La tibieza del rey Carlos III con su hermano Andrés, ante el caso Epstein, socava los cimientos de la Monarquía

La tibieza del rey Carlos III con su hermano Andrés, ante el caso Epstein, socava los cimientos de la Monarquía

Especialistas policiales continuarán hasta el lunes el minucioso registro de Royal Lodge, la mansión en los dominios de Windsor donde el ex príncipe Andrés ha vivido hasta hace apenas unas semanas, en busca de posibles pruebas que apuntalen las sospechas de "conducta inapropiada" en el ejercicio de cargo público por las que fue detenido durante 11 horas el jueves, en el marco de una de las derivadas del pozo sin fondo que está siendo el caso Epstein. Pero mientras "la justicia sigue su curso", en expresión del mismo Carlos III, el foco de la opinión pública vuelve a dirigirse hacia la Monarquía británica, que atraviesa su mayor crisis desde la abdicación de Eduardo VIII en 1936, siendo además la actual de una naturaleza mucho más corrosiva y difícil de encapsular.

El gran problema para la institución y para su actual titular no es ya cuán larga pueda ser todavía la mancha de la silueta de quien fuera hijo favorito de Isabel II, dado que aún se espera que vean la luz muchos documentos secretos y las pesquisas policiales no han hecho sino comenzar. La investigación policial podría prolongarse durante meses, igual que una hipotética decisión de procesamiento por parte del Servicio de Fiscalía de la Corona del Reino Unido, y para ver en el banquillo a Mountbatten-Windsor, si es que ese escenario llegara a materializarse, seguramente harían falta años. Y, mientras, inevitablemente, cada nueva noticia sobre el ex príncipe dañará la imagen de la dinastía Windsor. Pero la auténtica dificultad que el rey y los suyos están obligados a sortear es de credibilidad por cómo han gestionado hasta ahora la larga crisis de Andrés, desde su estallido hace una década. Y, en concreto, Carlos III sufre ya las consecuencias de los dos interrogantes que hoy más se repiten entre los ciudadanos británicos: en qué medida ha encubierto Buckingham todos estos años a Andrés; y hasta qué punto la actuación del monarca desde su llegada al trono en septiembre de 2022 en este asunto ha primado o no el interés general.

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Y a los británicos parece que no les está gustando nada cómo se están haciendo las cosas desde Palacio. Una encuesta de Ipsos difundida la víspera del arresto del ex príncipe, con datos ya recabados tras la publicación de los archivos desclasificados de Epstein que dejan intuir que Andrés actuó como un espía para el empresario pedófilo filtrándole documentos sensibles del Gobierno británico mientras ejercía como representante especial para el Comercio Internacional y la Inversión, es demoledora para la Corona. Sólo el 28% de los ciudadanos cree que la familia real ha gestionado bien la crisis, nueve puntos menos del dato ya muy pobre de otro sondeo de la misma empresa del mes de noviembre.

El respaldo a la Monarquía a duras penas alcanza el 50%, aunque se ha disparado preocupantemente el desapego entre los jóvenes. Y en cuanto a popularidad, se ha reducido la de todos los miembros de la dinastía, incluidas las figuras tradicionalmente más reconocidas, como son la princesa Ana, hermana del rey, y en especial los príncipes de Gales, Guillermo y Catalina, quienes, con todo, mantienen una alta aceptación del 63 y 62%, respectivamente, lo que les confirma como la auténtica joya de la Corona actual, muy por delante de Carlos III, quien sólo concita la opinión favorable del 48%, muy lastrado por la debilidad que ha demostrado hasta ahora respecto a su hermano.

Erráticos gestos del soberano

Hoy se hace una relectura de los erráticos gestos del soberano, que le dejan sensiblemente tocado. En su histórica jornada de coronación en Westminster, en mayo de 2023, con la asistencia de decenas de mandatarios de todo el mundo, el rey no se atrevió a privar al príncipe Andrés de su presencia en la ceremonia. Es cierto que su defenestración se volvió a evidenciar aquel día al negársele el derecho a formar parte de la foto de familia en la icónica balconada de Buckingham. Pero la imagen del duque de York estaba ya entonces tan denostada que sufrió no pocos abucheos mientras se dirigía a la Abadía.

Muchos pensaban con la subida al trono de Carlos III que éste iba a cortar por lo sano y que iba a imponer el cordón sanitario imprescindible para proteger a la Corona que Isabel II se había negado en redondo a establecer. Todavía hoy sigue grabada en la retina de los británicos la imagen de la reina llegando a la solemne misa por la memoria de su marido, el duque de Edimburgo, en marzo de 2022, meses antes de fallecer ella misma, del brazo de Andrés, en una inequívoca demostración de apoyo a su ojito derecho, cuando ya era un apestado para todos.

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La reina se fue viendo obligada, progresivamente, primero a hacer renunciar a su hijo predilecto del cargo de representante especial para el comercio internacional; después, a retirarle de todas sus funciones como miembro de la dinastía una vez que estalló con toda su crudeza la denuncia por abusos de Virginia Giuffre; y finalmente, a despojarle con dolor de sus honores militares. Pero la reina nunca le dejó de lado e incluso se hizo cargo del grueso de los 12 millones de libras con los que Andrés selló un acuerdo extrajudicial con Giuffre para evitar un juicio civil en Norteamérica. Documentos desclasificados en Estados Unidos revelaron que, ya en 2011, la soberana calificaba la relación de su hijo con Epstein como "poco prudente", aunque mantenía hacia él su "apoyo total". Y es sabido que, angustiada, pidió a su Heredero que cuando ella ya no estuviera viva no le dejara en la estacada.

Carlos III, ya en la jefatura del Estado, sí se mostró inflexible sobre la posibilidad de que Andrés pudiera ser rehabilitado jamás en la vida institucional, con lo que el príncipe soñó durante bastante tiempo, confiado en que el caso Epstein se terminara enfriando y sus golferías sexuales quedaran indultadas. Todo lo contrario a lo que ha acabado pasando. Pero, en el terreno humano y familiar, el rey sí ha cumplido lo que prometió a su madre hasta fechas muy recientes, algo que ahora se le vuelve como un bumerán.

Y es que, después de la mencionada coronación, a Andrés, aun apartado del todo de la actividad de la Casa Real, se le permitió seguir gozando de privilegios como miembro de la familia real, en especial el de seguir residiendo a cuerpo de rey en la formidable Royal Lodge, y continuó participando en celebraciones a caballo difuso entre lo público y lo privado, como era su asistencia, por ejemplo, a misas de Navidad o Pascua con el resto de la dinastía en Sandringham. Todo ello le resultaba inconcebible a buena parte de la opinión pública y publicada del Reino Unido. En 2023, de hecho, Carlos III incluso invitó a las celebraciones navideñas, incluido ese especial servicio religioso, a Sarah Ferguson, quien mantenía una relación sentimental renovada con su ex marido Andrés.

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Distintos especialistas en la institución, y libros como William & Catherine: The Intimate Inside Story, que ve la luz estos días, corroboran la fuerte tensión que en los últimos años ha habido entre los equipos de Carlos III y de su sucesor, el príncipe Guillermo, porque el segundo siempre ha pensado que la tibieza con la que Palacio estaba actuando con Andrés les acabaría pasando una fuerte factura. Como así está ocurriendo.

Punto de inflexión

El pasado octubre se vivió un punto de inflexión, principio del fin de Andrés como príncipe. Durante el funeral de la duquesa de Kent, las cámaras captaron el incómodo momento del Heredero mientras su tío intentaba darle conversación y sonreía con alguna ocurrencia ante un Guillermo prácticamente mudo, con cara de circunstancia y visiblemente irritado por la compañía. Se sabe que Kensington se plantó entonces y advirtió a Buckingham de que si no se despegaban del todo del garbanzo negro de la dinastía, toda entera iba a quedar contaminada y sin posibilidad de recuperar el respaldo ciudadano perdido.

Guillermo se sentía, valga la analogía, como en España Don Felipe en los últimos años del reinado de Don Juan Carlos, cuando se veía atado de pies y manos para establecer cortafuegos con sus familiares y regenerar la institución en aras de dotarla de ejemplaridad máxima.

Poco después se dieron a conocer los primeros extractos de las memorias póstumas de Virginia Giuffre, seis meses después de su muerte, en las que señalaba todavía más al príncipe con revelaciones como la de que éste mantuvo relaciones sexuales con ella cuando apenas tenía 17 años, y en las que queda retratado como un perverso depravado.

Ahí ya sí que el príncipe Guillermo pudo empezar a tomar el control de la Corona para atajar el escándalo, como convenientemente señalaron fuentes próximas al Gobierno a BBC Newsnight, en medio del creciente malestar del Ejecutivo que lidera el laborista Keir Starmer.

A finales de octubre, Carlos III despojó a su hermano de todos sus títulos y honores, incluida la dignidad principesca. Y días después se informó de que se le había ordenado también abandonar el recinto de Windsor. Todo era una operación de salvamento algo desesperada, que llegaba probablemente demasiado tarde. Y todavía vendría la reciente desclasificación de documentos de Epstein, con la que presumiblemente no contaba nadie en Londres, que llevó este jueves al primer arresto de un miembro de la dinastía en más de tres siglos.

La acción de la justicia permite a la Monarquía abrazar el relato de que ya no cabe impunidad para nadie, por muy cerca que se esté del Trono. Pero que haya arrastrado tanto los pies Carlos III le dificulta considerablemente sobreponerse a esta crisis y aun cabalgarla.

La indignación de los ciudadanos es tal que ya no se perdona un solo paso en falso en la institución. No faltan críticas ni por el hecho de que Andrés haya encontrado nuevo cobijo en Marsh Farm, casona en los terrenos de Sandringham, en Norfolk, propiedad particular del rey. Otras críticas exceden en realidad a lo que puede hacer el monarca. Así, por ejemplo, cabe recordar que Andrés sigue siendo duque de York, conde de Inverness y barón de Killyleagh, aunque se le haya instado a no usar jamás tales títulos. Pero despojarle de los mismos requeriría una legislación especial de las Cortes, que hasta la fecha nadie ha impulsado en serio.

Y mucho más delicada, por supuesto, es la cuestión sobre el orden sucesorio al trono, que el Gobierno de Starmer se plantea ya remover, según adelantó ayer la BBC. Andrés sigue ocupando el octavo puesto en la línea, algo que sólo podría cambiarse mediante una complejísima reforma de la Ley de Sucesión, que no sólo pasaría por su aprobación en Londres, sino que exigiría el concurso de las otras 14 naciones de las que Carlos III es rey. Y, todo son problemas para éste, a nadie se le escapa que meterse en semejante berenjenal ahora mismo podría reabrir el debate republicano en naciones donde está dormido como Australia, y acelerar los procesos de desvinculación con la Corona en otras que van en esa dirección desde hace años, como Jamaica.