Una bronca entre pistoleros: el agitado debate en EEUU de la Segunda Enmienda
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Cuando Alex Pretti salió de su casa en Mineápolis la gélida mañana del 24 de enero no pudo imaginar que su muerte provocaría una escisión entre viejos aliados. Como residente de un estado, Minnesota, en el que es legal portar armas de fuego de modo abierto u oculto, no dudó en llevarse consigo el arma que poseía legalmente. Tampoco olvidó su teléfono móvil, herramienta indispensable para grabar en las manifestaciones los atropellos que, de un tiempo a esta parte, los agentes federales de inmigración (ICE) y patrullas fronterizas cometen en estados gobernados por demócratas. Hacía unas semanas, en su ciudad habían matado a bocajarro a una activista, y Pretti, un enfermero comprometido con documentar los abusos en las redadas contra inmigrantes, se sumaría a las protestas a pesar de las advertencias de sus padres, quienes le avisaron de que tuviera cuidado, pues las turbas federales enviadas por el presidente Donald Trump cada vez se asemejan más a fuerzas paramilitares que actúan impunemente.
Lo que desde fuera puede parecer una rareza, en Estados Unidos es lo común: la defensa a ultranza de la Segunda Enmienda, o sea, el derecho de las personas a armarse para protegerse. El sanitario, empleado en un hospital de veteranos de guerra, salió con su arma aquella mañana. Ese era su derecho constitucional como ciudadano ejemplar sin un solo antecedente criminal. Las imágenes de la joven Renée Good, con tres tiros que resultaron mortales, habían conmocionado a todo el país. Él también tenía conciencia social, pues ya en 2020 protestó contra el abuso policial en Mineápolis que acabó con la vida del afroamericano George Floyd. Le pareció razonable colocar en la cartuchera su pistola y cargó su móvil para filmar lo que podía suceder en las protestas.
Pretti estaba dispuesto a defender a los más indefensos y, ya en la calle, no titubeó al intentar resguardar a una mujer que los agentes federales tiraron sobre el asfalto mientras la cegaban con sprays tóxicos. Lo que no pudo imaginar es que 10 disparos atravesarían su cuerpo filoso, pero antes unos tipos encapuchados lo arrastraron, lo rociaron con gas pimienta, lo golpearon y lo redujeron entre todos como a un carnero en la matanza. Para entonces ya le habían arrebatado esa pistola que llevaba bien guardada a la cintura, por si en algún momento se veía obligado a ejercer su derecho de protegerse de otros. En cuestión de minutos lo ejecutaron por la espalda.
¿Cómo iba a suponer Alex Pretti que su asesinato iba a agriar las relaciones entre la todopoderosa Asociación Nacional del Rifle (NRA, por sus siglas en inglés) y la Administración Trump? Cuando todavía su cadáver estaba tibio la secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, afirmó que se buscó el ajusticiamiento por ser un "terrorista doméstico" que fue armado a una protesta. Stephen Miller, posiblemente el más siniestro de los asesores de la Casa Blanca, también consideró que se llevó su merecido, pues su propósito era el de "masacrar a los agentes del orden". Ya en ese momento, los vídeos, filmados desde distintos ángulos, desbarataban las mentiras oficiales. Y fue un fiscal de distrito, nombrado por el presidente Trump, quien se atrevió a más: si se va armado a una protesta, se corre el riesgo de que las autoridades tengan motivos para disparar, dijo. Pero los del NRA no han donado millones de dólares a las sucesivas campañas electorales del republicano para que su gente desmonte el lucrativo argumentario de los lobistas proarmas: mientras más y mejor armados, los estadounidenses están más seguros. La organización Gun Owners of America no tardó en invocar a la sacrosanta Segunda Enmienda: "Un derecho que el Gobierno federal no puede vulnerar." Para muchos republicanos se trata de un derecho otorgado por Dios. Tal vez sin quererlo, defendían el derecho de un ciudadano en las antípodas ideológicas -con esas tendencias woke que la derecha más radical persigue con saña- de portar legalmente su arma en un lugar público, tal y como lo hacen los supremacistas blancos cuando se echan a las calles.
Más de uno se preguntará, con un perfil liberal corroborado por familiares y amigos, ¿qué hacía Alex Pretti con un permiso para portar armas de fuego? Según un estudio del Crime Lab de la Universidad de Chicago, desde 2020 ha aumentado el número de mujeres, miembros de la comunidad LGTBQ+ y otras minorías que adquieren armas legalmente. De hecho, el Liberal Gun Club cada vez cuenta con más abonados. Sin duda, un dato que tiene que ver con el peligro que se cierne sobre sectores de la sociedad que Trump y su Proyecto 2025 tienen en la mirilla de su agenda autócrata.
De todas las tristes ironías posibles, el grupo Texas Gun Rights esgrime una tesis que encaja con el momento que atraviesa el país: según la archiconservadora organización, "la izquierda" a favor del control de armas se ha fundamentado en "la fantasía de que el Gobierno puede y, en efecto, te protege." Con los matones del trumpismo desatados en las calles de Mineápolis y otras ciudades de Estados Unidos, la mañana del 24 de enero el enfermero tuvo la (inútil) certeza de que no estaba de más salir armado. Hoy es un mártir en medio de una bronca entre pistoleros.