Disfrutar de Sicilia en febrero: el despertar prematuro entre templos y almendros en flor
El almendro siciliano no espera. Mientras otros árboles duermen su letargo invernal, él florece con una urgencia que desafía el calendario, cubriendo en cuestión de días los campos del interior con esa capa blanca y rosada que ya en el siglo XVIII dejó sin palabras a Goethe. Pero lo que en el sur de Sicilia es un fenómeno de escala masiva, con kilómetros floreciendo y templos convertidos en jardines, es también el argumento perfecto para organizar un viaje fuera de temporada, porque febrero en Sicilia es una paradoja. La isla tiene fama de destino de verano: playas de arena blanca, aguas transparentes y el Etna bajo el sol.
Y sin embargo, la Sicilia que más sorprende es esta otra, la del invierno suave, la de los monumentos sin colas y las ciudades barrocas en su momento más auténtico. Es la estación en que los restaurantes trabajan para los sicilianos, en que los hoteles tienen sus mejores tarifas y en que el Valle de los Templos se recorre en un silencio que hace más de un siglo describió Pirandello. El propio Agrigento, capital de provincia y ciudad natal del Nobel de Literatura, fue Capital Italiana de la Cultura en 2025 y el impulso cultural de ese año todavía se nota en la programación de exposiciones, activaciones y eventos que sigue viva.
El Valle de los Templos: la Sicilia griega florece
Llegar al Valle de los Templos de madrugada no es una excentricidad, es la única forma de entenderlo de verdad. A las siete de la mañana, cuando la temperatura no llega a los diez grados y la luz aún no se ha impuesto, el parque arqueológico está en silencio absoluto y los almendros que flanquean la vía Sacra han abierto ya sus flores. La ciudad de Akragas, fundada en el 580 a.C. por colonos griegos llegados de Rodas y Creta, pronto se convirtió en una de las más monumentales de la Magna Grecia. El filósofo Empédocles nació aquí y los cartagineses la arrasaron en el 406 a.C. Lo que quedó sigue siendo, dos milenios y medio después, el mejor conjunto arquitectónico griego que existe fuera de Atenas.
El Templo de la Concordia es el centro de todo. Construido entre el 440 y el 430 a.C., sus 34 columnas de casi siete metros resisten en un estado de conservación extraordinario que se explica por una historia paradójica: a finales del siglo VI, un obispo cristiano lo convirtió en iglesia y esa reconversión lo salvó de la ruina. Frente a él, el Ícaro caído del escultor Igor Mitoraj, una figura de bronce colosal tumbada en la tierra, establece un diálogo entre la mitología griega y el siglo XX. El Templo de Hércules, el más antiguo del conjunto, data del siglo VI a.C. y tiene ocho columnas reinstaladas en 1923. El de Zeus Olímpico —proyectado para ser uno de los edificios más grandes de toda la arquitectura griega— nunca se terminó: lo interrumpió la misma invasión cartaginesa que destruyó la ciudad. En las paredes del Templo de Juno todavía se ven las marcas del fuego.
Dentro del parque, el Jardín de la Kolymbethra merece una parada aparte. Cinco hectáreas con más de 300 variedades de almendros junto a olivos milenarios, naranjos y palmitos forman un huerto arqueológico tan bien conservado que en febrero el contraste entre el blanco de las flores y el ocre de los templos al fondo puede hacer que uno tarde un buen rato en salir del sopor. Sin embargo, se puede entrar en otro al alojarse en el Villa Athena Resort(hotelvillaathena.it), ubicado dentro del Parque Arqueológico, a 200 metros del Templo de la Concordia, con acceso privado al recinto antes de que abra al público. La villa es del siglo XVIII y sus 27 habitaciones, además de sus restaurantes, tienen vistas a los templos y a los bellos almendros en flor.
Toma nota:
Quienes tengan margen para alargar el viaje o prefieran combinar la floración con la fiesta, la Sagra del Mandorlo in Fiore —una de las celebraciones más antiguas de Sicilia, nacida en el pueblo de Naro en 1937 y trasladada a Agrigento en los años cincuenta— celebra una nueva edición del 7 al 15 de marzo de 2026 bajo el lema Tradición de Paz. El programa incluye el encendido del Trípode de la Amistad frente al Templo de la Concordia, la antorchada por el centro histórico, las actuaciones de grupos folclóricos llegados de más de veinte países y el espectáculo final al pie de la Concordia, con la entrega del Templo de Oro al mejor grupo de la edición.
La carretera del barroco
Conducir de Agrigento hacia el este por la SS115 en febrero es una experiencia en sí misma. Los almendros en flor bordean la carretera durante kilómetros, asomando sobre los muros de piedra seca que dividen el campo, llenando de su olor dulce y almizclado el ambiente. A mitad del trayecto, Módica merece una parada. Junto a Ragusa y Noto forma el triángulo barroco del Val di Noto, declarado Patrimonio de la Humanidad en 2002 por representar la culminación del arte barroco en Europa, según la UNESCO. El terremoto del 1693 arrasó la región entera, y los arquitectos que la reconstruyeron convirtieron la tragedia en una ocasión para convertirla en una obra de arte. Módica es también la ciudad del chocolate negro trabajado en frío, sin grasas añadidas, con una técnica de origen prehispánico que llegó a Sicilia con los españoles en el siglo XVI y que deja sus notas amargas y especiadas.
Ragusa nació dos veces. En el siglo XVII, tras moverse la tierra, sus habitantes se dividieron: los que reconstruyeron la ciudad en su emplazamiento medieval (Ragusa Ibla) y los que fundaron una nueva en la colina de enfrente, Ragusa Superiore. Las dos se unificaron en 1927, pero su doble personalidad sigue siendo la clave de la urbe. Ibla es el laberinto, con callejuelas llenas de cuestas que desembocan en plazas con fachadas de piedra arenisca. El corazón es la Piazza del Duomo y su catedral de San Giorgio, obra del arquitecto Rosario Gagliardi. La construcción, del siglo XVIII, es una de las grandes obras maestras del barroco europeo. La cúpula neoclásica, añadida más tarde con el Panteón de París como referencia, alcanza los 43 metros y se viste con unas vidrieras que narran el martirio de San Jorge. En las calles laterales, el Palazzo Cosentini tiene los balcones más elaborados de Ibla, con figuras grotescas y máscaras que son el símbolo no oficial de la ciudad y que se expanden por muchos de los balcones de la localidad.
Treinta y cinco kilómetros separan Ragusa de Noto, pero culturalmente están a un paso. Demolida hasta los cimientos por el terremoto y reconstruida desde cero diez kilómetros al oeste del emplazamiento original, el crítico Cesare Brandi la llamó 'jardín de piedra', que es exactamente lo que parece, una ciudad calcárea que, bajo el sol invernal, adquiere una luminosidad cautivadora. Los tres arquitectos que construyeron la nueva Noto, Rosario Gagliardi, Vincenzo Sinatra y Paolo Labisi, lograron algo único en Europa, una ciudad que seguía un estilo sin ser monótona, con sus 33 iglesias apuntando al cielo. Su eje es el Corso Vittorio Emanuele, y recorrerlo en una tarde de febrero, sin el gentío del verano, es una experiencia sobrecogedora, sobre todo cuando se llega a la Catedral de San Nicolò, de barroco tardío, para admirar la fachada precedida por una escalinata de tres tramos y ocho columnas flanqueadas por dos campanarios. El interior no se queda atrás, con el altar mayor de mármol policromado acompañando los restos del patrón de la ciudad, San Conrado. Enfrente, el Palazzo Ducezio levanta su logia de once arcos sobre la plaza, mientras que en la Via Nicolaci, el Palazzo Nicolaci di Villadorata, con sus 90 habitaciones con bóvedas de fresco que son una obra de arte, exhibe los balcones más célebres de toda Sicilia, donde conviven sirenas, esfinges, leones, hipogrifos y caballos alados.
Mesa y descanso
No puede faltar el broche de un buen descanso, y el Q92 Noto Hotel (q92notohotel.com), que ocupa un palazzo barroco del siglo XVII en plena Via Nicolaci, lo proporciona con creces. Solo nueve suites con amplios balcones a las bellas fachadas de la ciudad tienen el privilegio de gozar de su patio privado con piscina pequeña y de un alojamiento que, en febrero, parece ser para uno solo. Y como en Italia el desayuno no se perdona, el Caffè Sicilia (caffesicilia.it), del pastelero Corrado Assenza, ofrece todo aquello que promete el país: grandes artesanos de la repostería local que llevan décadas trabajando con la almendra de Noto, traducida en pastas di mandorla y con la calma de un febrero en Sicilia.




