Trump desembarca en el Foro Económico Mundial con una 'Junta para la Paz' alternativa a la ONU para resolver conflictos
El jueves a las 10.30, en los márgenes de la Cumbre de Davos, el presidente de Estados Unidos ha convocado un acto, con bombo y platillo, para la firma de la Carta de la Junta para la Paz. Donald Trump está entusiasmado con el proyecto y ha enviado decenas y decenas de invitaciones en los últimos días a jefes de Estado y de Gobierno para que se sumen a su iniciativa para dar vida a "un organismo internacional de consolidación de la paz más ágil y eficaz" que "garantizaría una paz duradera en las zonas afectadas o amenazadas por conflictos". Algunos países han aceptado inmediatamente, otros han declinado provisionalmente, y un buen número se ha limitado a confirmar la recepción de la oferta, pero sin pronunciarse. El gran problema es que nadie sabe qué sería exactamente esa Junta para la Paz, qué planea Trump, quién formaría parte... y cuál es el precio, tanto de sumarse como de rechazarlo.
La idea de una Junta para la Paz nació en el marco de las propuestas para frenar la guerra en Gaza. Trump se sacó de la manga un grupo de sabios, o algo parecido, bajo su supervisión, encargados de la gobernanza de la Franja provisionalmente. Autoridades locales y figuras internacionales. Hace cuatro días, la Casa Blanca anunció de hecho la formación del Comité Nacional para la Administración de Gaza (NCAG), con su hoja de ruta de 20 puntos para una "paz duradera, estabilidad, reconstrucción y prosperidad en la región". Pero casi al mismo tiempo, y de forma más discreta, cursó a las cancillerías internacionales la oferta para algo mucho más ambicioso, acompañando la invitación de un documento de siete páginas y 13 puntos con el provocado nombre da Carta fundacional, un guiño evidente a la Carta de las Naciones Unidas.
El presidente no ha sido muy claro todavía, guardándose los detalles para sus intervenciones en Davos. Pero parece en efecto haber esbozado una especie de Consejo de Seguridad Permanente alternativo y paralelo al de la ONU y completamente a su medida. Un juguete sin ningún tipo de precedente, ni controles externos, que controlaría absolutamente, incluso si deja de ser presidente de EEUU. Todo. Cada paso, cada integrante, cada cita. Incluso el sello oficial, o la sede, son competencia del presidente. Después de presentarse al mundo como responsable de Gaza o presidente interino de Venezuela, ahora quiere ser el 'chairman' global.
Desde el viernes, sin dar apenas ningún margen de reacción y con una enorme presión diplomática, ha tendido la mano no sólo a sus en teoría aliados, de la UE a Japón, de Canadá a Australia, sino también a Rusia, China, India, Bielorrusia, Turquía o los países del Golfo. El golpe de efecto, mientras amenaza con anexionarse por la fuerza Groenlandia, es indiscutible. El presidente norteamericano ha puesto a subasta incluso los puestos permanentes de esa Junta, pidiendo hasta 1.000 millones de dólares por ellos a fondo perdido. Gobiernos como el de Hungría, Argentina o Vietnam han aceptado con entusiasmo, pero sin intención de abonar esa cantidad. Israel ha mostrado si enorme preocupación por el papel destacado de Ankara y Doha en algunos de los subcomités. Y los europeos no saben ni cómo abordar la cuestión.
Trump y su Gobierno no tienen ningún interés ni respeto por la ONU y cree que una iniciativa de este estilo, controlada por él (no está claro qué pasaría con ese dinero, salvo que Trump sería el gestor último) es mucho mejor. Los partidarios de un orden internacional basado en reglas y de las instituciones multilaterales ven con pánico la posibilidad de minar aun más la credibilidad y capacidad de la ONU apostando, incluso de forma simbólica o con resignación para complacer el ego infinito de Trump por iniciativas sin sentido. Pero al mismo tiempo sospechan que no participar en algo así tendría como efecto que Trump quiera decidir el destino del planeta en un foro dominado sólo por sus incondicionales, dictaduras, autocracias y profetas del iliberalismo.
Cuando Emmanuel Macron dijo durante el fin de semana que Francia no tenía intención de participar en lo que considera poco más que una tomadura de pelo, en el mejor escenario, y una amenaza al orden internacional en el peor, Trump respondió con su mecanismo preferido: amenazas arancelarias, "Bueno, nadie lo quiere [a Macron] porque dejará el cargo muy pronto. Así que, ya saben, está bien. Lo que haré es, si se muestran hostiles, imponer un arancel del 200% a sus vinos y champán, y él se unirá. Pero no tiene por qué unirse", avisó en su tono habitual.
El proyecto daría a Trump, que no al presidente de EEUU, poderes totales y enorme discrecionalidad. Empezando por escoger, completamente a voluntad, a quién invitar a formar parte, tanto a los estados como a los componentes de su Consejo de Administración. También es su potestad expulsar, dar aprobación o vetar las propuestas, así como a la agenda y la localización de los encuentros. Su mandato no tiene plazo máximo, y le da "autoridad exclusiva para crear, modificar o disolver entidades subsidiarias según sea necesario o apropiado para cumplir la misión de la Junta de Paz".
La Carta arranca "lamentando que demasiados enfoques de la consolidación de la paz fomenten una dependencia perpetua e institucionalicen las crisis en lugar de conducir a la gente a superarlas". Y propone que cada Estado Miembro ejerza un mandato durante un máximo de tres años, "sujeto a renovación por el presidente". El mandato de tres años no se aplicaría sin embargo a quienes aporten mil millones de dólares en efectivo a la Junta de la Paz durante el primer año tras la entrada en vigor de la Carta.
Trump, un empresario, cree que la diplomacia convencional no tiene sentido y que los asuntos internacionales se deben resolver como harían empresas enfrentadas, con acuerdos entre líderes omnipotentes. Y que la gobernanza global ha fracasado porque los mecanismos son ineficientes, antieconómicos. En su mentalidad, un Consejo de Administración con un CEO poderoso es la mejor, la única opción. Y eso vale para gobernar EEUU y para gobernar el mundo. Preferiblemente, con su familia y amigos sentados en la mesa.