Sonia Martínez, psicóloga, sobre el primer suspenso de un hijo: "Un niño puede pasar de ‘he suspendido’ a ‘soy malo en esto’ en cuestión de minutos, y esa generalización es peligrosa"
Cuando un niño o un adolescente siempre ha sacado buenas notas y, de repente, llega el primer suspenso… es fundamental la reacción de los padres a la hora de lograr que sea algo simplemente puntual y que no se propague como un virus. El niño puede llegar a creer que el suspenso se ha producido porque no es bueno en la asignatura en cuestión o, incluso, en el resto de materias, lo que puede hacerle perder motivación por estudiar y que los suspensos empiecen a ser más habituales. ¿Qué hacer y qué decirle en estos casos?
Lo aclara la psicóloga Sonia Martínez, directora de los centros Crece Bien, quien también explica de manera muy precisa cuando el suspenso puede ser indicativo de un problema mayor del que en casa aún no se es consciente para ayudar a los padres a tomar medidas y a brindar a su hijo la ayuda que precisa.
Las notas hablan de un resultado puntual, no de la identidad del niño.
Cuando un niño suspende un examen por primera vez, a veces causa más impacto a los padres que al propio niño. ¿Qué errores cometen con más frecuencia los padres al tratar el asunto con su hijo?
El error más habitual es reaccionar desde el miedo. Miedo a que “esto sea el principio del fin”, a que se acomode, a que pierda el ritmo… Y desde ese miedo aparecen frases como: “Esto no puede volver a pasar”, “Con lo que nosotros nos esforzamos…” o comparaciones con otros. Otro error frecuente es convertir el suspenso en una etiqueta: “Es que eres un desastre” o “Nunca se te han dado bien las matemáticas”. Sin querer, el mensaje que recibe el niño no es “esto ha salido mal”, sino “yo soy el que está mal”. Y por último y no menos importante, dramatizar. Un suspenso no define una trayectoria académica. Es una fotografía puntual, no la película entera.
¿Qué sería más recomendable hacer en esta situación? ¿Cómo hablar con el hijo?
Lo primero: bajar la intensidad. Antes de hablar, respirar. Si el adulto está alterado, la conversación no será constructiva. Una forma muy sana de empezar podría ser: “He visto la nota. ¿Cómo lo ves tú?”.
Esa pregunta cambia cosas. Porque no partimos del reproche, sino de la razón. A veces el niño está más afectado de lo que pensamos. Otras veces no le ha dado importancia, y ahí podemos ayudarle a tomar conciencia sin dramatizar. Después podemos analizar juntos:
– ¿Ha sido falta de estudio?
– ¿No entendía bien el tema?
– ¿Se puso nervioso?
El enfoque debería ser más “¿qué podemos aprender de esto?” que “¡cómo ha podido pasar esto!”.
¿Qué medidas tomar para evitar que vuelva a ocurrir?
En lugar de castigos automáticos, es más eficaz revisar el método. Tal vez necesita organizar mejor el tiempo, o dividir el estudio en bloques más cortos, repasar con alguien, practicar más ejercicios... Hay muchas opciones, porque muchas veces el problema no es la capacidad, sino la estrategia. Y eso se puede ajustar.
También es importante trabajar la constancia. No estudiar solo el día antes, sino crear pequeños hábitos diarios. Esta parte no es fácil y muchas veces suele ser compleja, pero cultivar la constancia en el estudio es clave.
¿Cómo suelen sentirse los niños y los adolescentes ante este primer suspenso?
Depende mucho del perfil del niño. Algunos sienten vergüenza o miedo a decepcionar. Otros se enfadan o lo minimizan para protegerse. En adolescentes que siempre han sacado buenas notas, puede haber una sensación fuerte de fracaso aunque la emoción más común suele ser la frustración. Y detrás de ella, el miedo a no estar a la altura.
¿Puede ese suspenso afectar a su autoestima?
Sí, sobre todo si el mensaje que reciben es que su valor depende de sus notas. Un niño puede pasar de “he suspendido” a “soy malo en esto” en cuestión de minutos. Y esa generalización es peligrosa. Por eso es importante separar claramente: hablar de “este examen no ha salido bien” y no de “quizá tú no vales para esto”. Las notas hablan de un resultado puntual, no de la identidad del niño.
Muchas veces el problema no es la capacidad, sino la estrategia. Y eso se puede ajustar.
Si es un adolescente que siempre ha sacado buenas notas y suspende por primera vez, ¿cómo gestionarlo?
Aquí suele doler más. Porque rompe una imagen que él mismo tenía de sí: “yo soy buen estudiante”. Lo mejor es evitar dramatizar y también evitar restarle importancia del todo. Se puede decir algo como: “Un suspenso no cambia quién eres ni todo tu esfuerzo anterior. Vamos a entender qué ha pasado.”
¿Qué pueden hacer los padres para motivarlo?
La motivación no nace del miedo ni del castigo. Nace de encontrar sentido. Podemos ayudarle a conectar con preguntas como: ¿Qué quieres conseguir este curso? ¿Qué te gustaría mejorar? ¿Qué necesitas para hacerlo mejor la próxima vez?
También es muy importante reforzar el esfuerzo, no solo el resultado. Frases como: “He visto que esta semana te has organizado mejor” tienen mucho más impacto que un simple “muy bien por el notable”.
¿Cómo darnos cuenta de que la bajada de notas puede estar relacionada con otros problemas?
Cuando el suspenso viene acompañado de cambios más amplios y duraderos, está más irritable o apagado, duerme peor, se aísla, o ha perdido interés por cosas que antes le gustaban. En esos casos, las notas pueden ser solo la punta del iceberg. El problema no es académico, quizá es emocional.
¿Qué hacer en esos casos?
Aquí la clave es ampliar la mirada. En lugar de centrarnos solo en el rendimiento, preguntarnos: “¿Qué le está pasando?” Quizá podemos hablar con el tutor, observar el entorno y amigos, revisar si hay situaciones de estrés o conflicto… Y si vemos que el malestar persiste, por supuesto pedir ayuda profesional. A veces, detrás de una bajada de notas hay ansiedad, baja autoestima, problemas con iguales o simplemente una etapa vital complicada. Y lo más importante, transmitirle siempre que una nota no define su valor ni el amor que sentimos por él.
