Un disparate sobre el amor

Un disparate sobre el amor

El espectáculo de medio tiempo del Super Bowl (no, este no es un análisis más del tan examinado evento) terminó con el mensaje: “lo único más fuerte que el odio es el amor”. Es tierno, sí; ¿poderoso?, no sabría decirlo. A fin de cuentas, dado el contexto político que atraviesa el mundo, el discurso desempeña un papel importante, y cuando se trata del amor, todavía más.

Dicho lo anterior, y con motivo de este 14 de febrero, conviene pensar el amor en nuestro tiempo. No con el objetivo de llegar a una respuesta definitiva, sino de reflexionar sobre tal concepto a partir de unas cuantas ideas. Lo cierto es que la manera de crear vínculos de relación y afecto ha variado a lo largo de la historia. En ese sentido, también lo ha hecho el amor.

Uno de los pensadores más recientes en abordar lo qué es el amor en estos tiempos, que vamos a llamar posmodernos, es el sociólogo Zygmunt Bauman en su obra Amor Líquido (2017). Para el autor, en la actualidad el amor ha pasado a ser una transacción, o mejor ser practicado por varios como una mercancía. Es un síntoma de los propios tiempos que vivimos, en donde la gratificación instantánea y la obsolescencia acelerada han saltado de lo comercial a la esfera de lo íntimo.

Así, pues, los vínculos se perciben a menudo como productos que, si no satisfacen de inmediato o exigen demasiado esfuerzo, se desechan para buscar nuevos horizontes en un mercado de posibilidades infinitas. El amor, bajo esta lógica, corre el riesgo de ser asfixiado por el mero deseo, por un impulso que busca consumir y aniquilar la alteridad del otro.

 El problema con el texto de Bauman (si bien no es su culpa) es que ofrece un diagnóstico sin necesariamente una receta. ¿Habría que tenerla?, cabría preguntarse. Más que eso, la tensión del amor actual reside en que todavía buscamos en ese concepto cierta seguridad ante las incertidumbres de la vida. Es una ambivalencia constante en donde, por una parte, el amor representa la trascendencia; por otra, nos atemorizan tanto el vínculo como el compromiso.

Y es que el amor deambula entre ideales y experiencias. Erich Fromm advertía en El arte de amar (1956) que nuestra cultura, orientada al intercambio mercantil, nos ha hecho creer que el problema radica en encontrar el objeto adecuado (el ser amado) y no en desarrollar nuestra propia facultad de amar, tarea que, cabe mencionar, resulta difícil. Esto es fundamental si se acepta su premisa de que “el amor es una actitud, una orientación del carácter que determina el tipo de relación de una persona con el mundo como totalidad, no con un objeto amoroso.”

Más que como un vínculo emocional, vale la pena pensar el amor en relación con nuestro entorno actual. Habría que preguntarse si ese contexto acepta o no aquellas cursilerías que relacionamos con el arte de amar. De aquellas figuras que analizó Roland Barthes en Fragmentos de un discurso amoroso (1977) hace ya unas décadas, cuando buscaba dar protagonismo al yo enamorado que necesita manifestarse: «el discurso amoroso es hoy de una extrema soledad.

Es un discurso tal vez hablado por miles de personas (¿quién lo sabe?), pero al que nadie sostiene [...] Cuando un discurso es de tal modo arrastrado por su propia fuerza en la deriva de lo inactual, deportado fuera de toda gregariedad, no le queda más que ser el lugar, por exiguo que sea, de una afirmación”. ¡Qué complejo, curioso, ideal y terrorífico es el amor! Ante este panorama, uno se pregunta, y otros tantos afirman, si este sentimiento puede servir de guía para una sociedad.

POR IGNACIO ANAYA

COLABORADOR

@IGNACIOMINJ

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