John Caudwell, magnate de las comunicaciones y uno de los grandes filántropos del mundo, nos recibe en su mansión en Inglaterra: "Hay muchas historias de fantasmas asociadas a la casa"
Mi abuela me contaba historias sobre nuestra familia: panaderos, agricultores, médicos… personas que habían construido una vida desde la nada”, nos cuenta el multimillonario, emprendedor y filántropo británico John Caudwell. “Esas historias —continúa— se quedaron grabadas en mi mente y alimentaron algo muy profundo: yo quería construir, ganar, pero también mejorar la vida de quienes me rodeaban”.
Caudwell nos recibe en Broughton Hall, la imponente mansión de estilo jacobino que compró, hace 30 años, en Staffordshire, que es el hogar que comparte con su pareja, la ex ciclista olímpica lituana Modesta Vžesniauskaité, y sus hijos pequeños, John e Isabella Sky. El empresario tiene otros cinco hijos de relaciones anteriores y reparte su vida entre esta mansión, Londres y Mónaco.
John Caudwell es el ejemplo de cómo la ambición empresarial puede transformarse en un compromiso profundo con el bien social. Nacido en 1952, en Birmingham, pasó su infancia en Stoke-on-Trent, en una familia de recursos modestos, y desde joven mostró instinto emprendedor.
"La finca se remonta a siglos atrás; la casa actual se construyó a principios del XVII, con ese estilo clásico de entramado de madera en blanco y negro"
Su gran oportunidad llegó en 1987, cuando fundó Phones 4U, la mayor cadena independiente de telefonía móvil del Reino Unido. En 2006 vendió la compañía por 1.500 millones de libras —cerca de 1.800 millones de euros— y dio un giro profundo a su vida al apostar por la filantropía.
"Durante su época como convento, varias de las salas principales habían sido divididas en pequeñas celdas, así que la primera tarea fue abrir de nuevo los espacios y devolverles sus proporciones originales"
Es fundador de Caudwell Children, Caudwell Youth y Caudwell LymeCo, centradas en apoyar a niños con discapacidades, jóvenes vulnerables y en riesgo y en la investigación del lyme crónico, respectivamente. “Hemos ayudado a más de 100.000 niños y jóvenes cuyas vidas podrían haber quedado al azar. Eso, para mí, es el verdadero éxito”, confiesa con orgullo este emprendedor, que, en 2013, dio otro gran paso: se comprometió mediante el Giving Pledge a donar al menos el 70 por ciento de su patrimonio a causas benéficas durante su vida y tras su muerte.
"Me obsesiona la velocidad. Una de las grandes aventuras de mi vida fue participar en el Peking to Paris Motor Challenge, un 'rally' extremo de 14.000 kilómetros"
Señor Caudwell, es imposible hablar de usted sin mencionar la filantropía. ¿Cómo comenzó esa faceta?
Todo empezó en un pequeño dormitorio helado, en una urbanización de protección oficial en Stoke-on-Trent. Tenía siete u ocho años, mi padre estaba enfermo, el dinero era escaso y aun así soñaba con poder mejorar la vida de las personas. Vendía gusanos a los pescadores, recogía cupones regalo de paquetes de cigarrillos para canjearlos por productos y, más tarde, vendía ropa de motociclista... Alguien me preguntó una vez qué me gustaría que pusiera en mi lápida. Al principio dije: “Aquí yace el empresario más exitoso del Reino Unido”. Pero con el tiempo me di cuenta de que eso sonaba vacío. El dinero sin significado sirve de poco. Así que redirigí esa ambición: mi segundo sueño, que había tenido desde niño, era hacer algo bueno, dejar un legado importante.
Usted fue uno de los primeros multimillonarios británicos en unirse al Giving Pledge, comprometiéndose a donar la mayor parte de su riqueza.
Ya había decidido donar la mayor parte de mi riqueza mucho antes de que existiera el Giving Pledge. Creo firmemente que la riqueza privada, usada responsablemente, puede cambiar el mundo. Los gobiernos no pueden resolverlo todo. Si cada multimillonario donara la mitad de su fortuna, estaríamos hablando de billones destinados a los mayores desafíos del mundo: la salud infantil, la pobreza, la educación, el medio ambiente. Así que cuando Bill Gates lanzó Giving Pledge no necesitaba convencerme. Me convertí en el primer multimillonario británico en firmar. Prometí la mitad de mi patrimonio y después lo aumenté al 70 por ciento porque me di cuenta de que podía hacer más, ahora y después de mi muerte. El número de firmantes es pequeño, pero el impacto es enorme: más de 600.000 millones de dólares comprometidos hasta ahora. Estoy orgulloso de formar parte y espero que anime a muchos más a dejar de acumular dinero y empezar a hacer algo significativo con él.
"La cocina es el corazón de la casa y me gusta cocinar cuando tengo tiempo. El huerto es otro lugar que adoro", confiesa John, que convirtió la mansión en su hogar familiar
¿Qué fue lo que le atrajo de Broughton Hall para adquirirlo?
Siempre me han encantado la arquitectura jacobina y la Tudor y a menudo pasaba en bicicleta frente a Broughton Hall pensando: “Qué increíble sería poder poseer esto algún día”. Entonces, de repente, vi en un periódico local de Staffordshire que estaba en venta.
¿Podría contarnos la historia de la propiedad?
La finca se remonta siglos atrás; la casa actual se construyó a principios del XVII, con ese estilo clásico de entramado de madera en blanco y negro, posteriormente estucado y más tarde restaurado. Ha pasado por muchas manos: fue propiedad de la familia Broughton y luego vendida, a principios del siglo XX, a un industrial de Midlands, John Hall, quien realizó importantes trabajos de restauración. En la década de 1940 se convirtió en una escuela y en los años 50 pasó a manos de las monjas franciscanas. Cuando la adquirí, sabía que estaba asumiendo una pieza del patrimonio inglés.
¿Cuál fue el principal reto a la hora de restaurarla?
Cuando compré Broughton Hall no estaba en ruinas, pero necesitaba cuidados. Con los años, especialmente durante su época como convento, varias de las salas principales habían sido divididas con tabiques para crear pequeñas celdas, así que la primera tarea fue abrir de nuevo los espacios y devolverles sus proporciones originales. El verdadero desafío fue encontrar el equilibrio entre honrar la historia del edificio y crear un hogar funcional. Nos centramos en una restauración cuidadosa y apropiada a la época, integrando discretamente las comodidades necesarias de hoy. Mi hija mayor, Rebekah, que es diseñadora de interiores, desempeñó un papel fundamental. Tiene un instinto maravilloso para preservar la elegancia y la integridad arquitectónica del pasado, creando a la vez espacios cálidos, funcionales y vividos. Devolver Broughton Hall a la vida como hogar fue un proceso largo, pero enormemente gratificante.
¿Cómo describiría un día típico en esta casa? ¿En qué espacios disfruta más con su familia?
Me gusta empezar temprano, ya sea pedaleando por los caminos locales o entrenando en el gimnasio. Uno de mis espacios favoritos es, de hecho, mi sala de bicicletas. Yo mismo mantengo todas mis bicicletas: cambio ruedas, ajusto marchas, todo. Durante el día, trabajo con mi equipo en el edificio de oficinas de la finca. Sigo muy involucrado en mis negocios y me mantengo muy presente en las organizaciones benéficas, así que siempre hay mucho que hacer. En familia pasamos mucho tiempo en la casa de la piscina. Modesta y yo somos extremadamente competitivos, así que los torneos de tenis de mesa son habituales. También hay sauna y baño de hielo. El huerto es otro lugar que adoro: Modesta plantó un árbol por cada miembro de la familia para mi 70 cumpleaños. Ciruelas, manzanas… todo cobra vida cuando llega la fruta. En el interior disfruto del gran salón, donde solemos reunirnos, así como de las galerías. La cocina es el corazón de la casa y me gusta cocinar cuando tengo tiempo. Y sí, hay una vía de tren en la finca. Desde niño me han fascinado los trenes de vapor y los ferrocarriles en miniatura, así que construí una pequeña línea privada para llevar a los visitantes por los terrenos.
"Hay muchas historias de fantasmas asociadas a la casa, es parte del encanto. Yo, sinceramente, nunca he tenido una aparición. Para mí es folclore, algo que aporta misterio y no miedo"
Tiene varias residencias, pero considera Broughton Hall su hogar. ¿Qué hace que sea tan especial para usted?
He tenido Broughton Hall durante más de 30 años y es mi hogar más antiguo. Mis residencias en Londres y Mónaco son útiles para compromisos sociales y laborales, pero Broughton ofrece algo distinto. Es más tranquilo, más privado y más apropiado para la vida familiar, además de estar rodeado de una fantástica red de amigos locales.
"Mi pareja, Modesta, es una fuente constante de fortaleza y desafío. Debatimos y decidimos juntos, especialmente cuando se trata de donaciones, cómo criar a los niños..."
Existen historias de fantasmas asociadas a la casa. ¿Ha tenido alguna experiencia personal o le han contado algo memorable?
Sí, hay muchas historias, es parte del encanto. Se dice que existe una figura llamada Calcetines Rojos: en tiempos de Cromwell, supuestamente, se asomó a una ventana gritando: “¡Estamos con el Rey!”, y fue abatido. Dicen que su espíritu ronda la casa. Yo, sinceramente, no he tenido ninguna aparición, pero otros cuentan haber sentido cosas extrañas: una cama vibrando o una ligera caricia al subir la escalera. Para mí es folclore, algo que aporta misterio y no miedo.
¿Cómo describiría su infancia y los valores que le inculcaron?
Crecí en un entorno duro, pero tremendamente formativo, en Stoke-on-Trent. Mi padre tuvo un derrame cerebral cuando yo tenía unos 14 años y, cuando tenía 18, falleció. Mi madre trabajó increíblemente duro para sacarnos adelante. Eso me enseñó resiliencia, responsabilidad y humildad. En la escuela me acosaban por ser pelirrojo, por ser “ordinario”, y creo que parte de lo que me formó fue no querer ser simplemente “ordinario”. Llevé ese impulso a todos mis negocios, pero también a mi filantropía: no quiero solo tener éxito; quiero tener significado.
¿Qué papel juega su familia en las decisiones importantes?
Lo es todo. Mi pareja, Modesta, es una fuente constante de fortaleza y desafío. Hablamos, debatimos y decidimos juntos, especialmente cuando se trata de donaciones, de cómo criar a los niños o de cómo gestionar Broughton Hall. Aunque mis hijos mayores ya son adultos, siguen siendo centrales; su felicidad, su propósito, sus valores importan mucho más que cualquier éxito material.
"Siempre me ha encantado la arquitectura jacobina y la Tudor y a menudo pasaba en bicicleta frente a Broughton Hall pensando: 'Qué increíble sería poder poseer esto algún día'"
¿Alguna pasión que la mayoría de la gente no conozca de usted?
Las carreras de coches. Me obsesiona la velocidad, la ingeniería y la concentración absoluta que requiere conducir. Una de las grandes aventuras de mi vida fue participar en el Peking to Paris Motor Challenge, un “rally” extremo de 14.000 kilómetros que atraviesa algunos de los terrenos más duros del mundo. No fue glamuroso ni cómodo, pero sí extraordinario. Desiertos, montañas, averías, barro, polvo, agotamiento… y, aun así, tienes que mantener el coche, y a ti mismo, en marcha. Es una prueba suprema de resistencia, resiliencia e ingenio mecánico.
























