Si te cachan, culpa a los empresarios

Si te cachan, culpa a los empresarios

El secretario de Educación avisó, de sopetón, que las vacaciones se extendían a tres meses, es decir, que se adelantaban a junio, y poco faltó para que empezaran los motines en las calles. No era para menos. Pasó por alto —o no, lo que sería incluso peor— que para la mayor parte de las familias es imposible tener a los escuincles en casa para ir a trabajar. Como pasó por alto, o no, que las escuelas se verían obligadas o a perder dos meses de colegiatura, un desastre para el negocio, o a tratar de cobrarles a los padres los dos meses sin ofrecer nada a cambio. Para no hablar de los resultados paupérrimos de nuestro país en cualquier prueba internacional de conocimientos, Pisa de entrada. ¿Cómo justificó la decisión? Echándole la culpa a “las empresas”, que es, en esencia, el modo en que la 4T entiende el arte de gobernar.

¿Que el litoral mexicano tiene 900 kilómetros de mancha de petróleo? La Presidenta informa, porque, dice, así se lo informaron, que fue por un barco no-de-Pe-mex, repetimos: no-de-Pe-mex, sino de la pérfida iniciativa privada. ¿Dónde está el barco? Ah, todavía no lo ubicamos. 

El final de la historia es conocido: sí fue Pemex, igual que el incendio en Dos Bocas, con varios muertos a la cuenta de la paraestatal, o el del anteayer en la Olmeca, con varias personas atendidas por quemaduras. No existía el barco, un barco fantasma. 

Otro ejemplo: el COVID. ¿Que las vacunas llegaron tarde y que acabamos por aplicarle al pueblo bueno una serie de productos francamente poco verificados, con origen que chino, que ruso, que —ponte a temblar— cubano? Ah, es que las farmacéuticas se pasan de lanzas. 

Es la estrategia cuatroteísta: cuando te cachen, culpa al capitalismo. Por eso, el secretario de Educación dijo que el problema es que las empresas no adaptan sus horarios a la necesidad de cuidar al mocoso. Es decir, nosotros cerramos las estancias infantiles y tú mueves tu calendario de producción. Pinche egoísta. Mercenario.

Da miedo pensar, por lo tanto, en el Mundial. El sector público, en la Ciudad de México, ha aportado: una manita de gato al aeropuerto, que se negaron a arreglar hace un sexenio y cacho, cuando cerraron Texcoco y mejor le metieron dinero al AIFA, y cuando ya sabíamos del Mundial, más unos ajolotes, unos puentes rosas y unas casas maquilladas alrededor del estadio Banorte, en algunos casos sin permiso de los vecinos. 

La orgullosa tierra chilanga va a recibir a los turistas con una cantidad prodigiosa de baches, porque no han tapado ni la mitad de uno, con el Metro que se cae a pedazos, y con un tráfico infernal, porque no pusieron un peso para mejorar la infraestructura de la ciudad. ¿Adivinan a quién le va a echar la culpa? A los empresarios, sí. Luego, los llamarán a Palacio Nacional para que inviertan en el país. Otra vez. 

PAL