El noreste de Siria regresa a 2014
Los murales que ilustran las paredes del estadio de Qamishli constituyen un repaso a décadas de historia del PKK, el partido que fundó el dirigente kurdo Abdullah Öcalan. Desde cuando se entrenaba en la Bekaa libanesa, en la llamada Academia Mahsum Korkmaz, bajo la tutela de la OLP de Yasir Arafat y el régimen sirio, hasta la era más reciente.
Cada pintura corresponde a una fecha clave para la visión idílica de esta formación. Las últimas se centran en la sangrienta confrontación que libraron las fuerzas kurdas de las Unidades de Defensa Popular (YPG) -una "franquicia" vinculada al PKK- contra el Estado Islámico (IS), y en momentos claves de ese combate como "la resistencia de Kobane", el enclave habitado por esa población, que fue asediado por los fundamentalistas entre 2014 y 2015.
"Kobane se convirtió en el corazón de un país", se lee en una de las inscripciones. "No nos inclinamos ante la opresión", añade otro de los textos que recuerda la victoria final de los uniformados del YPG, aliados con el ejército de Estados Unidos, en dicha batalla.
A poco más de una década desde la conclusión de una confrontación que adquirió tonos épicos en la memoria del pueblo kurdo -que apodó a Kobane "el Stalingrado kurdo"-, ese mismo bolsón sito en el norte de Siria, vuelve a encontrarse cercado y envuelto en una enésima refriega armada, como símbolo del ingente varapalo que ha sufrido el proyecto autonómico que mantenía el YPG y sus aliados en el noreste del país árabe.
En pocos días, la llamada Administración Autónoma Democrática del Norte y Este de Siria (DAANES) se ha desmoronado, perdiendo el control de decenas de aldeas y ciudades al este de Alepo, Raqqa, Hasaka o Deir Ezzor, hasta quedar arrinconados en el área de Qamishli y la citada Kobani.
Además, la entidad autonómica -que ha pasado de 50.000 kilómetros cuadrados a sólo 10.000- ha tenido que ceder la mayoría de yacimientos de petróleo que le otorgaban viabilidad económica y la estratégica presa de Tabqa, la mayor de Siria.
"La Administración Autónoma está acabada", opina Walid Celo, del Centro de Estudios Al Furat de Qamishli, la que fuera "capital" de ese proyecto.
Según el Instituto para el Estudio de la Guerra, los sectores más extremistas kurdos, aquellos alineados con el PKK de Öcalan, no están dispuestos a aceptar la integración de Rojava en la nueva Siria -como exige el Gobierno del presidente Ahmed Sharaa-, contradiciendo así la determinación del jefe local, Mazloum Abdi.
El think tank puso en duda que tanto Abdi como Al Sharaa sean capaces de poner freno a los sectores más radicales de sus fuerzas y anticipó una guerra abierta de resultados "catastróficos", tras el precario alto el fuego que se declaró el día 20.
El avance del ejército sirio en todos los frentes ha recuperado la psicosis bélica en toda esta región. En la carretera que une la frontera iraquí con Qamishli se divisan patrullas del PYG vigilando los accesos de las poblaciones, a veces equipados con vehículos con ametralladoras pesadas. Muchas están integradas por mujeres.
Lo mismo ocurre en la citada Qamishli, donde las principales intersecciones son custodiadas por grupos armados, que se calientan en torno a fogatas improvisadas. Al caer la tarde, poco después de las cinco, la mayoría de los comercios clausura sus puertas y la población se recluye en sus residencias.
La aprehensión se disparó este miércoles después de que un dron de origen desconocido impactara contra un hospital de la villa. La explosión arrancó un trozo del techo, diseminando escombros por el entorno.
"Tuvimos mucha suerte porque no dio en el depósito de gasolina", explica Diliar Shaker, un empleado de la Media Luna kurda, instalada en el recinto sanitario.
Su oficina se encuentra a pocos metros del lugar donde cayó el artilugio, que afortunadamente no dejó ninguna víctima. "Escuchamos un zumbido [el dron] y después la explosión. Eran las 12:30", precisó Renan, el guardia del edificio y la única persona presente en el lugar a esa hora.
"No entendemos porqué hemos sido atacados. Esto es un hospital ortopédico", precisó Shaker.
Pese a la hipotética vigencia de un alto de hostilidades, los combates han continuado en torno al área de Kobane, donde permanecen cercadas cientos de miles de personas, incluidos miles desplazados huidos de los combates en Raqqa.
Una de las jefas de las unidades femeninas de YPG de esa ciudad, Nasrin Abdullah, explicó vía internet que la localidad y las aldeas del área carecen de electricidad, agua y muy pronto "la comida será un problema".
"Dicen que hay un alto el fuego, pero mientras estoy hablando están atacando Kobani. Los turcos les están apoyando de forma activa. Esta mañana [el jueves] hemos visto docenas de vehículos blindados turcos en la frontera [Kobane se encuentra en la linde divisoria de los dos países]. Si esto continúa así, miles de personas serán masacradas", manifestó.
El campo de fútbol de Qamishli nunca será recordado por las hazañas deportivas de los equipos que jugaron en este escenario, pero siempre estará asociado al truculento periplo por el que han tenido que pasar los kurdos sirios durante las últimas décadas.
Fue aquí precisamente, durante un partido entre un equipo de Deir Ezzor y el conjunto local, el 12 de marzo de 2004, cuando aficionados kurdos y árabes se enfrascaron en una violenta gresca que derivó en sublevación popular.
Los kurdos quemaron la sede del partido Baaz -la formación que estableció la dictadura liderada por Hafez Asad- y derribaron la estatua del fallecido autócrata, que había sido sucedido por su hijo, Bashar Asad, cuatro años antes. Los tanques y helicópteros del régimen aplastaron las protestas dejando decenas de muertos y heridos.
La brutal represión acabó con cualquier duda sobre el carácter sangriento del nuevo déspota, que con los años conseguiría eclipsar los horrores que se le achacaron a su antecesor.
La caída Bashar Asad
La caída de Bashar marcó el punto álgido de la expansión kurda que avanzó en la región de Alepo y se hizo con el control del sector de Qamishli donde permanecían las fuerzas del régimen.
Durante toda la revuelta popular siria, la urbe se mantuvo bajo la égida de las milicias kurdas, pero estas permitieron que un significativo grupo de militares del régimen siguieran instalados en este mismo distrito de la población.
Las banderas del antiguo régimen todavía se pueden ver desdibujadas en las paredes de varios edificios, que hasta diciembre de 2024, eran acuartelamientos militares.
Hoy, en la antigua rotonda donde antes se erigía una de las estatuas de Hafez Asad, se divisa la llamada Plaza de los Mártires, adornada con retratos de uniformados kurdos abatidos en los últimos años.
A pocos metros, se observa otro cartel con los rostros de varios de los uniformados del YPG caídos en la pugna que se libró en el barrio de Sheij Masud, el bastión kurdo de Alepo, que pasó a manos del Gobierno el pasado día 10.
No lejos de aquí, cerca del campo de fútbol, se alinean decenas de camionetas con recién llegados. Forman parte de la legión de civiles que huyen de los enfrentamientos.
Un amplio contingente se ha instalado en las antiguas dependencias del campo, convertidas en sede del Comité de Desplazados de Afrin, otra región kurda que fue capturada por facciones pro turcas en 2018.
Aquí todos han huido en más de una ocasión y son muchos los que como Hussei Yussef, no pueden olvidar la trágica impronta que han dejado todos estos años de sucesivas guerras.
Para él es algo más que un fardo mental. Perdió la pierna derecha en 2014 al pisar una mina cuando se enfrentaba en Afrin a las huestes del IS.
"Hemos contabilizado ya más de 5.000 familias [más de 25.000 personas] en toda Rojava. En Qamishli hemos tenido que enviarlos a casi 70 colegios y salas", le secunda Jamal Rashid, otro integrante del Comité.
Hussein a duras penas puede contener su ira. "Ya hemos visto esto antes. El mismo escenario de 2014", dice recordando la contienda de la década pasada.
Pese a la prótesis, el kurdo sigue ejerciendo como jefe de los hombres armados que protegen el estadio. En su chaleco porta varios cargadores de balas.
"¡Estamos hartos de la comunidad internacional!. ¿Por qué tratan siempre así a los kurdos?", proclama con el tono cada vez más agitado. "Ni siquiera me fío de lo que está usted escribiendo en su libreta", añade dirigiéndose al periodista.
El giro de Estados Unidos
La debacle kurda ha radicalizado la postura de muchos miembros de esta comunidad, especialmente tras el giro de Estados Unidos, que ha pasado de ser el principal soporte de los uniformados locales a sostener la acometida de Damasco.
La indignación se ha extendido a toda la comunidad internacional. La sede de Naciones Unidas en Qamishli ha sido cubierta con pintadas e insultos. "Sois socios de Jabhat al Nusra [la franquicia de Al Qaeda a la que pertenece el actual jefe de Estado de Siria]", asegura uno de los garabatos. "¡Abajo los traidores y la ONU!", añade otra.
Hasta analistas como el citado Walid Celo se atrincheran en la frustración para estimar que la reciente ofensiva de las Fuerzas Armadas de Damasco confirma que "la convivencia entre kurdos y árabes no es posible".
"Nos fiamos de las tribus árabes [las que se aliaron con el PYG] y fueron los primeros en cambiar de lado. Lo único que podemos esperar ahora es la guerra, masacres y millones de refugiados", agrega el experto de 52 años.
La frustración kurda sólo se ha visto mitigada por la oleada de solidaridad que ha generado su causa en todos los territorios donde habitan, incluidas las vecinas naciones de Turquía e Irak.
Cientos de kurdos iraquíes atravesaron la frontera este miércoles desde el Kurdistán iraquí para "sumarse a la lucha", en palabras de Mullah Hussein Germani, un antiguo general "peshmerga" -el apodo de los combatientes de esta comunidad- de la Unión Patriótica del Kurdistán.
Ataviado con los pantalones bombachos tradicionales de este pueblo, Germani llegó a la localidad de Derik el martes por la noche acompañado de varios ex miembros de la misma unidad que pelearon bajo sus órdenes en la "última guerra" en la que participó: la que libró contra los acólitos del Estado Islámico a partir de 2014 en las inmediaciones de Kirkuk, en Irak.
"Mi gente, los kurdos de Rojava [así se refieren a este territorio] han sido traicionados por Estados Unidos. En cuanto vi que les estaban asesinado, decidí que tenía que venir", apostilla.
Los "voluntarios" se están concentrando en la sede que usaban los artistas de la ciudad de Derik -cerca de la frontera con Irak- antes de continuar hacia Qamishli.
Otra de las que acaban de llegar es Faiza Foad, una activista iraquí de Kirkuk, de 52 años. "He venido junto a casi un centenar de kurdos. Los jóvenes vienen a luchar. Yo me encargaré de asistir a los desplazados", indica.
El paso de los autobuses cargados de kurdos iraquíes es saludado por grupos de chavales que se acumulan en las rutas en una región que vive una ingente efervescencia social.
Para los activistas que defendían los derechos humanos y la coexistencia en la entidad autónoma, la actual crisis ha destruido años de trabajo a favor de una sociedad donde pudieran coexistir todas las religiones y etnias.
Dos de ellas, Faeza Yousef y Sawsan Rashid -una árabe y otra kurda-, coinciden en que si el ejército sirio captura Qamishli se verán obligadas "a dejar el país".
La pareja -amigas desde hace años- lleva más de media década denunciando los desmanes de las autoridades. "De las de Damasco, tanto con el antiguo régimen como con el nuevo gobierno, y de las de aquí, las de Qamishli", comentan al unísono. "El discurso del odio entre las comunidades se ha disparado", indica Yousef.
Un experto local que reconoce que quiere mantener el anonimato ante las posibles represalias del YPG acusa a ambos lados de optar "por las armas". "Ninguno de los dos respeta lo que están acordando".
Sentado en su vivienda, el intelectual de Qamishli es uno de los pocos residentes de la localidad que se atreven a cuestionar todo el discurso oficial de las autoridades kurdas.
"Manipularon a la gente hablando de la causa kurda. Todo era un espejismo. Se ha desmoronado como un montón de naipes. Se gastaron todo el dinero en túneles y armas, en vez de mejorar la electricidad y las carreteras".
Pero los responsables de "Rojava" siguen asidos a su dialéctica. Abdul Karim Omar, jefe del departamento de relaciones internacionales de la región kurda, "el sueño de Rojava no ha terminado, ni ahora ni dentro de 100 años".
"Nos han traicionado, Estados Unidos y la comunidad internacional, pero si nos imponen una guerra nos defenderemos. No aceptaremos un gobierno centralizado de radicales islamistas", dice.
Tras la estampa dedicada a la "Liberación de Raqqa de las manos del diablo" -así reza el texto- en 2018, la última imagen de la serie de pinturas plasmadas en en el estadio de Qamishli presenta una visión idílica donde todas las comunidades del entorno caminan hacia el sol.
"Todos los pueblos y sociedades marchan hacia la libertad con la fuerza que han adquirido del líder Apo [el apodo de Öcalan]", se lee en la inscripción.
El tono descolorido de la pintura es toda una alegoría de la utopía que plasmaba la recreación artística en un instante en el que Öcalan se acerca a las tres décadas de cárcel en Turquía y "los pueblos" de Siria vuelven a matarse entre ellos.
