Sol Carmona, experta en crianza respetuosa, sobre cómo potenciar la autoestima de los niños: "No solo necesitan que los eduquemos: necesitan adultos que sean un espejo emocional"
En la autoestima de un niño entran en juego diversos factores, pero hay un punto central que parte de la familia o los cuidadores. Gracias a la relación que se establece con ellos, que en muchas ocasiones está mediada también por la propia infancia de los padres, esa autoestima será mayor o menor.
Sol Carmona es madre, coach y divulgadora especializada en crianza respetuosa y desarrollo emocional. Es también asesora familiar y ha creado 'Infancia Respetuosa', una comunidad con más de 250.000 seguidores en redes sociales donde se abordan estos temas. Acaba de publicar Quiéreme bonito (Ed. Oberon), un libro donde da las claves para fortalecer la autoestima de tus hijos. Esta es la conversación que hemos mantenido con ella.
Una autoestima sana no tiene que ver con que el niño se crea mejor que los demás ni con que piense que todo lo hace perfecto. Tampoco consiste en llenar a los niños de elogios constantes o en hacerles creer que todo lo que hacen es extraordinario
Sobre la crianza consciente se habla mucho y no siempre en la misma línea. ¿Qué podemos entender por ella?
Es importante que las familias y los educadores tengan claro qué significa realmente la crianza consciente, porque muchas veces está rodeada de mitos que no se ajustan en absoluto a lo que es en realidad. La crianza consciente parte de una idea muy sencilla, pero profundamente transformadora: educar no solo consiste en enseñar a los niños, sino también en revisarnos a nosotros mismos como adultos.
Durante mucho tiempo, la educación se ha centrado en cambiar o corregir la conducta del niño. Pero cuando aprendemos a mirar de verdad a la infancia, entendemos algo esencial: los niños no necesitan ser corregidos constantemente, también necesitan ser comprendidos y acompañados en su desarrollo emocional y para ello el papel del adulto es fundamental.
La crianza consciente nos invita a empezar a hacernos preguntas que a veces resultan incómodas, pero que son necesarias. Porque no se trata solo de poner el foco en el conocimiento que podamos tener sobre educación o crianza, sino en nosotros mismos. No educamos únicamente desde lo que sabemos, sino desde lo que vivimos y desde lo que aprendimos en nuestra propia infancia.
¿Hay niños que nacen más predispuestos que otros a tener una alta o una baja autoestima?
La autoestima no es algo que heredamos como el color de los ojos o el color del pelo de nuestros padres o de nuestros abuelos. No la traemos de serie, sino algo que se va construyendo poco a poco a lo largo de la infancia.
Los niños no llegan al mundo con una baja autoestima, pero sí con una necesidad muy profunda de vínculo y de pertenencia. A partir de ahí, la manera en la que son mirados, hablados y acompañados por los adultos que los rodean va moldeando la imagen que construyen de sí mismos.
Un niño aprende quién es a través de la mirada de las personas que lo cuidan. Por eso es tan importante el papel que jugamos en sus vidas. La autoestima no se construye con grandes elogios; se crea en el día a día, en la forma en que los escuchamos, los tratamos y los acompañamos mientras crecen.
¿Qué es lo más importante en los primeros años de vida para, como padres, forjar una buena autoestima de nuestros hijos?
En los primeros años de vida hay algo absolutamente fundamental: el vínculo con nuestros hijos. Los niños necesitan sentirse seguros, queridos, vistos y aceptados tal y como son. Cuando un niño crece sintiéndose importante para las personas que lo cuidan, cuando percibe que su presencia tiene valor y que su voz es escuchada, comienza a construir una base interna sólida de seguridad que será el pilar de su autoestima.
Muchas veces pensamos que una buena autoestima se construye a través de los aplausos o del reconocimiento constante. Pero, como ya hemos visto, es algo mucho más profundo. Tiene que ver con la forma en que un niño se siente tratado en su día a día.
Por eso siempre hablo en mis conferencias y en las sesiones que realizo con familias y docentes sobre la importancia de dedicar tiempo a conocer realmente a la infancia y a comprender cómo funciona el cerebro infantil. Porque solo cuando entendemos cómo sienten, cómo piensan y qué necesitan los niños, podemos acompañarlos de verdad y cubrir esas necesidades que son inherentes al ser humano desde los primeros años de vida.
Además del tipo de crianza, ¿qué otros factores tienen peso en la manera en que se conforma la autoestima del niño?
Hemos visto que la familia tiene un papel fundamental, pero no es el único entorno que influye en la construcción de la autoestima de un niño. A medida que van creciendo, entran en contacto con otros espacios que también dejan huella en la forma en que se perciben a sí mismos, como por ejemplo la escuela.
En este sentido, los maestros se convierten en pilares fundamentales. En muchos casos, los niños pasan más tiempo con sus docentes que con sus propios padres. Por eso, el papel del profesor, el clima del aula, la forma en que se gestionan los errores o la manera en que se reconoce el esfuerzo pueden marcar profundamente la percepción que un niño tiene de su propio valor.
A medida que crecen, también empiezan a tener un peso importante las relaciones con sus iguales: las amistades, el sentirse parte del grupo o las dinámicas que se generan dentro de él.
Todos estos factores influyen y suman en la construcción de la autoestima. Pero hay algo que sigue siendo esencial: la base emocional se construye en casa. Esa base nace del vínculo de apego seguro que el niño establece con sus cuidadores de referencia y es lo que le permitirá afrontar con mayor seguridad todas las experiencias que vaya encontrando fuera.
En tu libro hablas del 'modelo de los cinco pétalos' como un camino hacia la autoestima sana. ¿En qué se basa?
Creé el modelo de los cinco pétalos porque quería explicar en mis formaciones, tanto a las familias como a los docentes, de una manera muy gráfica y sencilla cuáles son los principales factores que debilitan o fortalecen la autoestima de un niño.
La autoestima no se construye a partir de un único elemento, sino que es el resultado de muchas experiencias que el niño vive a lo largo de su infancia. Por eso utilizo la metáfora de una flor: cuando sus pétalos están cuidados, la flor puede crecer fuerte y sana.
En esos cinco pétalos encontramos elementos fundamentales como la pertenencia, el lenguaje, la autonomía, la relación con el error y el ejemplo como espejo. Son cinco pilares que, cuando los conocemos y aprendemos a ponerlos al servicio de la crianza y de la educación, nos permiten favorecer de una manera mucho más consciente el desarrollo emocional de nuestros niños.
¿Puede tener el niño demasiada autoestima o hablamos entonces de otra realidad? ¿Cómo reconocer una sana autoestima de otra que no lo es?
He escuchado en varias ocasiones hablar del peligro de que los niños tengan una autoestima demasiado alta, incluso por parte de algunos profesionales de la psicología. Y en ese sentido me gusta ser muy rigurosa, porque primero tenemos que tener claro qué entendemos realmente por una buena autoestima.
Una autoestima sana no tiene que ver con que el niño se crea mejor que los demás ni con que piense que todo lo hace perfecto. Tampoco consiste en llenar a los niños de elogios constantes o en hacerles creer que todo lo que hacen es extraordinario. Eso, en realidad, no construye una autoestima sólida
La verdadera autoestima tiene que ver con algo mucho más profundo: con la forma en que un niño se percibe a sí mismo. Una persona con una buena autoestima conoce sus fortalezas, pero también entiende que puede equivocarse. No necesita sentirse superior a los demás para sentirse valioso.
Cuando hablamos de una “autoestima demasiado alta”, muchas veces en realidad estamos hablando de otra cosa: de inseguridad disfrazada de superioridad, o de niños que han aprendido que su valor depende de destacar constantemente.
Por eso es importante entender que la autoestima no consiste en inflar el ego del niño, sino en ayudarle a desarrollar una seguridad interna real. La buena autoestima nunca será un problema.
Un niño o adolescente con buena autoestima, ¿será un adulto con una autoestima adecuada?
La infancia es el terreno donde se siembran las bases de la autoestima, y por eso tiene un peso enorme en cómo una persona se percibe a sí misma en su vida adulta. Cuando un niño crece sintiéndose seguro, querido, respetado y valorado, va construyendo una base interna de seguridad que lo acompañará a lo largo de su vida.
Sabemos que la infancia es una etapa absolutamente vital en el desarrollo del ser humano, y que las personas que han desarrollado una buena autoestima durante su infancia y adolescencia cuentan con una base mucho más sólida para afrontar los retos, los errores y las dificultades de la vida con mayor seguridad.
De hecho, estamos viviendo un momento social en el que cada vez somos más conscientes del peso emocional que tienen muchas experiencias de la infancia y de los traumas que muchos adultos arrastran. En muchos casos, esas heridas están estrechamente relacionadas con la forma en que se construyó su autoestima.
Desde Infancia Respetuosa, yo misma acompaño esos procesos con mis familias para sanar esas heridas de infancia. Es posible y merece la pena hacerlo, pero es un proceso que requiere de gran trabajo personal, porque es necesario cambiar ideas o creencias que están muy arraigadas. Por eso siempre utilizo una frase de Frederick Douglass que resume muy bien esta idea: 'Es mucho más fácil criar niños fuertes y seguros que tener que reparar adultos rotos'.
¿Cómo influye en el niño que sus padres gocen de buena autoestima?
Me gusta abordar esta pregunta desde el enfoque de la crianza consciente. Nuestra autoestima, nuestro estado emocional y la opinión que hemos construido sobre nosotros mismos, sobre el mundo y sobre los demás inevitablemente terminan trascendiendo de alguna manera a nuestros hijos.
Los niños aprenden mucho más de lo que ven que de lo que les decimos. Observan cómo nos hablamos a nosotros mismos, cómo gestionamos los errores, cómo reaccionamos ante las dificultades o cómo nos tratamos en nuestras relaciones. Todo eso se convierte, de alguna forma, en un modelo para ellos.
Por eso la crianza consciente es tan poderosa. Porque no pone el foco únicamente en el conocimiento del niño o en su momento evolutivo, sino también en el propio adulto. Nos invita a revisar para evitar que aquello que nos hizo daño se repita de forma inconsciente en la siguiente generación.
Cuando un adulto tiene una autoestima sana, suele relacionarse con sus hijos desde un lugar más sereno, con menos miedo, menos exigencia y más confianza en el proceso de crecimiento de los niños. Y eso tiene un impacto enorme, porque los niños no solo necesitan que los eduquemos: necesitan adultos que sean un espejo emocional sano donde poder mirarse.
Al final, criar con conciencia no consiste solo en educar mejor a nuestros hijos, sino también en atrevernos a hacer algo muy profundo: sanar aquello que nosotros mismos no recibimos para no transmitirlo sin querer a la siguiente generación.






