Afortunadamente, Carney no es Chamberlain
“Os dieron a elegir entre el deshonor o la guerra. Elegisteis el deshonor y ahora tendréis la guerra.”
-Winston Churchill, le dijo a Neville Chamberlain
La historia no se repite, pero rima. Y cuando rima demasiado fuerte, conviene prestar atención.
Uno de los grandes errores que precipitaron la Segunda Guerra Mundial no fue la fuerza de Hitler, sino la debilidad -política, moral y estratégica- de quienes creyeron que cediendo un poco, el agresor se conformaría. Neville Chamberlain encarnó esa ilusión: conceder para evitar el conflicto. El resultado es conocido. Hitler no se detuvo. Nunca lo hizo. Cada concesión fue leída como permiso para ir más lejos.
Hoy, salvando las distancias históricas, el mundo vuelve a enfrentarse a una figura que estira la liga del poder hasta donde se lo permiten. Donald Trump no es Hitler -las analogías literales suelen ser torpes-, pero sí pertenece a la misma categoría política: líderes que concentran poder, lo ejercen sin contención y prueban constantemente hasta dónde pueden llegar antes de que alguien les diga “hasta aquí”.
Groenlandia es el ejemplo más reciente. No porque vaya a ser anexada mañana, sino porque el punto nunca fue hacerlo, sino demostrar que podía intentarlo. Trump no necesita consumar cada amenaza; le basta con normalizar la idea, imponer la narrativa, medir reacciones. Mostrar músculo. En su lógica, gobernar también es humillar, provocar y exhibir dominio.
Eso lo vuelve peligroso. No por lo que hace, sino por lo que enseña que puede hacerse.
La diferencia con los años treinta es que hoy el mundo sí conoce el final de aquella película. Y, al menos en el discurso, algunos líderes parecen haber aprendido la lección.
En Davos, Mark Carney, primer ministro de Canadá, dijo en voz alta lo que muchos piensan y pocos se atreven a formular sin rodeos (algo, por cierto, que advertí aquí en El Heraldo de México hace seis meses): el viejo orden mundial se terminó. Las reglas que supuestamente regían el comercio, la diplomacia y el equilibrio entre potencias ya no funcionan. Las antiguas certezas desaparecieron. Vivimos una época de rivalidad abierta donde los fuertes hacen lo que quieren y los débiles pagan el precio.
No hubo sentimentalismo ni nostalgia en su diagnóstico. Carney reconoció algo incómodo pero real: el orden anterior nunca fue plenamente justo. Las grandes potencias también violaban las reglas cuando les convenía. Pero ese “pacto imperfecto” al menos existía. Hoy, ni siquiera eso.
Su advertencia fue brutalmente clara: en un mundo sin reglas, si no estás en la mesa, estás en el menú.
A diferencia de Chamberlain, Carney no propone apaciguar ni conceder esperando buena fe. Propone fortalecerse, construir alianzas funcionales y abandonar la fantasía de que las instituciones multilaterales, tal como existen hoy, bastan para contener a los nuevos abusadores del poder. La ONU -ese gran monumento al consenso paralizado- aparece cada vez más como espectador incómodo de un desorden que ya no puede regular.
No es casual que, en paralelo, Trump impulse estructuras alternativas, consejos “ad hoc”, amenazas comerciales y castigos económicos como método de disciplinamiento político. El comercio convertido en arma. La influencia económica fusionada con la presión militar. La diplomacia sustituida por la intimidación.
Ese es el terreno de juego actual. Negarlo es irresponsable.
Desconocemos cuál será la estrategia concreta. Pero hay indicios de que podría ser mucho más dura de lo que públicamente se reconoce. En Davos no sólo hubo diagnósticos; hubo conversaciones laterales, coincidencias discursivas y silencios elocuentes. Todo apunta a que, encabezados por Carney, algunos líderes occidentales estarían explorando salidas no convencionales para frenar a Trump, incluyendo canales de diálogo indirecto con China y con otros actores clave del sistema económico global. Parece que ya comienza a tener efecto: ayer Trump anunció un principio de acuerdo con la OTAN sobre Groenlandia? retiró la amenaza de aranceles a varios países europeos.
La hipótesis -incómoda pero verosímil- es que el verdadero punto de presión no sea diplomático ni militar, sino económico: asfixiar el margen de maniobra de Estados Unidos hasta provocar una desaceleración severa o incluso una recesión profunda. No para castigar al país, sino para que sea la propia sociedad estadounidense, desde los mercados hasta el electorado, la que le ponga un alto a Trump. En otras palabras, no enfrentarlo de frente, sino retirarle el oxígeno. Pararlo en seco sin disparar un solo tiro.
Lo relevante no es si Trump exagera, fanfarronea o bluffea. Hitler también bluffeó muchas veces antes de dejar de hacerlo. El problema es creer que el límite lo pondrá él mismo. Nunca ocurre así. El límite siempre lo pone alguien más… o no se pone.
Por eso importa que Carney no sea Chamberlain. Importa que Canadá, junto con otros países, entienda que ceder no es pragmatismo, sino una invitación al abuso. Importa que líderes como Claudia Sheinbaum -cada uno desde su contexto- empiecen a hablar en clave de coordinación, no de sumisión silenciosa ni de valentía retórica vacía.
La historia no exige que reaccionemos con histeria, pero sí con memoria. No con nostalgia, sino con lucidez. El pasado no vuelve, pero advierte. Y cuando líderes que estiran el poder hasta límites impensables no encuentran resistencia real, el costo siempre termina pagándose en vidas, estabilidad y décadas perdidas.
Afortunadamente, esta vez, al menos algunos parecen haber entendido que el error no fue la guerra, sino haberla hecho inevitable por miedo a confrontar a tiempo.
La pregunta ya no es si Trump volverá a excederse. La pregunta es si el mundo permitirá que lo siga haciendo.
POR VERÓNICA MALO GUZMÁN
COLABORADORA
VERONICAMALOGUZMAN@GMAIL.COM
EEZ