Europa y el arte de negociar desde un siglo de vida plena

Europa y el arte de negociar desde un siglo de vida plena

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El embajador Raimundo Bassols cumplió 100 años el 2 de abril. La semana pasada, un grupo de diplomáticos le rindió tributo en la Universidad Camilo José Cela, cuyo rector, Jaime Olmedo, hilvanó una semblanza de excelente factura. Luego habló Bassols. Habló desde la autoridad serena de quien no necesita adornarse. Con lucidez envidiable, apoyado apenas en unas fichas con citas, desgranó fechas, cifras y datos con soltura de opositor. Habló de esfuerzo, sacrificio e ilusión. No son conceptos de moda y -tal vez por ello- sonaron a desafío, sacudiendo la conciencia de los asistentes. Así, acudimos a un homenaje de vida larga plena, y asistimos a una lección extraordinaria de política exterior española, de sentido histórico y de europeísmo serio. A una llamada a la responsabilidad, a la lealtad y a la acción.

Bassols abrió su intervención con la aserción pronunciada por el Rey Juan Carlos I en su primer mensaje al país, tras la proclamación en Cortes el 22 de noviembre de 1975. En un discurso parco en menciones al mundo, un pasaje tan corto como rotundo cerraba la etapa franquista y marcaba la contundencia del nuevo rumbo: "Europa deberá contar con España y los españoles somos europeos. Que ambas partes así lo entiendan y que todos extraigamos las consecuencias que se derivan". Remató el embajador su alegato con otra referencia real, glosando a Felipe VI en Estrasburgo, el 21 de enero, en la celebración de los 40 años de la adhesión española al proyecto europeo: lo que Europa ha supuesto para España y lo que España ha contribuido a la andadura común.

Dos momentos simbólicos que le sirvieron para anclar su prodigiosa memoria de servidor del Estado, evocando la continuidad política de fondo que impulsó esa gran empresa. Para la España que salía del franquismo, Europa no era una abstracción benévola ni una consigna sentimental, era el horizonte en el que debían inscribirse la democratización, la modernización institucional y la normalización internacional del país. Por eso conviene resistirse a interpretar retrospectivamente aquella apuesta como una obviedad. Fue una elección, y además una elección exigente. Para una generación de españoles, Europa no fue un ornamento, ni una coartada, ni una etiqueta de prestigio. Fue una decisión estratégica y una tarea política ardua.

La entrada de España en las entonces Comunidades Europeas no fue una prolongación natural de la Transición. Fue una negociación dura, con intereses agrícolas, pesqueros, comerciales, industriales y presupuestarios en juego, y con oposiciones claras entre los socios. Para un país del tamaño de España, la adhesión entrañaba además costes de adaptación significativos. Nada tuvo de automático. Requirió convicción política, trabajo técnico, paciencia y una combinación poco frecuente de firmeza y flexibilidad. Precisamente por eso el proceso conserva valor: recuerda que Europa no avanzó por inercia, sino por acuerdos políticos sostenidos y por negociadores que supieron no perder de vista ni el objetivo ni los detalles.

Ahí Bassols ocupa un lugar central. Fue uno de los protagonistas de aquellas lides y uno de sus mejores memorialistas. Sus libros -España en Europa, Veinte años de España en Europa, El arte de negociar- permiten reconstruir no sólo los hitos de la marcha, sino también su textura: la lentitud, los obstáculos, los equilibrios, la importancia de los tiempos y la necesidad de distinguir lo esencial de lo accesorio. En un país tan dado a la amnesia selectiva, no es poco. A propósito del 12 de junio de 1985, fecha de la firma del tratado de adhesión, concluye en las referidas obras: "España entraba con todos los honores en la casa de Europa. Conocíamos de antiguo sus verjas, sus jardines, su patio interior, su laberinto y, en algunas ocasiones, habíamos echado un vistazo furtivo a su vestíbulo. Habíamos sufrido desdenes, achares, nos habíamos enzarzado en broncas y pendencias, nos las habíamos tenido tiesas en mil negociaciones con los europeos, y finalmente se imponía el espíritu de familia, un espíritu sólido e histórico, que no se había perdido ni disuelto en circunstancias a veces adversas".

Bassols pertenece a una generación que entendía que negociar no era rendirse, ni posar, ni tampoco convertir la política exterior en teatro para consumo interno. Negociar era preparar, medir, fijar prioridades y defenderlas con tenacidad. Era una forma de inteligencia política. Era, si se quiere, una forma de patriotismo adulto. En las cuasimemorias citadas, podemos leer la siguiente descripción: "Creo que hay pocas actividades tan estimulantes, imaginativas, ingeniosas, y al mismo tiempo serias, como la de negociar. El negociador nato es una curiosa mezcla de hombre persuasivo, meticuloso, calculador, osado, buen expositor, algo desconfiado, buen perdedor, infatigable, flexible".

Ésa es una lección muy oportuna en una España inclinada a confundir la estridencia con la firmeza y el desacuerdo con el exterminio moral. No se trata de idealizar el pasado. Entonces hubo discrepancias, competencia política y conflictos. Pero también existía la conciencia de que ciertas cuestiones no podían abordarse como munición de batalla partidista. Europa era una de ellas. Bassols no habló de aquella etapa lamentando una ortodoxia cansada. Habló de su realidad histórica viva y frágil, exhortando a los jóvenes contra el riesgo de darla por sentada, de integrarse en el paisaje. Europa ha entrado tanto en nuestra normalidad que hemos dejado de percibir su vulnerabilidad.

Quizá ahí resida lo actual, lo candente de la lección de Bassols. No se recreó en la nostalgia de épocas supuestamente más nobles, sino en recordar que Europa sigue siendo una construcción política y no una inercia histórica. Puede deteriorarse, vaciarse o fragmentarse. Y precisamente por eso exige algo más que adhesión verbal. Exige compromiso, memoria, lealtad y voluntad. El homenaje a Bassols lo fue, desde luego. Pero él mismo lo convirtió en mucho más, llamando la atención sobre la diplomacia como trabajo serio, la política exterior como continuidad y Europa como responsabilidad.

En tiempos de trincheras, conviene recordarlo.