Realismo basado en valores

Realismo basado en valores

En Washington, asediada por la nieve de la reciente tormenta mudada a hielo por las temperaturas polares, me aprestaba a empezar a redactar este Equipaje de Mano.

Después de una jornada movida, escribir requiere -en mi caso- acompasarme al tiempo lento de la reflexión. Ese tránsito lo apoyo en un ritual seguido a rajatabla: mesa perfectamente organizada, algún objeto fetiche, bloc alineado al borde, lápiz afilado, pila de libros al alcance, dos iPads conectados -uno para contrastar o verificar y el otro para componer el texto-. Y una cumplida cantidad de café. En Europa, recurro a la anónima vajilla de diario. Aquí, tiro de una colección de mugs variopintos, que recuerdan las ocasiones en que me fueron regalados.

Pues bien, al levantar la vista desde ese pequeño vértigo de la pantalla vacía, reparo en la inscripción que circunda el tazoncillo elegido al azar, y que, leída hoy, refluye en reto. "Democracy is inseparable from human dignity and peace", sobre la firma de Madeleine Albright. Y me viene a mientes aquella discusión, hace más de veinte años, respecto a su iniciativa de la Comunidad de las Democracias, que zanjó, con el humor y la galanura que la caracterizaban con un lapidario "para que no se te olvide", al tenderme el memento que me ocupa.

Así, en la vida, hay frases que reaparecen cuando uno menos las espera y, al hacerlo, nos interpelan. ¿La democracia, la dignidad humana y la paz forman un continuo? Moneda corriente en el cambio de siglo, ¿quién se atrevería hoy a afirmarlo? El debate abierto por el "realismo basado en valores" pregonado en Davos, gira en torno a qué queda de ese hilo conductor en un esquema que se dice realista, pero que no aclara qué principios está dispuesto a sacrificar, ni a cambio de qué.

La referencial intervención del primer ministro canadiense, Mark Carney, ha tenido un eco poco habitual. Ha sido celebrada en las instituciones de Bruselas, bien recibida en ámbitos empresariales, saludada profusamente en círculos que jamás coinciden, y citada incluso por quienes contemplan con distancia crítica el repliegue occidental. Esa popularidad se explica por la personalidad del expositor, el marco y por la oportunidad política: puso palabras a una desazón compartida, al verbalizar que el modelo de globalización conocido ha estallado, aportando una apuesta de futuro.

El lema "realismo basado en valores" -que Carney abiertamente toma del presidente finlandés Alexander Stubb- desgranado con habilidades de prestidigitador, suena airoso. Invoca la perentoriedad de liquidar (en prosa haveliana) "vivir en la mentira" y ser consecuentes con un mundo fragmentado y menos normativo. El gancho reside tanto en lo que afirma como en lo que evita aclarar. Porque Carney habla de valores, pero únicamente repite la formalista letanía del multilateralismo oficial: "respeto por los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la soberanía y la integridad territorial de los distintos Estados". Ni mención de democracia, libertades públicas, o Estado de derecho, banderas clásicas de Occidente. No entra en jerarquías ni detalles; la ambigüedad no es desliz, sino condición de su amplio aplauso.

Carney, en definitiva, pastelea la tesis de Stubb, cuyo alegato no contiene fórmulas tranquilizadoras, sino una combinación exigente de principios y capacidades. Finlandia -recién incorporada a la OTAN, frontera directa con Rusia- sabe que el realismo no consiste en abdicar de valores, pero tampoco en proclamarlos sin respaldo material. El realismo auténtico pasa por asumir dependencias, limitar vulnerabilidades y fortalecer alianzas, no fingir encontrar alternativas equivalentes allí donde no las hay.

Porque, bajo el paraguas desplegado por el primer ministro canadiense, caben lecturas muy distintas. Para algunos países occidentales, el mensaje significa interiorizar que Estados Unidos ya no se proyecta garante generoso del orden liberal y que será necesario amparar ciertos principios sin su liderazgo. Para otros actores, especialmente entre las potencias medias y el "Sur Global", se interpreta fundamentalmente como la legitimación de una política exterior más desinhibida, emancipada de un orden "basado en reglas" denunciado comúnmente como selectivo y aplicado con doble rasero. El problema no es que estas lecturas coexistan; el aprieto es no poder ignorar las fricciones que plantean.

Aquí conviene dar un paso atrás. El destape de las sombras de la globalización no es nuevo. En septiembre de 1998, en pleno entusiasmo del proceso, Kofi Annan, a la sazón Secretario General de Naciones Unidas, advertía en una conferencia en Harvard de las fracturas políticas y sociales venideras. Señalaba ya entonces la confianza sin freno en los mercados para suturar divisiones, descuidando el papel de la política, la gobernanza y los mecanismos de protección social. Alertaba de la percepción de injusticia en concretos segmentos por suponer sacrificios sin ofrecer seguridad, lo que acabaría alimentando nacionalismos, soluciones autoritarias y retranqueos identitarios. Más de veinticinco años después, el diagnóstico reverbera, incómodamente actual.

La cuestión es que la respuesta perfilada en Davos corre el riesgo de repetir el error. Frente a la globalización "excesiva", se propone una globalización de vía estrecha; acuerdos con potencias medias, diversificación comercial acelerada, alianzas con India, América Latina o África. Estratégicamente, estos pactos son ineludibles y deseables. Políticamente, sin embargo, tienen costes crecientes que ya no pueden desatenderse. Mercosur es el ejemplo más evidente: contestación social, temor a la competencia desleal, sensación de imposición desmesurada a sectores vulnerables. Un asunto de comunicación, desde luego; pero sin menospreciar las hechuras de desafío de legitimidad.

Incluso dejando de lado ese coste interno, hay una pregunta que raramente se formula con franqueza: ¿cree Europa que puede sustituir el mercado estadounidense por otros emergentes en un horizonte razonable? ¿Puede India sustituir a Estados Unidos en volumen, estabilidad, estándares y suficiencia de absorción? Y, más allá del comercio, ¿cómo piensa Bruselas disminuir en el corto o medio plazo su dependencia estructural de Estados Unidos en defensa, tecnología o finanzas?

Los datos son elocuentes. Estados Unidos recibe casi una quinta parte de las exportaciones UE y es, con diferencia, su mayor mercado. Europa depende de Washington para capacidades militares críticas, cobertura de disuasión, inteligencia. Depende también de la tecnología estadounidense en nube, IA, semiconductores avanzados o software financiero. Y depende del dólar y de las infraestructuras económicas que sostienen el sistema. Hablar de autonomía sin tenerlo en cuenta no es realismo, es voluntarismo.

El éxito o el fracaso de cualquier "realismo basado en valores" precisa, en última instancia, de Estados Unidos. No por esperar que vuelva a ser el hegemón benevolente de otros tiempos, sino porque sin su compromiso estratégico no hay orden mundial viable. Europa no puede cortar amarras con Estados Unidos, y cuanto antes admita de frente esta circunstancia, antes podrá construir un vínculo más equilibrado. Eso implica invertir seriamente en defensa, eliminar dependencias nocivas y reforzar su cohesión interna. Pero también implica algo menos fácil: aceptar que los valores que compartimos con Estados Unidos (mal que le pese al desapegado 47º Presidente) siguen siendo el cimiento de nuestra seguridad, aunque la Administración Trump los orille y los subordine a intereses inmediatos.

El verdadero dilema no es, por tanto, si debemos ser realistas o idealistas. El dilema es si queremos un realismo que gestione un declive a base de 'multicolores' parches -globalización de vía estrecha, acuerdos de ejecución compleja, retórica ambigua- o un realismo que afronte la tarea más difícil: reparar la relación transatlántica desde una Europa más fuerte, más cohesionada y más consciente de sus límites. Sin esa apuesta, el "realismo basado en valores" corre el riesgo de convertirse en una coartada elegante para una adaptación pasiva. Y en el mundo que avanza, la pasividad no es una opción.