio compartido o un gesto de cariño valen más que muchas preguntas bien formuladas.
Más allá de este método, ¿cómo de importante es la rutina de la noche para el bienestar emocional de los niños?
La rutina de la noche es fundamental para el bienestar emocional de los niños. Saber que cada día termina de una forma parecida —una ducha, un cuento, una charla tranquila, un beso— les da seguridad y previsibilidad. Y cuando un niño se duerme tranquilo, su sistema nervioso descansa mejor. Dormir no es solo cerrar los ojos, es sentirse a salvo.
¿Qué consideras que es lo más importante hacer con los niños, en su rutina diaria, en el momento en el que se meten en su cama para dormir?
Más que hacer algo concreto, lo más importante es cómo estamos los adultos. Si llegamos con prisas, tensión o exigencia, el niño lo nota; si llegamos calmados y disponibles, también. Antes de dormir, el niño no necesita reflexionar, ni portarse bien, ni explicar nada. Necesita sentir que todo está bien tal y como es y que está acompañado. Eso es lo que de verdad deja huella.
