Islamabad, una ciudad cerrada por la diplomacia: "Es como un confinamiento sin virus"
Islamabad vive en una calma impostada, absorbida por el orgullo de tener un papel histórico en la mediación de un conflicto que sigue atascado. Está atrapada en una quietud densa que responde al pulso incierto de una negociación por ahora fallida. La ciudad, diseñada para transmitir orden -avenidas amplias, rotondas limpias, zonas verdes que amortiguan el ruido-, se ha convertido en un decorado casi vacío, atravesado únicamente por convoyes oficiales, controles militares y patrullas que se repiten con una cadencia mecánica. Desde el domingo, el centro permanece prácticamente desierto: persianas bajadas, transporte público suspendido, intersecciones sin tráfico. En la superficie, Islamabad proyecta seguridad; en la trastienda, se percibe fatiga.
La escena recuerda, de forma muy incómoda, a los meses más duros de encierros durante la pandemia. En la foto callejera solo asoman policías y soldados. "Es cierto lo que dicen muchos, que se trata de un confinamiento sin virus", resume un diplomático paquistaní, que pide anonimato.
"Mi país está haciendo todo lo posible en su papel de mediador para volver a sentar a los dos protagonistas en la mesa, que alcancen un acuerdo de paz, y que todo vuelva a la normalidad", añade, en referencia a una segunda ronda de conversaciones entre Estados Unidos e Irán que el Gobierno de Pakistán daba por inminente desde hace días, pero que sigue envuelta en contradicciones e incertidumbre.
En torno al lujoso Serena Hotel, donde se celebró el primer contacto cara a cara entre estadounidenses e iraníes el 11 de abril, el perímetro permanece sellado con barricadas, controles de acceso y vehículos blindados. Las calles adyacentes han quedado fuera del mapa urbano. Un comerciante acostumbrado a trabajar con clientes extranjeros, calcula que sus ingresos han caído más de la mitad en una semana. "Nos dijeron que sería por unos días. Pero cada mañana es igual: más controles, menos gente, más incertidumbre", lamenta en declaraciones a medios locales.
Esa situación tiene un coste tangible en una ciudad, hogar de cerca de millón y medio de habitantes, donde la economía informal sostiene a miles de familias. Los vendedores ambulantes han desaparecido del paisaje y los taxistas circulan con largos intervalos sin pasajeros, haciendo la mitad de carreras que antes.
"Ni siquiera cuando hay atentados se percibe tanta seguridad y control" escribe por Facebook Muhammad Usman, vecino del céntrico sector G-10. "Todo está abierto a medias o directamente cerrado, hay muchos controles y la gente, sobre todo mayor, sale solo si es imprescindible. Mis mujer ha dejado de ir al mercado porque cada día hay nuevas restricciones. La ciudad se ha detenido por una buena causa, que es tratar de parar una guerra que nos afecta mucho a todos, pero nos gustaría saber hasta cuando vamos a estar así".
El trasfondo energético agrava la sensación de asfixia. Pakistán depende de forma estructural de los flujos que atraviesan el estrecho de Ormuz: alrededor del 80% del crudo importado y dos tercios del gas natural licuado llegan desde el Golfo. El bloqueo de esa vía ha reactivado los cortes de electricidad fuera de la capital y ha obligado a racionar el gas en múltiples ciudades. Restaurantes que no pueden cocinar, industrias que operan a medias, hogares que vuelven a los apagones programados. Islamabad, protegida por su condición de sede política, amortigua por ahora el golpe más duro, pero no lo esquiva del todo.
En ese contexto, el Gobierno paquistaní ha decidido sostener el relato de centralidad diplomática. Carteles con el lema "Islamabad Talks", flanqueados por las banderas estadounidense e iraní, siguen ocupando rotondas y avenidas principales. "Retirarlos ahora sería reconocer un fracaso que todavía no existe. Las negociaciones se celebrarán", apunta optimista el diplomático paquistaní.
Un intermediario fiable
Pakistán lleva semanas presentándose al mundo como el único actor con capacidad real para de mediar entre Washington y Teherán; un intermediario fiable, que equilibra la cercana relación con EEUU y los vínculos pragmáticos que mantiene con la República Islámica.
"Nuestra ventaja es que hablamos con todos y no somos percibidos como una amenaza directa", señala el diplomático. Excepto con su archienemiga India, Islamabad mantiene estrechos contactos con todos los países relevantes, desde las naciones del Golfo hasta China. El jefe del ejército, el general Asim Munir, es quien ha asumido la principal labor de mediación, más discreta y efectiva, mientras que el rostro más visible es el del primer ministro, Shehbaz Sharif.
Pero mediar en la guerra en Oriente Próximo no está siendo nada sencillo. En los últimos días, el presidente Donald Trump no ha parado de añadir más confusión en torno a las negociaciones. El lunes aseguró en una entrevista que el vicepresidente JD Vance estaba viajando a Pakistán. Unas horas después, desde la Casa Blanca decían que Vance se encontraba todavía en Washington y varios medios estadounidenses apuntaron a que las negociaciones no comenzarían hasta el miércoles, justo el día que terminaba la tregua de dos semanas. Trump extendió el alto el fuego de manera indefinida y dijo que "es posible" que las conversaciones de paz se retomen este mismo viernes.
Desde Teherán, el mensaje ha sido igual de ambiguo: negaciones reiteradas sobre la inminencia de un viaje que, según Islamabad, sigue sobre la mesa. Entre ambas posiciones, Pakistán mantiene la infraestructura preparada y el dispositivo activado, como si la llegada de las delegaciones fuera cuestión de horas. Mientras tanto, la ciudad espera. En los barrios residenciales, donde los funcionarios trabajan desde casa tras el desalojo de oficinas ministeriales, la rutina se ha reducido al mínimo.
Islamabad, en estos momentos, es rehén de una agenda externa. Y más allá del foco mediático, otras tensiones siguen activas. Porque mientras los negociadores paquistaníes trabajan sin descanso para poner fin a una guerra en Irán, el ejército sigue luchando en otra guerra con otro país vecino. En la frontera con Afganistán, a lo largo de la Línea Durand, los enfrentamientos entre fuerzas paquistaníes y los talibán continúan dejando víctimas y desplazados. Un conflicto persistente que ha quedado relegado a un segundo plano desde que el país asumió el rol de mediador entre Washington y Teherán.