Irán: cuando el poder decide exterminar
Irán ya no es solo una tragedia humanitaria: es la confirmación de un régimen que ha decidido gobernar vía exterminio. El Estado iraní ha optado por matar a sus ciudadanos antes que aceptar que ha perdido toda legitimidad.
Pero esa pérdida de legitimidad es aún más profunda porque Irán no es un Estado autoritario cualquiera, sino una teocracia. Cuando el poder se funda en la fe y en una supuesta autoridad divina, la represión no solo erosiona al gobierno, sino que carcome el pilar mismo que lo sostiene. A medida que se desmorona la fe —en los clérigos, en la promesa moral del régimen, en su pretendida superioridad religiosa—, el Estado pierde no solo obediencia, sino sentido. En una teocracia, la violencia contra el pueblo no es solo política: es una confesión de fracaso espiritual.
El propio gobierno de Irán reconoció que al menos 3,117 personas han muerto durante las protestas, según la primera cifra oficial publicada por la Fundación de Mártires y Víctimas de Guerra y difundida por medios estatales. De ese total, 2,427 fueron descritos como “civiles y fuerzas de seguridad” considerados “inocentes” por el régimen.
Pero la realidad es mucho más grave. Organizaciones de derechos humanos como HRANA han confirmado más de 5,000 muertes verificadas, y advierten que miles más siguen “bajo investigación” sin poder ser aún contabilizadas.
El apagón de internet impuesto por las autoridades ha convertido la verificación independiente en una tarea casi imposible. Expertos, médicos y redes de activistas han señalado estimaciones radicalmente mayores, con cifras que, de comprobarse, ubicarían este episodio como una de las masacres más letales de la historia reciente de Irán. Imágenes filtradas de centros médicos y forenses muestran cuerpos torturados y brutalmente desfigurados, incluidos niños, testimonio de la violencia indiscriminada con la que se actuó contra manifestantes desarmados.
El jueves 22, trece manifestantes fueron ahorcados; su delito fue protestar contra la República Islámica. Días antes, las fuerzas del régimen asesinaron a una adolescente de 17 años por manifestarse y por exigir el derecho a decidir sobre su propio cuerpo.
La violencia no fue una reacción desbordada, sino una decisión de Estado. El régimen dejó de ver ciudadanos y empezó a considerarlos enemigos. Las protestas que amenazaron su estabilidad fueron aplastadas con una lógica de aniquilación: golpear, humillar, encarcelar y matar para borrar cualquier rastro de disidencia.
Mientras tanto, la atención internacional se diluyó frente a otras crisis geopolíticas y agendas internas —desde Venezuela hasta maniobras diplomáticas de Estados Unidos. El silencio también mata.
Hoy, sin embargo, el tablero vuelve a moverse. Washington ha incrementado su presencia militar en la región y ha colocado a Irán nuevamente bajo observación directa, con desplazamientos de activos estratégicos hacia el Golfo Pérsico. Pero las palabras sin consecuencias reales también son parte del problema.
La ambigüedad internacional no solo falla en detener la represión, sino que ofrece al régimen la ilusión de impunidad. Amenazar sin actuar, vigilar sin presionar, enviar símbolos de fuerza sin una estrategia política clara solo fortalece a los gobiernos que apuestan por la violencia interna.
El régimen de los ayatolás ha demostrado que no tiene límites frente a su propia población. No dialoga, no cede, no corrige: elimina. Y mientras esa lógica no encuentre un freno real, seguirá operando con la certeza de que las balas son más eficaces que los votos.
Nadie con sentido común desea una guerra abierta ni una escalada nuclear. Pero tampoco es aceptable que la comunidad internacional convierta su poderío en escenografía diplomática. La disuasión que no se ejecuta deja de ser disuasión; y más aún, se transforma en cómplice silencioso.
La masacre en Irán debe terminar. El mundo no puede aceptar que una teocracia militarizada aniquile a su propia gente sin consecuencias tangibles. Irán necesita recuperar la cordura política, abrir espacio a la justicia internacional y expulsar del poder a quienes gobiernan como tiranos.
Si el conflicto queda en amenazas diplomáticas, discursos de condena o simples sanciones simbólicas, entonces habremos fallado como comunidad global. Más letal que cualquier fusil es la indiferencia ante la sangre derramada en las calles de Teherán.
POR VERÓNICA MALO GUZMÁN
COLABORADORA
VERONICAMALOGUZMAN@GMAIL.COM
MAAZ