Más allá de Trump
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Estos días en Washington, con la proximidad de la -recurrente y seminal- Munich Security Conference, las conversaciones y debates habidos con interlocutores de uno y otro lado del Atlántico dibujan un parteaguas entre diagnóstico frío y coartada de avestruz. En Europa, ante un entorno internacional cada vez más hostil y capacidad de respuesta manifiestamente insuficiente, se abre paso una tentación peligrosa: teñir el vínculo con Estados Unidos de causa general. No abordarlo como análisis de fondo, sino, en gran medida, como sustitutivo de una reflexión sobre nuestras propias carencias que cuesta llevar hasta sus últimas consecuencias. La crítica a la vigente Administración desempeña así una función lenitiva. Desplaza el foco y brinda una cortina de humo facilona a nuestro arrastrar los pies frente a retos inapelables e ineludibles. Pero ese desahogo no resuelve nada. La indignación no es una política, y erigirla en eje de nuestra andadura en el mundo constituye un error estratégico.
Pocos se atreverán a negar que sobran motivos para reprobar a Donald Trump. Su desprecio hacia los europeos -y humillación permanente- es explícito. Trump se ceba con los débiles, e interpreta la inacción como flaqueza. Sus textos programáticos, incluida la Estrategia de Seguridad Nacional, incorporan juicios y afirmaciones incongruentes y dañosos, en cuestionamiento directo de rasgos esenciales del modelo europeo. El tono es ofensivo y nos interpela como ciudadanos, no solo como gobiernos. Hay improvisación, agresividad verbal y una voluntad clara de ningunear. Todo eso es cierto. Pero constatarlo no basta, y menos aún autoriza a extraer conclusiones fundantes erróneas: que la comunidad transatlántica estaría agotada o que Europa podría/debería compensar ese derrumbe buscando acomodo con China.
Una cosa es denostar el ejercicio del cargo por el 47º Presidente y otra muy distinta pontificar sobre cómo se articula el gobierno. Escuchando a muy diversas fuentes, la síntesis emergente es más compleja que la dominante en muchas capitales y think tanks europeos. El poder se halla extraordinariamente concentrado en el Ejecutivo; se trata de un fenómeno similarmente observable en nuestras democracias, que en la Casa Blanca alcanza el paroxismo. Existe una Administración oficial, pero convive con un círculo de fieles y familiares, emisarios e intermediarios que, en no pocos casos, influye de manera determinante, con incentivos económicos evidentes, porque la separación entre lo público y lo privado -cuando hablamos de Trump y su camarilla- ha quedado gravemente erosionada. Ahora bien, reducir Estados Unidos a esta patología carece de lógica. No estamos ante una estructura inerte, sino ante un tensionado pero vigoroso sistema con fricciones internas, contrapesos imperfectos y disputas reales. Europa sigue esperando al Washington de manual; mientras tanto, Washington sigue decidiendo.
En paralelo, se extiende la imagen de China como marco de referencia sólido y coherente. Frente al errático comportamiento estadounidense, Pekín proyecta continuidad, disciplina estratégica y una sensación seductora de predecibilidad de rumbo que atrae a muchos, como quedó patente el pasado mes con el rosario de afanosos mandatarios europeos y canadiense, que por aquellas tierras recalaron en pos de los favores de Xi. Los lazos, efectivamente, son cada día más potentes: la dependencia de las cadenas de suministro que monopolizan es apabullante en ámbitos clave como la transición energética; los minerales críticos son una vulnerabilidad a tener en cuenta; y la rebatiña industrial es feroz. Pero convertir esa apreciación en dictamen tranquilizador -'acostumbrémonos al socialismo con características PCC, miremos a Pekín'- es un riesgoso tropismo. El Imperio del Medio no es únicamente competidor incontestable; es circunspecto poder que utiliza implacablemente las interconexiones como instrumento político y propone un planteamiento diferente de relación entre Estado, mercado y sociedad. Para Europa, esto no es solo asunto de eficiencia económica; afecta a su autonomía, a su seguridad y al orden internacional que ansía.
En este contexto, la crisis de Groenlandia -que justificadamente causó estupor, en la UE en particular- está produciendo, de este lado del Atlántico, una reacción trascendente. No solo entre las élites políticas, tampoco amplios sectores de la opinión pública estadounidense entienden una presión de ese calibre sobre Dinamarca, aliado percibido como leal y respetado. Destacadamente por la brutalidad de las formas, el episodio ha actuado de canario en la mina. Reaparece, así, un concepto debilitado desde la inauguración del segundo periodo Trump hasta su práctica extinción: la utilidad del aliado. Estados Unidos no puede permitirse prescindir de sus aliados; no por romanticismo, sino por urgencia estratégica. Groenlandia ha contribuido a reverdecer la irremplazabilidad de estos afines. Cumple reclamarles más, que no se aprovechen, que asuman costes; pero, asimismo, reconocer que suponen un indispensable aporte. La fuerza sin aliados termina siendo menos fuerza.
A ello se suma un factor que Europa tiende a orillar, y que conviene recordar: el calendario político estadounidense. Este noviembre se celebran elecciones midterm, que renovarán la totalidad de la Cámara de Representantes y una parte del Senado. De cara a esa cita, se respira un ambiente más activo, un imperativo de exhibir control y liderazgo. Los sondeos señalan la probabilidad de una mayoría -corta, es cierto- Demócrata en el Congreso. Y este será el pistoletazo de salida de los comicios presidenciales de 2028, la emergencia y conocimiento de candidatos viables, invisibles desde la toma de posesión en enero de 2025.
Por tanto, Trump no puede ser elevado a epítome y categoría del problema europeo. El problema europeo es confundir estrategia con enjuiciamiento moral. Criticar a Trump es fácil; decidir qué hacemos con Estados Unidos es lo difícil. Y Europa lleva demasiado tiempo aplazando esa tarea. Necesitamos a Estados Unidos para nuestra seguridad, para la disuasión frente a Rusia, para el equilibrio en Asia-Pacífico, para sostener un mínimo de orden en un mundo cada vez más fragmentado. Y también lo necesitamos por una razón que paradójicamente pocos pregonarían ahora: pese a los desencuentros presentes, contrastando con China, seguimos compartiendo con el traspapelado Amigo Americano cimentación de valores e instituciones (la primera, OTAN).
Esto no significa sumisión. No significa aceptar la retórica ofensiva, ni la injerencia cultural. Significa tener claridad sobre intereses, exigir respeto y recuperar una actitud adulta, enfrentando los cambios que demanda la defensa, la industria o el comercio, apechugando con el precio. Si Europa aspira a ser más que un escenario donde otros compiten, ha de actuar desde un realismo basado en valores: el que no separa la seguridad de la política, ni la economía de la soberanía, ni los principios de las capacidades. Europa precisa menos prédica de catarsis moral y más pensamiento estratégico. Menos gestos de escandalizada impotencia y más firmeza. Y, sobre todo, entender que se trata de tomarse en serio la relación, especialmente cuando resulta incómoda. Trump pasará; no así la geografía, la seguridad y el choque de modelos.
A Europa no le basta con lamentarse: tiene que empezar a posicionarse más allá de Trump.