El valle secreto del Pirineo catalán que parece sacado de un cuento medieval y donde el tiempo se detuvo hace 10 siglos

El valle secreto del Pirineo catalán que parece sacado de un cuento medieval y donde el tiempo se detuvo hace 10 siglos

La historia de la Vall de Boí, una de las áreas con más encanto del Pirineo catalán, se remonta hasta los siglos XI y XII, cuando el obispo de Roda de Isábena consagra las iglesias de Santa María y Sant Climent en Taüll. Unos prolíficos 200 años en los que no solo se levantan estos dos emblemas del románico catalán, sino un total de ocho iglesias y una ermita por todo el valle, un legado arquitectónico que, 10 siglos más tarde, la UNESCO declaró Patrimonio de la Humanidad. El empeño del obispo y los señores de Erill la Vall por traer a estas tierras lo mejor del románico lombardo, importado del norte de Italia, obtuvo sus frutos en forma de estos templos cuya funcionalidad no solo era religiosa, sino que también se utilizaban como torres para vigilar el territorio. Hoy son el mayor atractivo turístico del valle.

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Vall de Boí© Frank Lambert - stock.adobe.com
La naturaleza en esta zona del Pirineo catalán es de una belleza única.

ROMÁNICO PARA DUMMIES

El románico es la expresión espiritual y artística de la vida en la Edad Media, en la que, si bien habitaban muchas sombras, también se avistaban algunas luces. No es necesario ser un experto en arte para apreciarlo, pero tampoco viene mal un guion para comprenderlo. De eso se encarga el Centro del Románico del Valle de Boí, situado en el pueblo de Erill la Vall, donde se puede encontrar toda la información relativa no solo a estas iglesias, sino también sobre la sociedad que habitó el valle durante aquellos siglos. Entradas, visitas guiadas y una exposición permanente que permite al visitante hacer un viaje por la historia de este excepcional valle del Pirineo. A partir de aquí, la inmersión artística puede ser tan elástica como se desee, ya que los pueblos están muy cerca unos de otros y unidos por una carretera de ida y vuelta.

Los templos de este valle son la máxima expresión del arte.

Iglesia de San Climent © h368k742 - stock.adobe.com
Sant Climent de Taüll, el templo del siglo XI más conocido del valle.

A partir de aquí, la inmersión artística puede ser tan elástica como se desee, ya que los pueblos están muy cerca unos de otros y unidos por una carretera de ida y vuelta. Para quienes ocho iglesias les parezcan un mundo, aquí van tres imprescindibles: en Taüll se encuentran los dos máximos exponentes del románico: Sant Climent y Santa María (esta es una de las pocas a las que se puede acceder de forma gratuita). Y la tercera, en el pueblo de Boí, es la iglesia de Sant Joan, que puede que vista desde fuera cause alguna decepción, pero una vez dentro, los restos de pinturas murales que representan las profecías y criaturas del bestiario medieval devuelven la alegría hasta al viajero más escéptico. 

Iglesia de Sant Climent© Getty Images
Interior de la iglesia de Sant Climent, donde aún se conservan algunos frescos y en cuyo abside se proyecta un video mapping con con las pinturas originales.

Pero volviendo hasta los 1.482 metros en los que se ubica Taüll, el pueblo más alto del valle, la fotogénica silueta de Sant Climent luce imponente desde el siglo XII dentro de uno de los más bellos paisajes de la naturaleza. Aquí toca detenerse ante su auténtica joya: el Pantocrátor de la iglesia. Y aunque, ¡oh!, la mayor parte de las pinturas se encuentra en el Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC), no todo está perdido aquí. La iglesia cuenta con un innovador sistema de video mapping que proyecta las pinturas originales sobre el ábside y permite, no solo hacerse a la idea de cómo era en su estado original, sino cómo fue su proceso de creación. El alfa y el omega. 

MÁS ALLÁ DEL ARTE: EXPERIENCIAS EN LA NATURALEZA

En este lugar, donde de belleza natural van sobrados, se encuentra el Parque Nacional d’Aigüestortes i Estany de Sant Maurici, único parque nacional de Cataluña, que se puede visitar –bajo unas estrictas normas, eso sí– durante cualquier estación del año. Un parque perfecto para la práctica de senderismo, tanto para expertos caminantes como para familias, donde hay agua por todas partes, cientos de lagos alimentados por innumerables arroyos que caen sobre cascadas, bosques de pinos y abetos, y picos que alcanzan más de 3.000 metros. Aquí conviven desde águilas reales a buitres leonados o pequeños antílopes, entre muchos otros animales. El teleférico Vall Fosca ofrece la posibilidad de acceder a 2.200 metros de altura, en un recorrido que, en 14 minutos, salva un desnivel de 450 metros. Una vez arriba, las posibilidades de excursiones se multiplican.

Parque Nacional d’Aigüestortes© IVAN FAURE - stock.adobe.com
Paisaje primaveral en el Parque Nacional d’Aigüestortes.

A los pies de tan fabuloso escenario natural encontramos uno de los lugares más míticos del valle, el Balneario de Caldas de Boí, un lugar inmerso en la naturaleza –en muchos de sus rincones ni siquiera hay cobertura–, la historia y la tradición. Aquí, además de dormir y hacerlo de maravilla, se puede disfrutar de su espacio de relajación y bienestar, donde sus aguas mineromedicinales ancestrales, con propiedades terapéuticas para cuerpo y alma, son las auténticas protagonistas. A 1.470 metros de altitud, no solo el aire, sino también la misma vida, es mucho más saludable en este rincón bendecido por la naturaleza y el bienestar. 

Balneario de Caldas de Boí
Balneario de Caldas de Boí.

EL LUJO SILENCIOSO

Un buen libro, una copa de vino y, tras la ventana, un imponente paisaje al que resulta imposible dejar de mirar. La Vall de Boí es lugar de lujos sencillos, esos que se disfrutan, pero que no se pueden poseer, o al menos no eternamente. Tal vez sea ese el motivo por el que no existen alojamientos de 5 estrellas en todo el valle, pero, realmente, ni falta que hacen.

Alojamientos encantadores, como El Xalet de Taüll, recuerdan al viajero que el confort no se mide en estrellas, sino en emociones. Un coqueto hotel rural, de tan solo cinco habitaciones forradas en madera, enormes ventanales y una chimenea ante la que descorchar una botella de buen vino. O las que hagan falta. Otra de las direcciones a tener en cuenta en el valle es la del Hotel Augusta, especialmente al caer el día, cuando el cansancio apremia y llega el momento de relajarse en su espléndido.

Marga, como se la conoce en todo el valle, es la dueña y señora del restaurante El Caliu, una de las referencias gastronómicas de este destino. Su pequeño local, siempre lleno hasta la bandera, ofrece una cocina sencilla con el mejor producto local y de temporada. Con ellos, la chef crea deliciosos platos como la trucha con butifarra, los bolets con foie o las piezas de jugosa carne que elaboran a la brasa. De postre, nadie debería perderse la degustación de quesos de la única quesería del valle (tienen también una pequeña tienda en Taüll de venta directa), elaborados de forma artesana (pero la de verdad), con leche cruda y ecológica de cabra del valle.

Valle del Boí© Edgar - stock.adobe.com
La primavera es una época ideal para visitar este valle de altos picos y estruendosas cascadas.

MUY PRÁCTICO

Más allá de la naturaleza del valle, si queremos conocer el patrimonio cultural de esta comarca, tenemos que volver a los orígenes y hacerlo a través de su artesanía, para ver cómo los metales preciosos se transforman en joyas, la arcilla en cerámica, el vidrio en piezas de arte, el papel en moda y los productos naturales en jabones. Lo hacemos a través de un itinerario que comienza en el Museo de Trajes de Papel, de Mollerussa; visitando los talleres de artesanos y artesanas del vidrio y la cerámica negra de Verdú; descubriendo los murales de arte que decoran las calles de Penelles o la artesanía del jabón en Montgai

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