Los de abajo, legado literario
La novela Los de abajo nació en 1915, en El Paso, Texas, mientras Mariano Azuela (1873–1952) huía de la guerra y la derrota, lejos de cualquier épica heroica. Como señaló su nieto, Óscar González Azuela: “Inicialmente apareció como folletín bajo el título Cuadros y escenas de la Revolución actual, pero en 1916 se publicó finalmente como libro”. Esta precisión es importante, pues la obra fue escrita “en caliente, desde el exilio, el hambre y el desencanto”.
La novela más conocida del escritor jalisciense alcanzó gran popularidad cuando se volvió a editar por entregas en 1925 en El Universal Ilustrado. Desde entonces gozó de una gran recepción y, con el tiempo, los escritores mexicanos la tomaron como un referente. Octavio Paz, por ejemplo, dijo “Los de abajo fue la novela que mejor mostró la tragedia y el absurdo de la Revolución Mexicana, con una mirada profundamente humana y crítica”.
Mientras que para Carlos Fuentes, Azuela fue el autor a quien se le debe la “novela moderna en México porque impidió que la historia revolucionaria se impusiera totalmente como celebración épica”.
A más de un siglo de su escritura, dice González Azuela “Los de abajo continúa siendo una obra incómoda, vigente y profundamente reveladora. Lejos de los homenajes oficiales o las lecturas escolares apresuradas, la novela sigue interpelando al país desde un lugar crítico: el de una Revolución que prometió transformación, pero dejó intactas muchas de sus desigualdades”.
En este sentido, explicó que “el contexto del exilio no fue menor, ya que Mariano Azuela no escribió desde la comodidad ni desde la distancia. “Venía huyendo como médico de tropa, con los villistas, tomando apuntes de lo que veía, de lo que oía, de lo que le contaban, no tenía ni para comer, por lo que la escritura fue también una forma de supervivencia”, recordó el también historiador, quien contó que por el folletín le pagaron tres dólares por semana durante cuatro semanas, es decir, doce dólares para sobrevivir un mes.
“De esa precariedad nació una prosa seca, fragmentada y sin concesiones”, agregó.
El investigador estadounidense John S. Brushwood señaló: “Azuela no glorificó la lucha, mostró la brutalidad y el fracaso moral que trajo consigo la violencia revolucionaria”. Esta honestidad, reconoció su nieto, distinguió a la obra de cualquier propaganda oficial y la hizo contemporánea.
Sobre los personajes, González Azuela precisó que “todos estuvieron basados en personas reales”. Durante la huida de Tepatitlán a Zacatecas, Aguascalientes y luego Chihuahua, Azuela registró diálogos, escenas y la confusión del pueblo. Posteriormente, “lo pespunteó y armó la novela”, motivo por el que el título original fue Cuadros y escenas de la Revolución, una suma de fragmentos que mostraban el caos, la violencia y la pérdida.
“La obra de Azuela fue fundamental porque describió la Revolución desde los ojos de los campesinos, quienes fueron sus principales víctimas. Los de abajo fueron el corazón de la historia; sus sufrimientos, decisiones y contradicciones constituyeron la verdadera materia de la novela”, apuntó el historiador.
Y resaltó que reducir la obra a la primera novela de la Revolución Mexicana resulta insuficiente: “Es más que eso. No es solo la primera, es la más incómoda. No es propaganda, es autocrítica”.
En uno de los diálogos centrales, Luis Cervantes, estudiante y periodista, escucha a Demetrio Macías preguntar: “¿Cuál causa defendimos nosotros?”, una cuestión que, según su nieto, continúa vigente.
“El humo de la fusilería no acabó de extinguirse… y Demetrio Macías, con los ojos fijos para siempre, siguió apuntando con el cañón de su fusil. Eso fue México. La Revolución no se había cumplido. Quién sabe si se cumplirá”, añadió.
Y compartió que incluso Diego Rivera y José Clemente Orozco encontraron en Los de abajo un espejo de su propia mirada crítica: “Fueron grandes amigos de mi abuelo. Los tres fueron fundadores de El Colegio Nacional. Rivera pintó escenas de la novela, incluso en el mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda, y Orozco también la reinterpretó. El pueblo seguía viéndose retratado en sus trazos, igual que en la novela”, compartió.
Azuela, sin embargo, contó su nieto, nunca se sintió cómodo con la oficialidad cultural por lo que rechazó ingresar a la Academia Mexicana de la Lengua con la frase que se volvió legendaria: “La Academia de la Lengua me vino como a los rancheros unos choclos de charol y unos calcetines de seda”. “Simplemente, no le interesaba la oficialidad”.
Por otra parte, cuando se cumplieron los cien años de Los de abajo, recordó, pasó casi desapercibida.
“En el FCE me dijeron que la obra ya había muerto. Eso fue no entender nada”. Sin embargo, la novela sigue caminando sola, con apoyo o a pesar de las instituciones. Incluso enfrentó censura en cine, como la adaptación de Servando González, pero al final se logró mostrar la Revolución tal cual: voraz, violenta y contradictoria”, compartió.
“Los de abajo no solo documentó la Revolución, sino que inauguró una tradición literaria que influyó en escritores como Juan Rulfo y José Revueltas. Su mezcla de realismo social y crítica política mostró cómo los ideales se distorsionaron por la guerra, convirtiéndose en un referente histórico y literario en México y América Latina”, reiteró González Azuela.
Y concluyó: “La Revolución estaba en la cabeza. Triunfaba cuando la gente llegaba, no cuando la acarreaban. Mientras no exista el pensamiento crítico, Demetrio Macías seguirá apuntando con el fusil”.
Por Azaneth Cruz
EEZ