"Hoy ya queda poco de nosotros. Son cuatro años de guerra que parecen 20"

"Hoy ya queda poco de nosotros. Son cuatro años de guerra que parecen 20"

La señora Vita limpia con mimo la foto de su hijo Viktor y la besa. A sus 82 años viene cada día a este cementerio de Járkiv a hacerlo aunque haga 10 grados bajo cero y todo esté congelado, como si el tiempo se hubiera detenido en ese pequeño gesto de humanidad. Hasta 2024 vivía en la ciudad de Vovchansk, frontera con Rusia, que ahora está ocupada por las tropas de la Z y donde quedó su casa destruida y el cadáver de su otro hijo, al que no pudo ni siquiera enterrar. "Sólo quiero pedir que le den a Viktor la medalla de héroe de Ucrania, porque dejó toda su vida para luchar por su país", dice Vita, que se ve obligada a vivir en una residencia de ancianos. Justo en ese momento pasa sobre nosotros un dron Shahed con su terrorífico sonido hacia la ciudad. Minutos después, escuchamos su detonación al alcanzar su objetivo.

Alrededor del hijo de Vita crece a diario el océano de banderas, una por cada tumba de militar ucraniano que muere en la guerra. Es domingo y varias familias y compañeros de armas se han acercado a traer flores. Una madre deja cigarrillos y dos latas de cerveza en la tumba de su hijo el día de su 27 cumpleaños. Hay tumbas recientes, de las que se cavan casi a ras del suelo, y que según la tradición ucraniana son para que el alma del fallecido decida si se va o se queda en este mundo, y otras más profundas y permanentes, que se terminan al año aproximado del primer entierro. La mejor generación de Ucrania descansa en ellas. También hay otras vacías, con la tierra recién removida, esperando a sus próximos inquilinos. Ningún lugar muestra mejor lo que es una guerra y ejemplifica eso que aquí llaman "el precio a pagar", que no es otra cosa que el sacrificio de Ucrania en una guerra existencial.

Un fracaso sangriento

La "operación militar especial" que iba a durar tres días entra esta semana en su quinto año de guerra, convertida en una obsesión personal de Vladimir Putin. No hay ninguna razón bélica que sostenga esta prolongación carnicera y criminal de uno de los mayores desastres militares de la historia reciente. La realidad es que, pese a los esfuerzos de su coro de propagandistas, el Kremlin no ha cumplido ninguno de sus objetivos del 24 de febrero de 2022 pese a presumir de uno de los ejércitos más poderosos del mundo. Ucrania sigue en pie y Zelenski continúa al frente, exactamente en el mismo lugar en el que grabó el vídeo el 25 de febrero de 2022 en el que aseguraba, ya vestido de verde militar: "El presidente está aquí".

Soldados ucranianos observan el cielo en busca de drones.

Soldados ucranianos observan el cielo en busca de drones.ALBERTO ROJAS

Putin, atascado en el hielo del Donbás, dirige a su país hacia una degradación económica galopante y apuntala un descenso al totalitarismo más imperialista. Los datos son claros: en la Gran Guerra Patriótica, de junio de 1941 a mayo de 1945, el Ejército Rojo avanzó 1.600 kilómetros desde Moscú hasta Berlín. En esta guerra, que ya ha superado a aquélla, las fuerzas rusas en Donetsk, su puño principal, han avanzado solo 60 kilómetros en cuatro años. Desde el principio de esta carnicería, casi todos los analistas opinaban que el tiempo corría en contra de Ucrania y a favor del oso ruso, pero Kiev ha resistido y ahora, quizá por primera vez desde 2022, Ucrania puede ser para Rusia lo que supuso Afganistán para la URSS.

Los soldados de primera línea se han convertido en topos que viven en refugios bajo tierra sin poder moverse ni salir al exterior. Para corroborarlo vamos hasta Sloviansk, en pleno corazón del Donbás, a conocer al que es, probablemente, el ucraniano que más tiempo ha pasado en uno de estos agujeros. Para llegar tenemos que viajar por la carretera desde Izium, totalmente cubierta por una malla antidrones, y hacerlo a toda velocidad. A ambos lados de la calzada vemos coches civiles quemados por drones rusos, lo que añade su punto de inquietud a la travesía. Sloviansk es, curiosamente, donde este enfrentamiento comenzó en aquel lejano 2014, con el levantamiento de los rebeldes prorrusos, comandados por paramilitares como Igor Girkin o Arseni Pavlov, conocido como Motorola.

Enterrados en vida

El liviano Sergiy Tyshchenko, de la 30.ª Brigada Mecanizada, nos da su mano nudosa como el cáñamo. Veterinario en su vida civil, recibió formación en medicina táctica y fue enviado a una de las posiciones más avanzadas del frente del Donbás para poder curar y evacuar a sus compañeros. Por falta de médicos y el peligro que supone una rotación bajo el vuelo de miles de drones enemigos, permaneció 471 días en un refugio cavado a mano, compartiendo espacio con plagas de ratones.

Sergiy Tyshchenko, en Sloviansk.

Sergiy Tyshchenko, en Sloviansk.ALBERTO ROJAS

"No vi la luz del sol en todo ese periodo", reconoce. Tanto él como sus compañeros recibían "alimentos, medicinas, munición y agua transportados por drones de gran tamaño, pero a veces las botellas se rompían por caer desde esa altura", dice Sergiy, que reconoce que la falta de agua fue su peor problema, junto a la degradación paulatina de su salud. "El refugio era tan pequeño que teníamos que estar de rodillas y eso me ha provocado lesiones y dolores ya de por vida. Un compañero mío fumaba dentro, así que cuando salimos de allí, yo tenía los pulmones incluso peor que él".

Aislados en el campo de batalla

Pero lo que más le torturaba era el aislamiento. "En esa posición no teníamos conexión por internet con Starlink, lo que provocaba que, cada dos semanas, uno de nuestros compañeros tenía que jugarse la vida y recorrer unos kilómetros hasta encontrarse con otro compañero que salía de la base. A medio camino, le entregaba un pen drive con la situación militar y mensajes en vídeo de nuestras familias. Y eso era lo que nos mantuvo con vida", cuenta Sergiy. "A veces nos atacaba el enemigo y teníamos que salir al exterior y rechazarlo. Matamos a muchos rusos y ellos a algunos de los nuestros".

El ejemplo más cercano a esta situación en la historia bélica es el de los militares japoneses que quedaron aislados combatiendo en islas del Pacífico cuando la Segunda Guerra Mundial había acabado años atrás. "No sabíamos si la guerra había terminado, si los rusos habían sobrepasado nuestra posición o si los nuestros se habían olvidado de nosotros", asegura Sergiy, que finalmente recibió la orden de salir, recorrió a pie el camino de vuelta tras los 471 días enterrado en vida, y fue directo camino del hospital a recuperarse. Allí recibió la medalla que lo acredita como "Héroe de Ucrania".

Picadora de carne

La invasión de Ucrania va desapareciendo poco a poco de los informativos. Casi ha quedado normalizada y enquistada como una herida sangrante en la geopolítica global, pero estamos en el momento en el que más militares y civiles mueren. El frente de batalla es hoy el más letal en la historia de los conflictos armados. La robotización por tierra, mar y aire ha convertido este enfrentamiento en una picadora de carne que deja cientos de muertos y mutilados cada 24 horas, a veces miles.

Son consistentes los análisis que sitúan la factura total en más de un millón de bajas rusas y quizá unas 700.000 ucranianas. Además, Putin machaca las ciudades ucranianas a distancia, en la confianza equivocada de que ese castigo a los civiles tumbará la moral de la población y los someterá, pero el autócrata ruso ha demostrado que no conoce a los ucranianos, por mucho que él repita que ucranianos y rusos son el mismo pueblo. Desde que Trump habita de nuevo la Casa Blanca el número de ataques de Rusia ha crecido un 26%, algo que contradice su lema, "la paz a través de la fuerza", y su insistencia en considerar a Joe Biden un presidente "dormido".

Un viaje de vuelta

El lector que haya seguido la guerra por las crónicas de este reportero se ha ido encontrando con la historia año tras año de los tres tripulantes de un tanque T64, al que llamaban El sapo, perteneciente a la 92.ª Brigada Mecanizada, desde el principio de la invasión. Uno de ellos (Yevgeni) murió a sus 20 años en el otoño de 2022 y otros dos siguen vivos. Nos reunimos con ellos en el frente de Dnipro, donde están desplegados. Andrii, que era el comandante del carro de combate, hoy es sargento mayor. En estos cuatro años se casó, tuvo un hijo, fue herido de gravedad por un helicóptero ruso y se recuperó para volver a luchar. Viktor también se enamoró, se casó y tuvo otro hijo, pero ahora está divorciado, pidió dejar los tanques por pánico a los ataques de dron y ahora él mismo es piloto de drones.

Yevgeni, Viktor y Andrii, en la pprimavera de 2022, con su tanque.

Yevgeni, Viktor y Andrii, en la pprimavera de 2022, con su tanque.ALBERTO ROJAS

- ¿Cómo os veis en las fotos que os hice hace cuatro años?

- Queda muy poco de nosotros. En cuatro años de guerra hemos envejecido 20.

- ¿Cómo os sentís? Sólo tenéis 25 años...

- Estamos cansados siempre, sin energía. Yo tengo problemas de vista y de oído por las conmociones cerebrales [Andrii]. Yo tengo dolores de espalda y migrañas [Viktor].

Hay algo más que Viktor no cita, que nunca vimos en las anteriores entrevistas con él pero que resulta evidente: el temblor de su cuerpo y sus manos, un síntoma de hiperactivación del sistema nervioso tras exposición continuada al combate, explosiones y amenaza constante.

Viktor y Andrii, en febrero de 2026.

Viktor y Andrii, en febrero de 2026.ALBERTO ROJAS

"Hay cosas que ya no te quitas de la cabeza", dice Andrii. "Por ejemplo, estábamos realizando un asalto con blindados a una posición enemiga y llevábamos a 15 soldados sobre nuestro carro de combate. Los rusos dispararon un proyectil contra nuestro tanque que nos dio de lleno. Nosotros salvamos la vida porque íbamos dentro, pero de 15 compañeros que iban subidos en el exterior murieron todos menos uno", cuenta. Viktor añade otro recuerdo de su catálogo de horrores personales: "Yo no puedo olvidar el olor de los muertos. Varios días pasamos con el tanque por una zona que estaba llena de cadáveres rusos. Hacía calor y olían tanto que ese hedor se te mete en la cabeza".

Ya hay pocos soldados que combatan sobre la tierra y no bajo ella. Las unidades de asalto, encargadas de tomar las posiciones del enemigo, aún lo hacen, pero sus riesgos se han multiplicado en las llamadas zonas de aniquilación. Queremos entrevistar a uno de los líderes que combate en la Brigada Jartia, responsable de la reciente liberación de la ciudad de Kupiansk, pero para nuestra sorpresa, no es ucraniano, sino peruano. Se trata del sargento mayor Chapa por su nombre de guerra, un hombre de escasa estatura pero duro como el granito, disciplinado y eficiente que muestra una herida reciente bajo el ojo por esquirla de metralla. "Es un honor recibir este ascenso siendo extranjero", dice, orgulloso.

- ¿Estás aquí por el dinero?

- No sólo por el dinero. Si sólo fuera una cuestión económica estaría en el bando ruso, que paga mejor, pero estoy alineado con la lucha por la libertad de Ucrania.

'Chapa', sargento peruano de la Brigada Jartia.

'Chapa', sargento peruano de la Brigada Jartia.ALBERTO ROJAS

Para hablar con Chapa hemos tenido que recorrer una carretera llena de cráteres en la que atravesamos varias aldeas con todos sus edificios destruidos por la lepra de la guerra.

Chapa estuvo años combatiendo el "narcoterrorismo" en su país, pero le faltaba una guerra en su currículum. Ahora lleva ya año y medio y tres operaciones para sacarle metralla del cuerpo.

- Te has enfrentado cara a cara con los soldados rusos. ¿Cómo los definirías?

- Muchos de ellos son muy indisciplinados. La ausencia de esa disciplina es la que a nosotros nos permite imponernos a ellos. Muchas veces salen de sus refugios a fumar sin chaleco ni casco, incluso tiran el paquete en cualquier parte. Eso nos da una pista de dónde están escondidos para luego asaltar su posición. A veces incluso beben vodka y entonces son blancos fáciles para nosotros.

Junto a Chapa se sienta una doctora de su misma unidad, Guajiros, un batallón de hispanohablantes y lusoparlantes, la mayoría procedentes de Brasil, como ella. Se hace llamar Pumaneyra. "Vine aquí porque sentí que era lo que Dios me pedía. Yo en Brasil ya sabía medicina táctica, pero en Ucrania ha habido cambios profundos. Por ejemplo, como ya no hay evacuaciones en menos de dos horas, tratamos de colocar el torniquete justo sobre la herida y no donde empieza el brazo o la pierna, ya que damos por hecho que habrá que amputarlo y queremos que la amputación no sea de toda la extremidad, sino de la parte herida", dice. Eso explica la legión de mutilados que uno puede ver en las calles de las grandes ciudades ucranianas.

Estos voluntarios ponen de manifiesto el carácter internacional de esta fase de la guerra, donde cada vez son más demandados los traductores para poder entenderse entre unidades. Actualmente, miles de colombianos, la nacionalidad más presente entre los extranjeros, combaten en los frentes de batalla.

Vivos, muertos y desaparecidos

Tras cuatro años de guerra, las cicatrices de las bombas, los drones y los misiles están por todos lados. Para este reportaje, hemos intentado contactar con muchas personas que en algún momento aparecieron en las crónicas de este reportero. Por desgracia, no todas están vivas. Una foto tomada en 2023 en Konstiantinivka muestra a tres soldados de la 80.ª Brigada de asalto que posan con su capitán, Yuri Gagarin, bautizado así en honor al primer cosmonauta de la Historia, a su regreso de la toma de la ciudad de Klishivka. El propio Gagarin nos cuenta hoy que uno de ellos murió, otro desapareció en combate y el tercero, él mismo, sigue vivo. La oficial de prensa que nos ayudó aquel día, Katia, es hoy piloto de drones. Konstiantinivka, el lugar de la entrevista, ha sido reducida a cenizas.

Vivienda agujereada en la ciudad de Izium.

Vivienda agujereada en la ciudad de Izium.ALBERTO ROJAS

Otros siguen vivos y en pie: Yara Chornohuz, la poeta guerrera, aún sirve en los Marines de Ucrania y leyó sus poemas a los políticos europeos la pasada semana en Múnich. Olexander Ivantsov, el último ucraniano en romper el asedio de Azovstal, continúa luchando, así como la capitana Alina Mijailova y tantos otros.

No pudimos encontrar a la señora Liudmila, que sobrevivió durante años en su sótano de la ciudad de Limán (el "camarote del Titanic" lo llamaba su marido, Viktor) y no sabemos si ha muerto. El teléfono de Olexander Chukhil, el dentista de Saltivka que iba perdiendo sus dientes por hambre durante las primeras semanas de la invasión, ha dejado de funcionar y nos tememos lo peor. Tampoco sabemos si sigue viva Katia, de 68 años, una babushia (abuela) rubia de modales elegantes que conocimos en un refugio de Huliaipole (Zaporiya), hoy convertida en zona de guerra... Por desgracia la lista es demasiado larga.

Este reportero recuerda un entierro en el cementerio militar de la ciudad de Leópolis los primeros días de la invasión. Había unas decenas de tumbas recientes con la bandera azul cielo y dorado cereal. Nadie pensaba entonces que esta salvajada duraría tanto. Hoy hay un mar de miles de tumbas. Y la guerra continúa.