El poder blando del conejo malo
Cuando la presidenta Sheinbaum contó en una mañanera que buscaría al primer ministro de Corea del Sur, Kim Min-seok, para pedir “buenos oficios” y abrir más fechas de BTS en México, le llovieron burlas. “Banal”, dijeron. Como si la cultura pop no moviera masas, dinero, reputación y, sí, política.
Tres doritos después, como dice la chaviza, sus críticos, la misma fauna de pseudo intelectuales, comentócratas de ocasión y políticos oportunistas se conmovió —al borde de la lágrima— con Bad Bunny en el medio tiempo del Súper Tazón 60.
De pronto, Benito Antonio Martínez Ocasio dejó de ser para ellos “música ligera” y se volvió manifiesto: reivindicación latina y resistencia “woke”.
Algunos de ellos hasta hicieron suyo el estribillo emocional: “Todos somos Benito”. En unos minutos, el Conejo Malo encarnó a los latinos hartos de la política antimigrante de Trump. Se convirtió en un ídolo de quienes ni lo conocían.
Trump, siempre atento al termómetro de la atención, se subió al trend: endureció críticas contra el boricua y hasta se burló de su forma de hablar, con lo que deja claro que, en la era del clic, un pleito cultural rinde más votos que un debate serio sobre economía o geopolítica.
Sabe Trump que eso mueve percepciones, alinea tribus y fideliza simpatizantes con el mínimo esfuerzo: polémica barata, impacto alto.
Todo esto tiene nombre y apellido académico: Soft Power (o poder blando), concepto popularizado por Joseph Nye a finales de los años 80. Influencia por atracción y persuasión, no por fuerza, coerción o dinero.
Estados Unidos ha sido un campeón con Hollywood, Netflix, universidades de la Ivy League (escuelas privadas de élite, reconocidas por su prestigio académico, selectividad extrema y tradición histórica) y el “American Way of Life”.
Corea del Sur, a su vez, explotó el suyo con el K-pop (BTS), el cine (Parásitos) y su tecnología, mientras que Japón lo hace con el anime, su innovación y la narrativa de disciplina y paz.
¿Y México? Nuestro país tiene cultura de sobra, pero carece de una política de Estado que use el poder blando como herramienta estratégica.
La política cultural, a cargo de Claudia Curiel, luce más administrativa que visionaria: tramita, organiza, gestiona… pero no coloca a México en el mapa global con intención, relato y objetivos.
En cambio, de forma orgánica, el país se volvió referente mundial por la música regional. El problema es que el gobierno eligió el atajo de la prohibición y la censura contra canciones y artistas señalados por apología de la violencia.
Pero la demanda no desaparece; sólo cambia de canal. Y sin estrategia pública, el soft power mexicano queda secuestrado por quien sí entiende la influencia: el dinero criminal que auspicia carreras, escenarios y narrativas.
Por esa razón, mientras otros países exportan identidad con Estado y talento, México exporta ruido sin brújula.
Y si el gobierno no toma en serio el poder blando, otros lo seguirán usando a su favor: unos para ganar elecciones, como Trump… y otros para ganar territorio con dinero sucio, como el crimen organizado.
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ESTA SEMANA, el Congreso de la CDMX “reconoció” a Bad Bunny por el impacto de su música y por utilizar el alcance internacional para poner al centro de la conversación la identidad y las causas de la comunidad latina.
El morenista Víctor Hugo Romo fijó la postura en nombre de su bancada. Señaló que el artista se ha convertido en una voz de resistencia y orgullo latino.
Sin embargo, esto deja más un sabor a oportunismo político que a una idea de querer crear políticas para explotar el soft power que todavía no articula el Estado para un beneficio colectivo de México frente al mundo.
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Y como dice el filósofo… Nomeacuerdo: “La geopolítica ya no sólo se negocia: también se baila”.
POR ALFREDO GONZÁLEZ CASTRO
ALFREDO.GONZALEZ@ELHERALDODEMEXICO.COM
@ALFREDOLEZ
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