China pide prudencia a Estados Unidos sobre Irán y el hijo del 'sha' pide a Trump que "ayude" a su pueblo

China pide prudencia a Estados Unidos sobre Irán y el hijo del 'sha'  pide a Trump que "ayude" a su pueblo

El ministro de Asuntos Exteriores chino, Wang Yi, ha advertido en la Conferencia de Seguridad de Múnich que Estados Unidos debe actuar con "prudencia" en su relación con Irán, subrayando que la evolución de esa relación afecta directamente a la estabilidad de Oriente Próximo y, por extensión, al equilibrio global.

"En lugar de crear nuevos conflictos, las partes deberían actuar con prudencia", ha afirmado. Las disputas, añadió, deben resolverse mediante mediación, y los conflictos superarse a través del diálogo. No fue una referencia secundaria ni una fórmula protocolaria, sino una intervención deliberada en uno de los escenarios más volátiles del sistema internacional. Al introducir Irán en el centro de su discurso, China se posicionó no como observador distante, sino como actor con voz propia en la arquitectura de seguridad de la región.

La advertencia se producía en un momento particularmente delicado, cuando Washington y Teherán mantienen contactos indirectos con el objetivo de evitar una escalada abierta. El presidente estadounidense, Donald Trump, ha expresado su confianza en que las negociaciones puedan ser "exitosas", mientras mantiene la presión militar en la región. En paralelo, el director del Organismo Internacional de la Energía Atómica, Rafael Grossi, confirmó también en Múnich que un nuevo acuerdo sobre inspecciones nucleares es "posible", aunque lo describió como "terriblemente difícil", reflejando la fragilidad del proceso en curso.

Reza Pahlavi

Mientras Wang Yi pedía prudencia dentro del perímetro de la conferencia, el principal rostro internacional de la oposición iraní intervenía en el mismo espacio político con un mensaje radicalmente distinto. Reza Pahlavi, hijo del último sha, ha llegado a Múnich decidido a convertir la crisis iraní en un asunto central de la agenda internacional. "Creo que muchos iraníes dentro y fuera del país esperan una intervención que neutralice el aparato de represión del régimen y nos dé una oportunidad para una solución final", afirmó. Su llamamiento no estaba dirigido únicamente a los iraníes, sino a los gobiernos occidentales, a los que instó a asumir un papel activo en la transformación política del país. Es más, esta misma mañana, lo personalizó en la figura de Donald Trump: "Es hora de acabar con la República Islámica. El pueblo iraní le ha oído decir que la ayuda está en camino y tiene fe en usted. Ayúdelo", ha lanzado Pahlavi al presidente estadounidense.

Su presencia en Múnich era, en sí misma, significativa. La República Islámica no estaba representada en la conferencia, pero su principal figura opositora sí circulaba por sus márgenes, reuniéndose con responsables políticos y consolidando su posición como interlocutor internacional. Pahlavi insistió en que no aspira a restaurar la monarquía ni a ocupar el poder, sino a facilitar una transición democrática que permita a los iraníes decidir su futuro. Aun así, su figura sigue siendo profundamente divisiva, tanto dentro de Irán como en el exilio, donde parte de la oposición rechaza cualquier figura asociada al antiguo régimen y reclama una ruptura completa no solo con la República Islámica, sino también con el pasado monárquico.

Esa fractura estaba visible también fuera del Bayerischer Hof. Miles de manifestantes se han concentrado en las calles de Múnich coincidiendo con la conferencia, denunciando la represión en Irán y exigiendo el fin del régimen. La protesta transformó el espacio exterior en una extensión física del conflicto político que se debatía en el interior. La escena condensaba las tensiones que definen el momento actual: dentro, las grandes potencias exploran vías diplomáticas para evitar una escalada; fuera, la oposición iraní intenta convertir la fragilidad del régimen en una oportunidad histórica.

China en el mundo

Desde ese punto, Wang fue ampliando el alcance de su intervención hasta situar a China dentro de una transformación más amplia del orden internacional. El mundo, afirmó, está entrando en una nueva fase definida por la coexistencia de múltiples centros de poder. "Un mundo multipolar no solo es una inevitabilidad histórica; se está convirtiendo en una realidad", dijo. No lo formuló como una aspiración, sino como una constatación. China no estaba reclamando un lugar en ese nuevo equilibrio. Estaba hablando desde él.

En ese contexto, rechazó explícitamente la lógica de confrontación estructural entre ambas potencias y advirtió contra los intentos de desacoplamiento económico. Buscar romper las cadenas de suministro y oponerse sistemáticamente a China, afirmó, no constituye una estrategia racional, sino una reacción impulsiva que pone en riesgo la estabilidad global. Frente a ello, defendió una relación basada en el respeto mutuo, la coexistencia pacífica y la cooperación, insistiendo en que el diálogo sigue siendo el único mecanismo capaz de sostener el equilibrio entre ambas potencias.

La firmeza se hizo más visible al abordar Taiwan, una cuestión que definió como esencial para la soberanía y la integridad territorial de China. En ese terreno, no hubo ambigüedad ni matices. Taiwan no fue presentado como un conflicto internacional, sino como una cuestión interna cuya resolución pertenece al ámbito exclusivo del Estado chino. La separación de la isla de los intereses fundamentales de China constituye, dejó claro, una línea roja cuya transgresión podría conducir a un conflicto.

El tono se endureció aún más cuando se refirió directamente a Japón, en respuesta a las recientes declaraciones de la primera ministra japonesa, Sanae Takaichi, quien había sugerido que un conflicto en Taiwan representaría una emergencia para Japón. Wang calificó esas palabras como una ruptura histórica. "Es la primera vez en 80 años que un primer ministro japonés pronuncia algo así", afirmó. Tales declaraciones, añadió, "violan directamente la soberanía territorial de China" y desafían los compromisos asumidos por Tokio tras la normalización de relaciones entre ambos países. Pekín, dejó claro, no puede aceptarlo "de ninguna manera".

Wang fue más allá, introduciendo una dimensión histórica que trasciende el conflicto actual. Al evocar el legado del militarismo japonés y contrastarlo implícitamente con el proceso de reconciliación europeo tras la Segunda Guerra Mundial, situó el conflicto sobre Taiwan no solo en el plano estratégico, sino también en el terreno de la legitimidad histórica y del equilibrio regional.

Europa ocupó un lugar distinto en su intervención. Wang defendió explícitamente su papel como actor necesario en la resolución de los grandes conflictos internacionales y en la preservación de la estabilidad global. "China y Europa son socios, no rivales", afirmó, en una formulación que resume la estrategia de Pekín hacia el continente. China, insistió, seguirá siendo una fuerza constructiva en un mundo en transformación, posicionándose no como un actor periférico, sino como uno de los centros desde los que se está redefiniendo el equilibrio internacional.