El imaginario MAGA extiende sus tentáculos a la Conferencia de Seguridad de Múnich: "Hagamos grande de nuevo a la ONU"
La escena duró apenas unos segundos, pero tuvo algo de disonancia histórica. En una sala consagrada durante décadas a invocar el multilateralismo y el orden internacional, el embajador de Estados Unidos ante Naciones Unidas, Michael Waltz, recurrió sin rodeos al imaginario político del movimiento MAGA para explicar la acción exterior de su país y la visión de su líder, el presidente Donald Trump.
En el panel titulado El orden internacional: entre la reforma y la destrucción, Waltz defendió que el sistema internacional no está colapsando, sino transformándose y mejorando bajo el liderazgo de Washington. Presentó ese proceso no sólo como una continuidad estratégica, sino como una restauración, utilizando el marco político e ideológico asociado a MAGA, el movimiento que proclama la recuperación de la primacía estadounidense.
La Conferencia de Seguridad de Múnich, diseñada históricamente como un espacio de consenso entre aliados y reafirmación del orden internacional liderado por Estados Unidos, se convirtió brevemente en el escenario de una afirmación más directa.
Fue entonces cuando Waltz sacó varias gorras azules con el lema "Make United Nations Great Again" ("Hagamos grande de nuevo a la ONU") y comenzó a repartirlas entre los participantes del panel -la alta representante europea, Kaja Kallas; el ministro de Exteriores de Arabia Saudí, el príncipe Faisal bin Farhan; y el ministro de Defensa de Colombia, Pedro Arnulfo Sánchez Suárez-, trasladando al centro del multilateralismo el símbolo político que Donald Trump convirtió en emblema global con sus gorras rojas de "Make America Great Again".
"No me quedan muchas, pero todavía tengo unas cuantas", declaró.
Durante unos segundos, coincidieron dos lenguajes que rara vez se encuentran aquí: el del orden internacional y el de la primacía nacional.
No se trataba sólo de un gesto simbólico. Era la traslación al corazón del sistema internacional de un lenguaje político concebido originalmente para cuestionarlo. Por primera vez, el imaginario de MAGA no aparecía como una fuerza externa o crítica del orden multilateral, sino como el marco desde el que Estados Unidos afirmaba dirigir su transformación.
El embajador estadounidense rechazó explícitamente el diagnóstico de deterioro del sistema internacional que dominaba el debate. "Tengo que rechazar la premisa de que el mundo esté al borde del abismo", afirmó. "Estamos devolviendo al mundo desde el borde en el que estaba hace 18 meses, entre Ucrania, Gaza, Irán, los hutíes y la crisis de refugiados en América Latina".
Para sostener esa afirmación, Waltz enumeró varios ejemplos que, según dijo, ilustran una mejora del sistema internacional bajo liderazgo estadounidense. Señaló que "por primera vez hay un vuelo entre Armenia y Azerbaiyán", lo que presentó como un indicio de desescalada entre ambos países, y afirmó que Estados Unidos ha intervenido en crisis regionales para facilitar el diálogo entre actores enfrentados.
Se refirió especialmente a Gaza como uno de los ejemplos de esa evolución. Según dijo, la situación ha mejorado "muchísimo" en comparación con hace 18 meses y destacó el aumento de la ayuda humanitaria. "Ahora entran 4.000 camiones a la semana", afirmó, reconociendo que la cifra "puede parecer pequeña", pero añadiendo que ha crecido "de forma exponencial".
Waltz vinculó esa evolución directamente a la acción de la Administración Trump y defendió que el sistema internacional no está colapsando, sino transformándose bajo el liderazgo estadounidense. Añadió que Estados Unidos ha impulsado la llamada Junta de Paz, un organismo internacional destinado a supervisar la reconstrucción y administración transitoria de Gaza como parte de ese esfuerzo de estabilización. "Lo que estamos escuchando una y otra vez, entre bastidores, es 'gracias'", afirmó, aludiendo al reconocimiento que varios países expresan en privado por el papel desempeñado por Washington.
El embajador defendió también la necesidad de reformar el sistema multilateral y reivindicó el peso financiero de su país. "El pueblo estadounidense ha financiado el orden multilateral global desde la Segunda Guerra Mundial", afirmó. Según dijo, Washington ha asumido una parte desproporcionada del coste de Naciones Unidas y de la arquitectura de seguridad internacional. "Si tenemos que reformar el multilateralismo, que no se ha reformado en 80 años, eso debería ser bienvenido", añadió.
También cuestionó el reparto de responsabilidades dentro de la alianza atlántica. "Es justo pedir a 450 millones de europeos, con una economía del mismo tamaño que Estados Unidos, que sean más autosuficientes en su propia defensa", afirmó.
La respuesta europea reflejó un contraste más profundo que un desacuerdo puntual. Kaja Kallas recordó que Europa contribuye de forma significativa al sistema internacional y que los países europeos han acompañado a Estados Unidos en operaciones militares, asumiendo también costes humanos. Su intervención se centró en la necesidad de preservar un orden basado en reglas y en la responsabilidad compartida entre aliados.
El ministro de Exteriores saudí, el príncipe Faisal bin Farhan, introdujo un marco distinto al referirse a Gaza y al futuro del territorio. Recordó las resoluciones internacionales que reconocen los derechos del pueblo palestino y subrayó que la estabilización no puede limitarse a medidas humanitarias o administrativas. Según dijo, queda mucho camino por recorrer mientras no exista un reconocimiento pleno de los derechos palestinos y una solución política integral que incluya tanto Gaza como Cisjordania como una entidad unificada.
Faisal evitó confrontar directamente las afirmaciones del embajador estadounidense, pero insistió en que el momento actual sigue siendo una fase de transición. "Todavía no estamos de acuerdo, pero estamos teniendo la conversación", dijo. Añadió que llevará tiempo definir el equilibrio futuro del sistema internacional.
La gorra azul permaneció sobre la mesa hasta el final del panel, visible entre los documentos y los micrófonos. En el espacio donde durante décadas Estados Unidos había hablado el lenguaje del internacionalismo, su representante utilizaba ahora el de la primacía nacional. El país que había construido el orden internacional no se presentaba ya sólo como su garante, sino como el actor que reclama el derecho a redefinirlo.