Gonzalo Celorio, Premio Cervantes

Gonzalo Celorio, Premio Cervantes

Hay elogios que se quedan en la superficie, y hay otros que obligan a tomar postura. Esta columna aspira a lo segundo: no a aplaudir por inercia, sino a reconocer —con plena conciencia— lo que significa que un mexicano reciba el Premio Miguel de Cervantes. Porque en tiempos de ruido, celebrar la inteligencia es, también, una forma de resistencia. Resistencia política, social, cultural, humana y muy personal.

“La nación mexicana está ligada a la historia y cultura españolas. México es parte de lo que Carlos Fuentes llamó felizmente el territorio de la Mancha”, dijo Gonzalo Celorio. Y en esa frase —aparentemente serena— hay una provocación elegante contra la tentación contemporánea de fragmentarlo todo: la historia, la lengua, la identidad, la gente, la vida misma.

“Si físicamente somos lo que comemos, espiritualmente somos lo que leemos”. Celorio no sólo escribe: fija coordenadas. Nos recuerda que la lectura no es ornamento cultural, sino arquitectura interior; que una sociedad que deja de leer no se empobrece: se descompone. Y hoy la descomposición puede ser, además, muy rápida.

“México y España son más que países hermanos”, afirmó Felipe VI. Y aunque la diplomacia suele abusar de las fórmulas, aquí hay una verdad que resiste la sospecha: compartimos una lengua que no nos uniforma, pero sí nos vincula en una conversación de siglos.

Por eso, lo ocurrido el 23 de abril en Alcalá de Henares no fue una ceremonia más en el calendario cultural. Fue una escena de alto simbolismo político —en el sentido más profundo del término—: la consagración de la palabra como espacio común en un mundo que insiste en dividirse. El paraninfo de la Universidad de Alcalá fue testigo de algo más que un discurso de aceptación.

Fue, en realidad, un acto de memoria. Cuando Celorio evocó a su padre —“tú llegarás hijo. Si no puedes, yo te empujo”— convirtió el galardón en un puente entre lo íntimo y lo público, entre la biografía y la historia. Entre él y todos, cada uno de nosotros.

Hay premios que consagran trayectorias, y otros que revelan civilizaciones. El Cervantes pertenece a la segunda categoría. No distingue sólo a un autor, sino a una tradición que ha encontrado en la lengua española un territorio compartido, tenso, contradictorio, pero profundamente fértil. Celorio se inscribe así en una constelación que incluye a Octavio Paz, Carlos Fuentes, Sergio Pitol, José Emilio Pacheco, Elena Poniatowska y Fernando del Paso. No es una lista: es una genealogía del pensamiento mexicano dialogando con el mundo.

El jurado habló de su “excepcional obra literaria” y de su contribución sostenida al idioma. Pero hay algo más difícil de nombrar: Celorio ha hecho de la palabra una forma de vida, una manera de habitar la realidad sin simplificarla. El ministro Ernest Urtasun definió su obra como un “ensayo literario sobre la vida”.

Y no es una frase menor: en un tiempo obsesionado con la velocidad, Celorio reivindica la pausa; frente a la estridencia, la precisión; frente al eslogan, la idea; frente al prejuicio, la reflexión. Cuando el rey recordó que “la literatura es una gran escuela de libertad”, no estaba repitiendo una consigna, sino señalando un hecho incómodo: quien lee, piensa; y quien piensa, difícilmente se somete sin resistencia.

Y aquí conviene decirlo sin rodeos: hay proyectos políticos que prosperan mejor en sociedades que leen poco y olvidan rápido. Por eso, celebrar a Celorio no es un gesto inocente. Es, también, una forma de reivindicar la inteligencia frente a la simplificación deliberada.

Porque mientras algunos se empeñan en subrayar diferencias —en exacerbar agravios, en administrar resentimiento —, la literatura hace exactamente lo contrario: teje continuidades, construye territorios comunes; recuerda lo que nos une sin negar lo que nos distingue.

El discurso de Celorio no fue una concesión al lugar común de la “diversidad”. Fue algo más exigente: una invitación a reconocernos en una lengua compartida que no cancela identidades, pero sí impide el aislamiento cómodo, hipócrita e inmoral de las trincheras.

Pienso que ahí radica la verdadera potencia de este momento: en recordarnos que la cultura no es un lujo decorativo del Estado, sino una de sus condiciones de posibilidad. Sin cultura —sin lectura, sin pensamiento—, lo público se degrada en propaganda.

Estoy convencida de que necesitamos más figuras como Celorio: intelectuales que no confundan notoriedad con profundidad, ni presencia mediática con influencia real. Más Quijotes, sí, pero no los caricaturizados, sino los que entienden que la palabra es, todavía, una forma de acción.

Porque en un país —y en un mundo— donde abundan los augures de la zozobra, los fabricantes de miedo y los administradores de la discordia y la división, el reconocimiento a un escritor es también un acto de afirmación colectiva. Celorio no sólo recibió un premio.

Nos recordó, con la sobriedad de quien ha dedicado su vida al idioma, que todavía es posible construir comunidad, futuro y esperanza desde la palabra. Y en tiempos donde todo empuja hacia la destrucción, eso —precisamente eso— es lo que merece celebrarse.

POR VERÓNICA MALO GUZMÁN

COLABORADORA

VERONICAMALOGUZMAN@GMAIL.COM  

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