Grietas en el frente interno de Putin: cuando la nevera grita más que la televisión
El régimen de Vladimir Putin siempre se ha basado en que los descontentos teman cualquier cosa del Estado y en que el Estado no tenga nada que temer de los descontentos. Para el resto, la receta es que la televisión hable más fuerte que el frigorífico, y ese duelo de electrodomésticos se le está empezando a complicar al régimen ruso. Cuatro años después del inicio de la invasión a gran escala de Ucrania, la guerra no sólo ha transformado el mapa del frente. También ha ahogado el paisaje social y económico de Rusia.
La economía rusa ha mostrado solidez para no colapsar a pesar de ser la más sancionada del mundo. Aunque los costes acumulados de la guerra no sean suficientes para derribar al régimen, sí restringen el margen de maniobra de Putin hasta virarlo hacia escenarios de riesgo que hasta ahora ha tratado de evitar: la movilización parcial de 2022 fue un shock que le indicó los costes políticos que puede tener esta guerra, por lo que desde entonces optó por un reclutamiento caro basado en comprar combatientes lejos de las capitales con sumas de dinero que resultan suculentas allí.
"Si Putin quiere ir más allá del Donbás, necesitará una movilización; no le bastará con el modelo actual", explica el empresario y opositor ruso Mijail Jodorkovski. Forzado a elegir a asumir costes de popularidad en un caso o costes financieros en otro, los problemas presupuestarios pueden adelantar ese giro que el Kremlin lleva tiempo preparando, agilizando o sofisticando todos los mecanismos del reclutamiento.
EL ESTANCAMIENTO LETAL
En el plano económico, distintos analistas coinciden en que el país ha entrado en una fase peligrosa. La economista Alexandra Prokopenko ha descrito la situación como una "zona de muerte": una economía que sigue funcionando, pero a costa de consumir sus reservas, su capacidad de inversión y su futuro crecimiento.
Las sanciones occidentales, diseñadas para limitar el acceso a tecnología, financiación y mercados energéticos, no provocaron el colapso inmediato que algunos anticipaban en 2022. Pero cuatro años después el efecto acumulativo empieza a sentirse, también en la mesa del comedor, con productos tan ligados a la dieta rusa como el pepino, que ha protagonizado la escalada sideral de este año duplicando su precio desde diciembre y ya cuesta casi cuatro euros el kilo. Igual que pasó con las patatas al principio de la guerra, en la calle y en el parlamento los llaman "los pepinos de oro".
El Banco Central pronostica una inflación anual de hasta el 5,5% este año. Suben las facturas de servicios públicos, los costes de la gasolina, los precios de los supermercados y los menús de los restaurantes. El desempleo se mantiene bajo, en el 2%: muchos brazos están ocupados con el esfuerzo bélico y cientos de miles han huido del país. La guerra ha dado una oportunidad a las provincias, tradicionalmente maltratadas en un Estado tan centralista: allí van las fábricas de armas, suben los salarios y se abren nuevos negocios. En zonas todavía más pobres, los soldados regresan del frente con los bolsillos llenos. Si vuelven en una caja, es su familia la que recibe una inyección económica que pronto revierte en la zona. La guerra es un negocio para el Kremlin y también para la aldea, pero está basada en acero consumible, que no regresa del frente y no produce ningún valor a menos que se logre someter a Ucrania.
MÁS BAJAS QUE RECLUTADOS
A esta presión estructural se suma el coste humano de la guerra. Investigaciones independientes basadas en obituarios, registros y fuentes abiertas estiman que las muertes rusas en combate ascienden, según el CSIS, a 325.000: esto es más o menos el doble de las bajas de Ucrania en el campo de batalla y cinco veces más que en todas las guerras rusas y soviéticas juntas desde la Segunda Guerra Mundial. Rusia avanza, sí, pero a un ritmo de sólo 15 a 70 metros por día. Según el Instituto de Estudio de la Guerra, a Putin le cuesta entre 78 y 85 bajas (muertos o heridos graves) cada kilómetro que ocupa en Ucrania.
Más de 422.000 personas firmaron contratos con el ejército ruso en 2025, menos que el año anterior. En un mes normal, va más gente al frente de la que vuelve en ataúdes, pero tanto el pasado diciembre como el pasado enero el saldo fue negativo y las tasas de deserción están en su punto más alto desde que empezó la guerra.
Ucrania tiene cuatro veces menos población y también sufre deserciones y fatiga, pero allí es la guerra de todos y en Rusia es la guerra de Putin. "Rusia es un Estado-civilización, y resuelve sus problemas como considere", trata de zanjar Alexander (nombre ficticio), funcionario del Gobierno ruso. Aunque el estallido de la guerra le pilló de sorpresa, elude criticarla y muestra confianza en que "todo el mundo aprenda la lección".
La receta de invadir a los ucranianos sin sobresaltar a los rusos la concibió Putin con la esperanza de que Ucrania ofrecería, más pronto que tarde, menos resistencia que ahora. Pero la cacareada "desnazificación" y "liberación" de Ucrania dura ya más que la invasión nazi de la URSS. Mientras tanto, no ha dejado de perfeccionarse la maquinaria para una ofensiva mayor, más allá del Donbás o incluso de Ucrania. En los últimos dos años, el marco legal se ha afinado de forma significativa: se ha introducido la notificación electrónica obligatoria, que hace innecesaria la entrega física de citaciones, y se han endurecido las sanciones para quienes ignoran el llamamiento a filas. Además, se ha avanzado hacia un modelo de reclutamiento prácticamente continuo, en lugar de las tradicionales campañas estacionales. Los reclutas no vendrán en oleadas; podrán ser un flujo cuando sea necesario.
MOSCÚ TE LEE
Hasta ahora, la fórmula de Putin ha sido mantener a las grandes ciudades rusas lo más ajenas posible a los problemas y contradicciones de la guerra -que sigue sin llamarse por su nombre- y, al mismo tiempo, hacerla atractiva en las provincias. "La Rusia moderna compra las vidas de familias pobres de regiones míseras para hacer la guerra", denuncia Serhi Plokhy, historiador ucraniano. "La guerra de Afganistán fue desafortunada para la Unión Soviética, pero las pérdidas se distribuyeron de forma aleatoria e igualitaria porque la libraron oficiales competentes y luego reclutas que provenían de cualquier estrato social... quizá la alta nomenclatura podía salvar a sus hijos, pero en general todos los demás podían ser llamados a servir en Afganistán. Ahora esto es totalmente diferente".
Paralelamente, se ha intensificado el control sobre la conversación pública y privada. Tras meses de restricciones, YouTube y WhatsApp están completamente bloqueados. Telegram, una de las principales fuentes de información no controlada por el Estado, está siendo restringidas estos días. El viernes, Putin firmó una ley que obliga a los operadores móviles a bloquear los servicios de internet a petición del servicio de seguridad FSB.
Estas medidas buscan limitar la circulación de información sensible sobre bajas, futura movilización o descontento interno. Se empuja a la población para que use una aplicación impulsada por el Estado, Max, que viene preinstalado en todos los nuevos teléfonos y tabletas.
Mientras, la televisión sigue tronando. Los medios rusos han comenzado a informar cada vez más sobre las "buenas" iniciativas de Rusia Unida. El mensaje que hay que trasladar es que "siempre sale el sol gracias al partido". Una arenga de tiempos soviéticos mucho más barata que los pepinos del tardoputinismo.