Dra. Ana Isabel Sanz, psiquiatra: “Los adolescentes lidian con problemas de salud mental en un elevadísimo número de casos”
La adolescencia siempre ha sido una etapa vital convulsa, llena de altibajos emocionales y de grandes cambios. En los tiempos que corren, se puede afirmar que lo es más que nunca, a juzgar por los datos: “las depresiones, la ansiedad, las autolesiones, el suicidio y los trastornos de alimentación se han disparado preocupantemente entre los 14-19 años e incluso en edades más tempranas”, indica la psiquiatra Ana Isabel Sanz, especializada en trastornos afectivos y ansiedad, directora del Instituto Psiquiátrico Ipsias (www.psicologa-psiquiatra-ipsias.com) y del departamento de Psiquiatría del Centro de Rehabilitación Infantil Dionisia Plaza de Madrid.
Proteger su salud mental es imprescindible. Por eso, este domingo se conmemoraba el Día Mundial del Bienestar Mental para Adolescentes, que tiene lugar cada 2 de marzo desde el año 2020 precisamente para sensibilizar acerca de la susceptibilidad de los menores de hoy en día frente a problemas de salud mental y para promover su sano desarrollo emocional. Con motivo de esta efeméride hemos hablado con la Dra. Ana Isabel Sanz, quien incide en la necesidad de brindar apoyo en salud mental a los adolescentes que lo requieran.
Los adolescentes son críticos duros de las contradicciones entre lo que se dice y lo que se hace.
¿Por qué se celebra el Día Mundial del Bienestar Mental para Adolescentes?
Iniciativas de esta naturaleza pretenden dar visibilidad a situaciones como el hecho de que los adolescentes lidian con problemas de salud mental en un elevadísimo número de casos, superior a entre el 10 y el 15 por ciento, que reciben una insuficiente atención especializada en el abordaje de estos problemas y que no se está prestando atención a factores que claramente lesionan su salud mental, como la lesiva influencia de las redes sociales, el acoso en ambientes académicos y a través de medios cibernéticos.
Dedicar al menos un día a difundir mensajes que sacudan las conciencias y fomenten el debate sobre cómo mejorar las carencias en esta cuestión tan sensible puede ser una manera más de avanzar en la mejora de la atención a las necesidades emocionales de un sector de la población especialmente receptivo a mejoras, ya que se encuentra en un período de reformulación de su mundo emocional y de sus estructuras neuronales.
Hace unos días se daba la noticia del colapso en urgencias por la mayor afluencia de adolescentes y la falta de psicólogos para atenderlos. ¿A qué puede deberse esta situación?
Al aumento del sufrimiento mental de la población adolescente en los últimos años, algo que ya señalaba en mi ensayo El malestar emocional infanto-juvenil tras la pandemia (ACCI, 2024). Las depresiones, la ansiedad, las autolesiones, el suicidio y los trastornos de alimentación se han disparado preocupantemente entre los 14-19 años e incluso en edades más tempranas y no hay profesionales ni dispositivos accesibles que den respuesta eficaz y ágil a este sufrimiento.
Ante la carencia de recursos sanitarios, sociales y educativos que atiendan de manera regulada esta realidad, las respuestas se buscan de manera urgente, muchas veces con una respuesta puramente farmacológica por la falta de tiempo y sin el adecuado seguimiento posterior.
Sabemos que los problemas de salud mental entre adolescentes han crecido desde la pandemia. ¿Cuáles pueden ser las causas?
Las medidas restrictivas extremas tuvieron mucho que ver, pues interrumpieron la socialización normal de los menores y cambiaron drásticamente la rutina cotidiana, desde la nutrición sana hasta los ciclos regulares de sueño. Aumentaron las tensiones familiares en espacios reducidos, disminuyeron las posibilidades de comunicación con otros y de actividad física. Pero, sobre todo, sumieron a muchos adolescentes en un mundo con aspectos muy preocupantes: las redes sociales, donde se intercambian visiones de la salud y de la vida sesgadas, plagadas de ideas sin contraste racional y sin un debate sano.
Las redes y los personajes que destacan en ellas generan aspiraciones con un contenido muy discutible desde el punto de vista de la salud y con una dinámica cerrada, casi sectaria. Por otra parte, su uso durante horas y horas genera una dinámica adictiva que se hace evidente al observar las reacciones desmedidas cuando los adultos tratan de limitar el tiempo que los menores pueden acceder a ellas.
Existen informes consistentes sobre los síntomas de abstinencia cuando se retiran los dispositivos electrónicos y acerca de la relación entre el abuso del uso de las redes sociales y el incremento de las autolesiones y de síntomas de depresión y ansiedad. Realmente, junto con el acoso escolar presencial y el ciberbullying, las redes sociales parecen constituir un claro factor que lesiona severamente el bienestar emocional de los adolescentes (y de los niños y niñas más jóvenes).
¿La prohibición de las redes sociales a los menores de 16 es una medida de protección en este sentido?
El uso controlado de estos foros tiene efectos positivos y cada vez son más los países que se han planteado medidas drásticas de prohibición de las mismas a menores de 16. Es el caso de Australia y de algunos estados en EE.UU que ya han legislado sobre la prohibición. Cabe preguntarse si antes de llegar a medidas tan drásticas y difíciles de aplicar se puede intentar avanzar en el camino de la dosificación.
Las redes sociales y los dispositivos electrónicos en general ocupan espacios que antes eran propiedad de la interacción personal con los amigos y los padres. Quizá haya que reforzar el contacto humano, aunque nos cueste, antes de poner los móviles bajo llave.
¿Cómo proteger la salud mental de los adolescentes?
Los padres y los profesores tienen mucho que hacer en este sentido. Dedicar tiempo a rutinas compartidas es posible a pesar del tópico de que el adolescente se aleja del ámbito familiar. A pesar del protagonismo de los amigos, los adolescentes son receptivos a conversar con sus padres, no a escuchar sermones, sino a hablar de tú a tú, a comentar sus logros y a recibir validación por lo que han conseguido y ánimo ante aquello que se les resiste.
Si encuentran un ejemplo válido alrededor, les será más fácil establecer rutinas que dosifiquen su uso de pantallas, permitan la interacción tranquila en las comidas sanas y tranquilas compartidas, potencien la aplicación de horarios regulares de sueño con las pantallas fuera de la habitación, estimulen la práctica de aficiones variadas que les acerquen a sus iguales en contextos de respeto y en las que se sientan valorados y disocien la relación entre diversión y el consumo de sustancias psicoactivas.
Los padres han de establecer normas claras sobre lo que se permite y lo que no, de forma firme y consistente, aunque deben tener cuidado con qué piden verbalmente y qué transmiten con sus conductas. Los adolescentes son críticos duros de las contradicciones entre lo que se dice y lo que se hace y no perdonan que el ejemplo no coincida con el discurso.
Educar es un edificio que empieza a construirse desde el nacimiento y ha de ser mantenido.
Para fomentar su bienestar mental, deben sentarse las bases en la infancia, pero ¿cómo?
Es justamente en los primeros años cuando los padres establecen un vínculo valioso con sus hijos, que haga que estos confíen en ellos como figura a la que consultar y a la que abrir su mundo emocional. En esas edades se potencian las rutinas sanas, el hábito de compartir tiempo para sincerarse o para hablar de asuntos simples pero importantes para el menor.
También en esta etapa se establecen los límites, el valor de los “noes” que en ocasiones se razonan y en otras simplemente se hacen valer por la confianza en el liderazgo que los hijos conceden a sus padres porque les quieren y porque respetan su ejemplo. Pero todo ello requiere tiempo y constancia.
Educar es un edificio que empieza a construirse desde el nacimiento y ha de ser mantenido y recibir la atención que requiere. Si no es así, el adolescente que descubramos cuando llega el momento será un extraño que tampoco nos reconoce ni nos tiene en cuenta.
¿De qué manera pueden intervenir los padres cuando han hecho bien su trabajo durante la infancia de los hijos, pero al llegar estos a la adolescencia el entorno (bien por sus amistades o bien por diversos problemas como pueda ser el bullying) les empuja hacia otro lado y empiezan a aparecer problemas relacionados con su salud mental?
Si existe una relación previa bien cuidada, el encerramiento o la rebeldía del adolescente implica mantener e incluso intensificar los acercamientos, aunque posiblemente haya que entrenar la paciencia y la capacidad de encajar deportivamente las respuestas desagradables. El enfado que ello nos produzca no debería hacernos cejar en hacer notar que estamos interesados en lo que le sucede y que queremos aprovechar cualquier ocasión más calma para propiciar una conversación. Tampoco forzarla o presionar demasiado, pero sí dejando claro que estamos receptivos.
Cuando el adolescente pida algo o mantenga conductas que nos parecen erróneas o peligrosas, la comprensión no implica permisividad total. Los padres han de mantener la firmeza en sus normas, no entrando en provocaciones ni dejándose vencer por rabietas, amenazas o intentos de agresiones. Frente a esa imposición se puede ofrecer la negociación, nunca demasiado laxa y siempre coherente a la hora de pedir que se cumpla lo pactado.
Si hay aspectos que nos preocupan y el adolescente se calla, observar detalladamente es lo primero; consultar a profesores y a amigos sobre lo que puede estar pasando es el siguiente paso, a ser posible sin hacerlo a espaldas del hijo, aunque más que pidiéndole permiso sea planteándole que es producto de una preocupación que él no está pudiendo aclarar por el motivo que sea (vergüenza, miedo, desconfianza…).
Cuando se logre tener información completa resulta difícil pero imprescindible hablar, aunque cueste porque la sensación sea la de encontrarnos con un muro. Sería ideal adoptar una actitud cercana, de interés, de comprensión, evitando las recriminaciones de partida. En ese ambiente será más posible que el adolescente exprese lo que le sucede, quizá de forma inconcreta porque no tiene palabras más precisas para hacerlo. Hay que escuchar este “balbuceo” muchas veces poco comprensible antes de interrumpirle. Cuando él indique que ha terminado, recoger con nuestras palabras lo que hemos entendido (así demostramos que hemos escuchado atentamente) y tratar de traducir aquello que no nos ha quedado claro, pidiendo reafirmación o corrección a nuestro interlocutor. Aunque sea una tarea ardua, el resultado merece la pena, tantas veces como sea necesario.
¿Qué hacer en casa cuando se empiezan a observar problemas de este tipo?
El paso previo es que los adultos conversen y se pongan de acuerdo en lo que observan y el posible plan que van a adoptar. La falta de consenso parental muchas veces es el primer escollo. La unidad familiar debe hacer explícito el apoyo al adolescente; no sería deseable que este se sintiera espiado por un afán desmedido de discreción del resto del entorno. Es bueno manifestar con un tono tranquilo y sin connotación de crítica que hay aspectos que parecen haber cambiado y que son fuente de preocupación. Si no hay respuesta inmediata, se debe mantener la actitud receptiva -no intrusiva- y dar un tiempo razonable para que el adolescente tome la iniciativa de hablar y ser escuchado.
Mientras tanto, observar sus conductas. Los cambios de las rutinas, la aparición de signos de alarma (aislamiento, alteración del sueño, signos fisiológicos de descuido, respuestas conductuales o emocionales llamativas que sugieran el uso de sustancias, lesiones u otros indicios), puede ser motivo para “forzar” el inicio de una conversación concreta en la que quede claro que lo que predomina es el interés por esos signos de que algo no va bien y que se ve que hay malestar e incluso sufrimiento, y que se da por sentado que no hay nada vergonzoso de lo que no se pueda hablar y que ante cualquier circunstancia se está de su parte.
Si el tiempo que se da se ve interferido por un hecho que se considera urgente, es indudable que este planteamiento debe cambiar y pasarse a una iniciativa firme de consultar con un especialista en estas cuestiones. Es preferible conseguir que sea sin la oposición del adolescente (no siempre el menor expresará la aceptación explícita), pero incluso sin ella puede ser preciso dar este paso.
¿Dónde encuentran los menores de edad los mayores riesgos para su salud mental?
A veces, los riesgos se encuentran en la propia casa. Discusiones familiares, estilos parentales confrontados, descalificaciones hacia el menor por una mala comprensión de cómo se valoran sus tropezones o incluso sus éxitos. También la casa es el escenario de dramas que empiezan a distancia, en concreto el ciberbullying o el uso abusivo de pantallas en sus diferentes versiones (redes sociales, vídeojuegos). Los trastornos de la alimentación, las autolesiones, el uso de cannabis (frecuentemente por las noches), las ideas o planes suicidas también pueden desarrollarse principalmente en casa sin que nadie se percate.
En la calle, tanto en la escuela como en los espacios de ocio, el adolescente hace frente a parte de los riesgos ya citados como a otros específicos como el acoso escolar presencial en sus múltiples manifestaciones. Los espacios de ocio pueden ser escenarios también de acoso, aunque es el abuso de sustancias, desde el alcohol a otras más sofisticadas, el principal riesgo en este ámbito.
