El perrito que nadie amó

El perrito que nadie amó

En México hay 29.7 millones de perros y gatos en la calle. Siete de cada diez tuvieron dueño. No se perdieron: los tiraron. Los traicionaron. Peor aún, cada año medio millón más es arrojado al abandono.

Son el residuo de una sociedad que presume valores, se persigna los domingos y abandona a los seres más leales entre semana. Incluso quienes “tienen casa” suelen vivir encerrados, golpeados o ignorados. Pero no importa: mientras el animal no vote ni facture, su sufrimiento no cuenta.

El negocio, en cambio, es glorioso. En 2024, la industria de las mascotas movió cinco mil 400 millones de dólares y en 2025 habrá rebasado los ocho mil millones. El 80 por ciento de ese dinero se va en alimentos de baja calidad, llenos de grasa, ceniza y proteína mínima, según estudios de la Profeco. Croquetas mediocres vendidas como amor. Crueldad empacada con marketing.

¿Responsabilidad social? Una broma. ¿Responsabilidad política? Un insulto. En el presupuesto federal, el bienestar animal no existe. En estados y municipios, si aparece, es como propina: uno o dos por ciento del gasto, mientras el dinero real se va en fiestas, espectáculos y ocurrencias de funcionarios. Los animales no generan “likes” oficiales ni cortan listones.

Las 32 entidades presumen leyes de protección y bienestar animal que nadie aplica. Son decretos para la foto, para el discurso, para fingir civilización. En la práctica, el maltrato es gratuito y la impunidad absoluta. El Partido Verde, que debería existir para algo más que colgarse del poder, sigue demostrando que su único compromiso es con el color del dinero.

El caso de Jilotepec, Estado de México, no es una excepción, sino un síntoma. El presidente municipal priista, Rodolfo Nogués Barajas, fue informado desde el viernes sobre un perrito que permaneció tres días tirado en la calle principal de Buenavista, Jilotepec, excesivamente flaco y en condiciones deplorables. Al día siguiente, el animal simplemente desapareció. En un intento por contener la indignación ciudadana, el alcalde publicó en redes sociales la fotografía de un can similar, pero con un estado de salud demasiado bueno para una recuperación tan rápida y “milagrosa”. ¿Mofa? ¿Indiferencia?

Mientras tanto, las calles siguen llenas de perros en los huesos, mutilados, asesinados. Una postal indecente bajo la administración de un gobernante de 33 años, perteneciente a una generación que presume empatía, conciencia y derechos. Empatía de discurso; indolencia de gobierno.

Jilotepec ya había mostrado el rostro del horror en 2019, cuando un envenenamiento masivo dejó animales muertos y agonizantes en las calles. Nada cambió. La barbarie se repite porque nadie paga consecuencias.

Y no nos equivoquemos: permitir el maltrato animal no es un asunto menor. Es la antesala del crimen. Quien agrede a un animal aprende a disfrutar la violencia. El caso de Scooby, arrojado vivo a un cazo con manteca hirviendo en Tecámac en 2023, no fue un arrebato: fue el producto lógico de una sociedad que tolera la brutalidad cotidiana.

Perritos y gatitos que suelen ser el único consuelo de un adulto mayor, el apoyo incondicional de una persona con discapacidad o la única compañía de un alma solitaria. No hay perdón para una sociedad que ignora el valor de esa entrega, convierte la gratitud en abandono y castiga el amor más puro con maltrato.

Aquí no faltan leyes. Falta vergüenza. Falta autoridad. Falta humanidad.

POR ADRIANA DELGADO RUIZ

COLABORADOR

@AdriDelgadoRuiz

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