Cómo evitar que las comparaciones por las notas dañen la autoestima de los niños, según dos expertas en educación

Cómo evitar que las comparaciones por las notas dañen la autoestima de los niños, según dos expertas en educación

La recta final del curso se convierte en una subida al Everest para muchos alumnos, que afrontan estas semanas rodeados de cierta presión por las notas. A medida que los niños van creciendo, puede aumentar, de hecho, un problema: las comparaciones con las notas de sus compañeros que hacen que, incluso, 'se piquen' por las calificaciones con otros niños de su entorno, incluso con sus amigos. “Estamos en el mes de mayo, mes que empiezan las evaluaciones finales, la evaluación del último trimestre y con ello, el empujón final al estudio y a la obtención de las notas finales del curso, lo que conlleva que los alumnos y alumnas hagan exámenes y quieran conocer la nota que han obtenido sus compañeros para ver en qué situación o posición se encuentran respecto a los demás”, nos anticipa Montserrat Amorós Gómez, coordinadora del Área de Psicología de la Educación y Psicobiología de la Facultad de Educación de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR).

En su opinión, hay que partir de la base de que somos seres sociales, y la comparación forma parte de nuestra parte social, con la vinculación de pertenecer a un grupo, en este caso al grupo clase. “¿Qué pasa cuando en un examen, que toda la clase dice que ha sido muy difícil, las notas en general son bajas? El alumno se siente identificado con el grupo, y se suele ‘despreocupar’ porque no ha sido falta de estudio, sino porque el examen era muy difícil y así se demuestra con las notas tan bajas de todo el grupo, por eso necesitamos comparar y ver las notas de los demás, para conocer cómo estamos en el grupo”, nos comenta la experta de la UNIR.

Emociones que aparecen en esta época

Es una etapa con las emociones a flor de piel para muchos adolescentes. Ana Roa, Pedagoga y Coordinadora de la Sección de Pedagogía y Psicopedagogía en el Colegio Oficial de Docentes, nos explica que durante la época de exámenes principalmente aparecen la incertidumbre, la ansiedad y la evaluación de su trabajo. “Los estudiantes se comparan buscando referencias para medir su propia preparación y, en este contexto, las notas de los compañeros se convierten en un instrumento de medida. Si un compañero obtiene mejor nota, la comparación puede generar por un lado una sensación de insuficiencia, por otro, aumentar la motivación para estudiar más. Nuestro sistema educativo aún se enfoca en la calificación numérica, lo que convierte a los compañeros en rivales en numerosas ocasiones”, valora. 

Los alumnos y alumnas quieren conocer la nota que han obtenido sus compañeros para ver en qué situación o posición se encuentran respecto a los demás

Montserrat Amorós Gómez, coordinadora del Área de Psicología de la Educación y Psicobiología de la Facultad de Educación de la Universidad Internacional de La Rioja

La competitividad, un fenómeno natural

Una de las dudas que nos surge es si la competitividad es algo natural en la infancia y la adolescencia o es un fenómeno aprendido. Para Montserrat Amorós, es un fenómeno natural: “Desde la infancia queremos ganar, queremos ser los protagonistas”.  

En opinión de la experta del Colegio Oficial de Docentes, si nos remontamos a los orígenes, la competitividad ayuda a los niños a entender las jerarquías sociales. Bien entendida, puede ser parte de la naturaleza humana con el objetivo de mejorar personalmente. “No obstante, en numerosas ocasiones, la influencia del entorno transforma esa necesidad natural premiando únicamente el resultado logrado, por ello, el niño aprende a ser competitivo en lugar de cooperativo. Actualmente, metodologías como el aprendizaje colaborativo siguen siendo muy necesarias”, comenta.

grupo de adolescentes haciendo los deberes juntas sentadas en el césped© Getty Images

Competitividad sana 'vs' dañina

Ahora bien, ¿qué diferencia hay entre una competitividad sana y una que empieza a ser dañina? “A medida que pasamos y superamos la etapa del egocentrismo, aprendemos que hay otros a nuestro alrededor y debemos aprender a convivir con ellos, respetarlos, aprender de ellos, y aquí entra en juego la competitividad sana: aprender de aquellos a quienes podemos admirar, de los compañeros que sacan mejor notas, querer parecernos a ellos y esforzarnos por conseguirlo desde el esfuerzo, la motivación y el desempeño”, comenta la experta de la UNIR.

Para Amorós, esta es la competitividad sana, pero cuando la competitividad se convierte en nuestra única acción, y solo pensamos en “vencer” al otro, desvalorándolo, y siendo demasiado autoexigentes con nosotros mismos o demasiado autocríticos, esto hace que no haya una competitividad sana, sino dañina que generará malestar tanto emocional como físico.
Y nos pone un ejemplo muy claro: pensemos en la competitividad sana entre Roger Federer y Rafael Nadal. “Era desde el respeto, del aprendizaje del otro, de superar los retos acontecidos, partido a partido, no era una competitividad desde la desvalorización y la autocrítica de cada uno de ellos, ¿podemos hacer la reflexión con nuestros estudiantes en clase? Como modelo de respeto y aprendizaje”, apunta.

Además, en opinión de Ana Roa, "la competitividad sana parte del respeto y está centrada en la mejora personal". Nos explica que, en este caso, “la motivación del niño es intrínseca y forma equipo con los compañeros. Se acepta la derrota como aprendizaje. Mientras, la competitividad dañina ignora el respeto y está centrada en superar a los demás porque solamente importa el resultado. La motivación es extrínseca, se resienten las relaciones con los compañeros y aparecen el estrés o la ansiedad por ganar”.

cuando los niños y adolescentes comparan las notas y no se cumplen sus expectativas comienzan a generar frustración, inseguridad y desmotivación

Ana Roa, pedagoga

Niños y adolescentes que comparan sus notas

Tal y como nos explica Montserrat Amorós, comparar las notas puede provocar diferentes reacciones. “A nivel emocional, si el niño saca mejores notas que el resto del grupo se sentirá con mayor autoestima, reconfortado, reconocido, pero cuando la situación es al revés y no hay un respeto, un entender al otro por las bajas notas, el niño o adolescente que ha sacado bajas notas se sentirá frustrado, desmotivado, con baja autoestima. Potenciar el esfuerzo más que el resultado curricular alivia la frustración y provoca un efecto motivador en el estudiante”, apunta.

Por su parte, Ana Roa detalla que cuando los niños y adolescentes comparan las notas y no se cumplen sus expectativas comienzan a generar frustración, inseguridad y desmotivación. “Perciben que su esfuerzo y su valor dependen únicamente de un resultado numérico. Emocionalmente esta comparación daña la autoestima, y si se acentúa, produce frustración, temor a defraudar o una presión constante que puede desembocar en desmotivación y fracaso escolar”, indica Roa.

¿Hay niños que se ‘pican’ con las notas más que otros?

Nos planteamos también qué perfiles son más vulnerables a “picarse” o frustrarse en relación con las calificaciones del colegio. Para la experta de la UNIR, los perfiles perfeccionistas, inseguros y autoexigentes pueden tener alto riesgo de sentirse frustrados, pero nos cuenta que hay una estrategia cognitiva muy potente que ayuda a disminuir esta frustración, estas expectativas. “Sobre todo, la suelen aplicar los inseguros y los perfeccionistas, y es manifestar que tienen bajas expectativas con el resultado del examen o la prueba realizada, es decir, a pesar de que han estudiado fuerte y han contestado todo el examen, anticipan unas expectativas bajas, por si pasara algo, para defenderse, para protegerse, cuando sacan una nota alta, como no se la esperaban (partimos de expectativas bajas) se sienten bien, satisfechos, sin frustración”, indica.

El ejemplo típico, explica Amorós, es aquel estudiante que, a pesar de estudiar mucho, después de hacer el examen, manifiesta y se prepara “mentalmente” para sacar una baja nota. “¿Qué pasa cuando le dan el resultado y la nota es alta? Pues que se siente bien y motivado para seguir utilizando la misma estrategia para estudiar y para esperar la nota obtenida”, comenta.

Coincide Ana Roa, que considera que los perfiles de adolescentes o niños más vulnerables a enfadarse o tomarse las cosas a pecho son “aquellos en los que se une el perfeccionismo con una baja tolerancia a la frustración y al malestar emocional, la autoexigencia debido a la presión interna constante y la inseguridad unida a una necesidad de control estricto y, en consecuencia, el miedo al fracaso”.

niño en el colegio, pensativo, sentado en su pupitre© Getty Images

Gestión de la situación en el aula

No podemos perder de vista el papel de los docentes. Cuando los profesores perciben que las comparaciones por las notas pueden llegar a plantear problemas, es importante actuar. “Partimos de que las necesidades y los esfuerzos son diferentes en cada uno de nuestros estudiantes. Como comentamos, es mejor valorar el esfuerzo, los objetivos marcados de manera individual por parte de cada uno de los alumnos, porque los rankings no demuestran la realidad y el esfuerzo del aula”, apunta Montserrat Amorós. 

Para la experta del Colegio de Docentes, las dinámicas del aula, los rankings, comentarios del profesorado y la cultura del centro educativo en general conforman un entorno que puede fomentar una competitividad sana y motivadora o, por el contrario, dañina o estresante. “Cuando se emplean dinámicas de aula bien gestionadas como la gamificación, pueden aumentar la motivación. Los rankings escolares, en ocasiones, fomentan la competitividad debido al posicionamiento; los comentarios del profesorado son determinantes, una retroalimentación positiva y personalizada puede motivar intensamente al alumno”, indica, añadiendo que si en el centro se practica una cultura basada en la cooperación en lugar de una cultura basada en los resultados, los estudiantes encontrarán apoyo y motivación intrínseca. 

Potenciar el esfuerzo más que el resultado curricular alivia la frustración y provoca un efecto motivador en el estudiante

Montserrat Amorós

¿Cómo se puede evaluar sin fomentar rivalidades?

La experta del Colegio de Docentes resume estrategias que pueden ayudar:

  • Promoviendo el aprendizaje cooperativo.
  • Considerando el error como oportunidad de aprendizaje.
  • Implementando una evaluación destinada a identificar áreas de mejora en lugar de asignación de notas numéricas.
  • Fomentando la autoevaluación y la coevaluación.
  • Centrándose en la evolución del aprendizaje y en la retroalimentación constructiva.

Consecuencias de la competitividad

De lo que no cabe duda es de que esta competitividad mal gestionada puede tener consecuencias. “Como hemos comentado, la competitividad mal gestionada genera malestar físico y psicológico, provocando situaciones conflictivas en el aula, entre los compañeros, y la desmotivación por continuar estudiando”, nos dice la experta de la UNIR, que indica que toda esta problemática puede afectar al rendimiento académico o incluso a las relaciones entre compañeros. “Efectivamente, la frustración genera malestar y desmotivación para el estudio. La comparación dañina provoca no querer seguir estudiando, porque a pesar del esfuerzo, este no se ve reflejado en las notas, y genera una incomprensión de no saber qué hacer, por qué no se obtienen las notas esperadas”, indica.

Señales de alerta

Ante esta circunstancia, nos planteamos qué señales deberían alertar a docentes y familias de que la comparación está generando malestar. Ana Roa las resume en las siguientes:  

Señales emocionales que indican una autoestima dañada y señales físicas:

  • Frases descalificadoras: “No soy tan listo como…”, “no puedo hacerlo como…”.
  • Inseguridad y búsqueda constante de aprobación.
  • Cambios de humor, irritabilidad especialmente al compararse.
  • Cansancio, falta de energía.
  • Quejas recurrentes de dolores de cabeza, estómago…

 Señales conductuales que implican ciertos comportamientos sociales:

  • Rechazo a vivir situaciones nuevas o a realizar actividades novedosas.
  • Aislamiento o falta de interés en actividades compartidas.
  • Abandono de actividades que antes suponían un reto y un disfrute.

Señales escolares y académicas:

Si estas señales son intensas o frecuentes quizá la comparación ha superado la capacidad del niño para saber gestionarla. Debemos priorizar el reconocimiento esfuerzo individual sobre el resultado final.