Las señoras de Okinawa que no callan: "EEUU, cuyos soldados han agredido a jóvenes japonesas, nos quiere empujar ahora a una guerra contra China"

Las señoras de Okinawa que no callan: "EEUU, cuyos soldados han agredido a jóvenes japonesas, nos quiere empujar ahora a una guerra contra China"

Es una mañana fría de febrero en Tokio. En el barrio de Nagatacho, donde se encuentra la Dieta (el Parlamento) y muchas oficinas gubernamentales importantes, los funcionarios trajeados, con abrigos oscuros y maletines en mano, caminan con paso firme sobre las aceras mojadas por la escarcha nocturna. El sobrio edificio donde emana el poder se alza entre calles árboles podados con precisión. Su fachada, de piedra clara, refleja la luz grisácea del alba invernal.

En la entrada del hemiciclo, entre legisladores y cámaras de televisión locales, un pequeño grupo de señoras mayores con guitarras interrumpe la rutina, cantando contra el giro militarista del Gobierno nipón y denunciando las violaciones cometidas por soldados estadounidenses en Okinawa.

Koyomi Iwasaki, la aparente líder del grupo, reparte folletos y pega carteles en las vallas del Parlamento. "Estados Unidos, cuyos soldados han agredido sexualmente con impunidad a jóvenes japonesas, nos quiere empujar ahora a una guerra contra China", afirma sin titubear.

Iwasaki, de 81 años, y las demás manifestantes, todas oriundas de Okinawa, forman parte de la Anti-War Landlord Association, fundada en 1983 para protestar contra las bases estadounidenses en una prefectura que alberga más del 70% de las fuerzas militares de Washington en el país asiático.

"Japón, en el Artículo 9 en su Constitución, declara la renuncia a la guerra. Pero el Gobierno planea aumentar el presupuesto militar hasta convertirlo en el tercero más grande del mundo, financiándolo mediante más impuestos y cargando la responsabilidad sobre quienes ya sufren la alta inflación. Incluso en Okinawa, donde la pobreza infantil es el doble del promedio japonés. No podemos aceptarlo", lee Iwasaki frente a un cartel que denuncia otra cuestión más sensible: la violencia sexual cometida por militares estadounidenses.

Durante décadas, Okinawa ha registrado numerosos casos de agresiones sexuales por parte del personal estadounidense. El pasado junio, un infante de marina llamado Jamel Clayton, de 22 años, fue condenado a siete años de prisión tras ser declarado culpable de estrangular y agredir sexualmente a una joven de la isla en mayo de 2024. Unos meses antes, otro soldado fue sentenciado a cinco años de prisión por secuestrar y violar a una menor de edad.

"Okinawa, que sigue bajo el dominio militar estadounidense, continúa sufriendo episodios de violencia sexual porque el ejército estadounidense actúa fuera del marco de la Constitución", denuncia Iwakasi. Algunas encuestas recientes publicadas por medios japoneses destacan que más del 70% de los vecinos de la isla apoyan la retirada de militares estadounidenses de las 32 bases que Washington tiene repartidas en el territorio japonés.

La historia de Okinawa es también un relato de pérdida y ocupación: el antiguo reino Ryukyu, próspero y con un comercio vibrante en el Sudeste Asiático, fue anexionado por el Japón imperial en 1879. Tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos asumió el control hasta 1972, permitiendo a sus tropas permanecer de manera indefinida. Desde entonces, las autoridades locales han contabilizado más de 6.000 casos de agresiones sexuales cometidas por soldados estadounidenses, amparados durante décadas por protecciones extraterritoriales que han limitado la responsabilidad legal del personal militar.

En las calles de Okinawa son frecuentes las manifestaciones para pedir la retirada de las fuerzas de Estados Unidos. Hace justo 20 años, Washington se comprometió con Tokio a reducir el número de militares estacionados en la isla japonesa, trasladando a más de 5.000 marines hasta Guam, territorio estadounidense de ultramar. En cambio, sólo hubo una mudanza y fue en 2024, cuando apenas un centenar se marchó de Okinawa. Actualmente hay establecidos alrededor de 30.000 soldados estadounidenses.

Los analistas señalan que Estados Unidos ha mantenido una red estable y segura de bases militares y áreas de entrenamiento porque considera a Okinawa una zona crítica en caso de una futura operación militar en Taiwan ante una hipotética invasión del ejército chino. La relación entre Tokio y Pekín se ha deteriorado además en los últimos meses tras una declaración de la primera ministra, Sanae Takaichi, sobre que Japón podría intervenir militarmente en caso de un ataque chino a Taipéi. "La presencia del Cuerpo de Marines en Okinawa es fundamental para disuadir a China y Corea del Norte", defiende Caleb Eames, teniente coronel estadounidense, en una publicación en el Atlantic Council, un think tank de Washington.

Desde el Gobierno recién respaldado en las urnas de la conservadora Takaichi han defendido que las bases militares estadounidenses están justificadas debido al sustento económico que proporcionan a la región (Okinawa es la prefectura más pobre de Japón), especialmente generando empleos en el comercio local. Pero Tokio, recuerdan los críticos, paga anualmente alrededor de 1.400 millones de dólares a Estados Unidos por lo que Takaichi ha llamado "escudo imprescindible para salvaguardar la seguridad nacional de Japón", y el presidente Donald Trump ha estado presionando para aumentar más esa tarifa.

Los líderes locales y la población de Okinawa mantienen también la presión por la retirada de tropas, principalmente debido a los casos de violencia sexual. Según la cadena pública NHK, entre enero y septiembre de 2025 se registraron 77 casos penales que involucraban a soldados estadounidenses, sin precisar cuántos eran agresiones sexuales.

En Tokio, mientras los funcionarios atraviesan los controles de seguridad y se adentran en el hemiciclo, las voces y las guitarras de las señoras de Okinawa siguen resonando en la calle. A pesar del frío y de la aparente indiferencia de políticos y transeúntes, los carteles permanecen en alto, firmes como un recordatorio constante de una realidad que persiste a la sombra de las bases estadounidenses. Cada nota y cada palabra es un eco de que las injusticias de Okinawa no pueden ser ignorados.