Alfonso Méndez, psicólogo: “Si un adolescente no puede ponerse un despertador, pero sí puede gestionar redes sociales hasta las 2 de la mañana, es falta de límites”
La responsabilidad del adolescente debe comenzar a entrenarse en su infancia, como nos dice Alfonso Méndez, psicólogo de Instituto Centta. Y para que esa responsabilidad alcance su máximo esplendor en lo que a lo académico se refiere es necesario haber fomentado antes la autonomía en casa. Aspectos tan simples como que nuestro hijo adolescente se ponga el despertador y se despierte por las mañanas él solo, sin esperar a que papá o mamá lo hagan, o que ponga el lavavajillas y, de vez en cuando, prepare algo sencillo para cenar son el mejor entrenamiento para desarrollar mayor capacidad de esfuerzo, de organización y mayor tolerancia a la frustración. La cuestión es cómo hacerlo, cómo lograr que el adolescente sea un poco más autónomo en casa si está acostumbrado a que se lo den todo hecho. El psicólogo de Instituto Centta da pautas muy concretas al respecto.
¿Por qué es necesario fomentar la autonomía no solo en niños pequeños, sino también en adolescentes?
La autonomía no es un interruptor que se enciende a los 18, es un músculo que se tiene que ir entrenando desde la infancia y se pone realmente a prueba en la adolescencia. Si en la adolescencia no se refuerza, llegamos a la vida adulta con cuerpo de adulto y herramientas emocionales de “niño dependiente”. En esta etapa, el adolescente necesita equivocarse, decidir, gestionar consecuencias y aprender a sostener la incomodidad. Si los padres lo hacen todo por ellos “para que no sufran”, el mensaje oculto es: “no confío en que puedas”. Y eso, a largo plazo, pesa mucho más que un suspenso o un olvido.
Si en la adolescencia no se refuerza la autonomía, llegamos a la vida adulta con cuerpo de adulto y herramientas emocionales de niño dependiente.
¿Cómo debería ser la autonomía en un adolescente? ¿Qué cosas debería hacer por sí mismo en casa?
La autonomía de un adolescente no es que haga todo perfecto, sino que asuma funciones acordes a su edad: responsabilizarse de su higiene, su material escolar, su tiempo y una parte de las tareas de la casa. Ejemplos muy básicos (y muy necesarios):
- Ponerse su propio despertador y asumir que si se duerme, hay consecuencias.
- Preparar su mochila, revisar agenda y fechas de exámenes.
- Colaborar en casa: poner o recoger la mesa, sacar la basura, ordenar su habitación, ayudar con alguna tarea semanal.
Si un adolescente no puede ponerse un despertador, pero sí puede gestionar redes sociales hasta las 2 de la mañana, no es falta de capacidad, es falta de entrenamiento… y de límites.
¿Por qué algunos adolescentes no son autónomos?
En la mayoría de casos no es porque “no quieran”, sino porque no han tenido que serlo. Si siempre hay un adulto resolviendo el problema antes de que aparezca el malestar, el adolescente aprende que es más cómodo no intentarlo. Suelen influir:
- Estilos de crianza sobreprotectores: padres que se adelantan a todo.
- Miedo al conflicto: “ya lo hago yo, así no discutimos”.
- Baja tolerancia a la frustración del propio adolescente… y a veces de los padres.
La ecuación suele ser simple: si todo viene hecho, ¿para qué esforzarse?
Los estudios son, en muchos casos, una lucha. ¿Cuando el hijo adolescente no quiere estudiar, cómo pueden los padres motivarles sin “estar encima”?
La motivación no se impone a base de discursos eternos sobre “su futuro” mientras el adolescente mira el móvil. Menos sermones y más estructura. Algunas claves:
- Ayudarle a organizarse, pero no hacerle el trabajo: horarios claros, tiempos cortos y alcanzables.
- Negociar objetivos concretos: “Hoy solo esto”, en vez de “tienes que cambiar tu vida académica”.
- Conectar con sus intereses y valores: qué quiere conseguir, qué puertas se abren o se cierran, sin dramatismo, pero con honestidad.
Y muy importante: los padres pueden acompañar, marcar límites y ofrecer recursos, pero no pueden estudiar por ellos. El problema empieza cuando al que más le preocupa las notas del instituto es al adulto, no al adolescente.
¿Qué dice de la personalidad del adolescente o de la educación que ha recibido el que no muestre autonomía en casa?
Que un adolescente no sea autónomo en casa no significa que “sea un vago para siempre”, pero sí nos da pistas. Suele indicar una mezcla de hábitos poco entrenados y un entorno que ha reforzado más la comodidad que la responsabilidad. Puede hablar de:
- Un estilo educativo muy permisivo o muy sobreprotector.
- Un adolescente que ha aprendido que es más eficaz “esperar a que alguien lo haga”.
- A veces, también dificultades emocionales de fondo (desánimo, ansiedad, problemas de atención) que se disfrazan de “pasotismo”.
Más que etiquetar al chico o a la chica, conviene preguntarse: ¿qué hemos estado reforzando en casa durante años: la iniciativa o la dependencia?
La autonomía no es un interruptor que se enciende a los 18, es un músculo que se tiene que ir entrenando desde la infancia y se pone realmente a prueba en la adolescencia.
¿Cómo hacer que un hijo adolescente sea autónomo?
Nunca es tarde, pero cuanto antes, mejor. La clave es pasar del “te lo hago yo” al “te enseño y luego te lo dejo a ti”, con paciencia y coherencia. Podemos comenzar con estos pasos básicos:
- Dar responsabilidades claras y sostenidas en el tiempo, no castigos puntuales del tipo “una semana recoges el lavavajillas”.
- Aceptar que lo hará “a su manera” y no como el adulto perfecto que llevamos dentro.
- Mantener los límites: si no cumple con sus responsabilidades, hay consecuencias lógicas y conocidas de antemano, no improvisadas a gritos.
La autonomía se construye en lo cotidiano: menos discursos motivacionales y más rutina bien mantenida.
¿Cómo lograr esa autonomía cuando parece “un caso perdido”, cuando parece que quiere que se lo den todo hecho?
Justo cuando los padres dicen “es un caso perdido”, suele ser cuando han probado muchas cosas… menos la consistencia. No hay adolescentes “irrecuperables”, pero sí dinámicas muy cristalizadas y rígidas. Qué nos puede ayudar como padres:
- Empezar con cosas pequeñas: una o dos responsabilidades claras y sostenidas, no un cambio radical de vida en una semana.
- Dejar de rescatar a nuestros hijos de todas las consecuencias desagradables: si no ha preparado algo, que lo gestione con el profesor; si se olvidó, que busque la solución.
- Cambiar el discurso de “no haces nada” a “esto sí lo estás haciendo”: reforzar mínimos, no solo señalar fallos. Siempre intentar comunicar en positivo.
Y un detalle: si el adolescente ve que, tras quejas y mala cara, al final el adulto cede… ¿para qué cambiar? El mensaje debe ser: “Te quiero mucho, pero no voy a hacer por ti lo que tú sí puedes hacer”.
¿El tener poca autonomía en casa suele ir de la mano con peor rendimiento académico?
Suele ir de la mano, sí. No porque fregar un plato te haga más inteligente, sino porque ambas cosas comparten las mismas habilidades: responsabilidad, organización, tolerancia al esfuerzo y a la frustración. Un adolescente que en casa no se encarga de nada, no asume consecuencias y siempre tiene a alguien “apagando fuegos” por él, probablemente tenga más probabilidades de tener dificultades para mantener el hábito de estudio, organizarse, planificar y perseverar cuando algo se hace cuesta arriba. La autonomía doméstica es un entrenamiento perfecto para la autonomía académica.
¿Afecta la falta de autonomía a la autoestima del adolescente?
Mucho. Cuando un adolescente siente que siempre dependen de otros para cosas básicas, el mensaje interno suele ser: “No soy capaz”, aunque no lo diga en voz alta. La autonomía bien acompañada construye autoestima porque:
- Les da experiencias reales de logro: “pensé, hice, salió”.
- Les enseña que pueden equivocarse y aun así seguir adelante.
- Refuerza la idea de competencia: “puedo enfrentarme a la vida sin que me la resuelvan siempre”.
Al revés, cuando todo viene hecho, el adolescente puede parecer cómodo… pero por dentro suele aparecer inseguridad, miedo al fracaso y mucha duda a la hora de tomar decisiones importantes.
