Europa, ante su encrucijada nuclear: cinco escenarios posibles
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La cuestión nuclear se abre camino en la Conferencia de Seguridad de Múnich, que comienza hoy, impulsada por la presentación de un informe que advierte sobre la brecha en la disuasión nuclear europea y analiza las opciones del continente para reducir su dependencia de Estados Unidos. No es casual que el informe llegue en este momento. El retorno de Donald Trump a la Casa Blanca ha reavivado en Europa el debate sobre la fiabilidad futura del paraguas nuclear estadounidense y el grado de dependencia del continente respecto a Washington, cuestiones sobre las que viene insistiendo Emmanuel Macron desde hace meses y, más recientemente, la alta representante de la UE, Kaja Kallas.
El estudio, elaborado por el European Nuclear Study Group (ENSG), es uno de los más sensibles elaborados para esta conferencia, y no sólo porque pone cifras y escenarios a la disuasión nuclear. La tesis central es que Europa ya no puede "externalizar" su pensamiento estratégico nuclear a Washington y que debe confrontar directamente el papel de las armas nucleares en su propia defensa. La realidad, sin embargo, es que, pese a los ofrecimientos franceses, al respaldo británico y al creciente discurso sobre autonomía estratégica, Europa carece de una alternativa creíble al paraguas nuclear de Estados Unidos.
La conclusión de este grupo multidisciplinar de expertos en estrategia y control de armamentos, vinculado a instituciones como la Universidad de St. Gallen, la Hertie School y la propia Conferencia de Seguridad de Múnich, llega en un momento especialmente sensible. El marco bilateral de control entre Washington y Moscú ha quedado en suspenso tras la suspensión de facto del tratado New START, lo que deja a las dos mayores potencias nucleares sin límites verificables operativos sobre sus arsenales estratégicos. Ese vacío introduce un factor adicional de incertidumbre en un continente que no es una potencia nuclear mayoritaria, pero sí un escenario potencial.
El informe parte de un hecho central: Rusia ha reforzado su retórica y doctrina nuclear en el contexto de la guerra en Ucrania, mientras que en Estados Unidos el debate sobre el reparto de cargas en la OTAN y el desplazamiento del foco estratégico hacia el Indo-Pacífico alimentan dudas en varias capitales europeas. No se trata de anticipar escenarios extremos, sino de medir vulnerabilidades.
Sobre esa base, el ENSG ordena cinco escenarios posibles. El primero no es nuevo: mantener y reforzar el paraguas nuclear estadounidense dentro de la OTAN. Es, según los expertos, la única arquitectura plenamente operativa hoy. Estados Unidos dispone de más de 3.000 cabezas nucleares en su arsenal activo y mantiene una tríada completa -misiles balísticos intercontinentales, submarinos estratégicos y aviación nuclear- que ningún Estado europeo puede replicar a corto o medio plazo.
En Europa, el componente táctico estadounidense se articula a través del sistema de nuclear sharing. Las bombas gravitatorias B61 permanecen bajo control de Washington en tiempo de paz, pero están desplegadas en bases aliadas: Büchel, en Alemania; Kleine Brogel, en Bélgica; Volkel, en Países Bajos; Aviano y Ghedi, en Italia; e Incirlik, en Turquía. Las estimaciones públicas sitúan el total en torno a un centenar de armas en suelo europeo. Alemania, además, ha decidido adquirir cazas F-35 para mantener su capacidad de doble uso y su integración en ese esquema.
Frente a esa magnitud, el contraste con las capacidades europeas es evidente. Francia dispone de unas 290 cabezas nucleares, desplegadas en submarinos estratégicos y en su componente aéreo, mientras que el Reino Unido mantiene un máximo declarado de 260, con una disuasión exclusivamente submarina basada en el sistema Trident. Ambos arsenales son técnicamente sofisticados, pero están concebidos como instrumentos nacionales, no como sustitutos de la garantía estadounidense.
Sobre esa base se abre la segunda vía analizada por el informe: reforzar el papel franco-británico. Macron ha reiterado que la disuasión francesa tiene una "dimensión europea" y ha planteado un diálogo estratégico con sus socios, en lo que algunos círculos interpretan como el embrión de una posible disuasión europea. París ha dado, además, pasos simbólicos en esa dirección, como la apertura parcial de ejercicios estratégicos a observadores británicos y el refuerzo de la coordinación bilateral con Londres. Aun así, esa capacidad sigue definida en términos nacionales, lo que limita su transformación en un auténtico paraguas alternativo.
El debate, impulsado desde París, se ha visto reforzado en las últimas semanas por las advertencias de Kaja Kallas, cuya posición refleja también la sensibilidad de su país de origen, Estonia, uno de los más expuestos históricamente a Rusia. Sus declaraciones no apuntan al desarrollo inmediato de un arsenal propio, sino a una inquietud más profunda: el temor a que la garantía nuclear estadounidense, pilar último de la seguridad europea durante décadas, deje de percibirse como incuestionable. Sin embargo, ampliar ese papel exigiría inversiones sustanciales, expansión de capacidades, redefiniciones doctrinales y acuerdos sobre consulta y toma de decisiones hoy inexistentes. No se trata de un ajuste técnico, sino de una transformación estructural.
En ese punto, el papel de Alemania se vuelve determinante. Berlín ha respaldado el debate, pero mantiene una posición prudente y firmemente anclada en el marco atlántico. Alemania es uno de los principales anfitriones del despliegue nuclear estadounidense en Europa y participa en la planificación de la OTAN. Mientras el sistema actual funcione, conserva influencia y protección sin asumir la responsabilidad última de la garantía nuclear.
Esta posición responde a consideraciones políticas y estructurales. Sustituir el paraguas estadounidense por una fórmula exclusivamente europea alteraría el equilibrio actual, exigiría compromisos financieros de gran escala y abriría debates jurídicos sensibles en relación con el Tratado de No Proliferación.
Las otras opciones que examina el informe se mueven en terrenos aún más complejos. La creación de un sistema europeo con autoridad de lanzamiento compartida exigiría un grado de integración política federal inexistente hoy. Y como quinto y último escenario: la renuncia a la disuasión nuclear y el refuerzo del ejército convencional. La proliferación nacional -que Alemania o Polonia desarrollaran arsenales propios- chocaría con los compromisos jurídicos internacionales y tendría costes diplomáticos, financieros y estratégicos de enorme magnitud. La apuesta exclusiva por la disuasión convencional requeriría inversiones masivas que, incluso así, difícilmente sustituirían la dimensión nuclear frente a una potencia dotada de miles de cabezas.
El informe no dramatiza. No plantea una ruptura inminente ni una confrontación inevitable. Ordena escenarios, mide capacidades y compara cifras. Y en esa comparación queda claro que Europa sigue dependiendo, en última instancia, de una garantía externa. A esa brecha técnica se suma otra política: la Unión Europea carece hoy del consenso y la arquitectura necesarios para asumir una disuasión nuclear plenamente autónoma.