¿Y ahora?
¿Qué puede hacer México?
No quiero aburrirlos, queridos lectores, con el recuento de las amenazas, amagos y ofensivas que ha emprendido en los últimos días Donald Trump contra quienes él percibe como sus adversarios o sus objetivos. Baste decir que además de arremeter contra Cuba, Colombia, México, Irán, Groenlandia, Dinamarca y la OTAN, ahora su Departamento de Justicia ha iniciado acciones legales en contra del presidente de la Reserva Federal (o Banco Central), con pretextos legaloides para cobrarle el agravio de no bajar las tasas de interés al ritmo que Trump quisiera.
La semana pasada Trump dio una extensa entrevista al New York Times, dos horas en su oficina en la Casa Blanca, en la que se muestra tal cual, feliz con su poderío, afirmando que la única limitante que él encuentra es su propia mente y su propia moral, lo cual nos dice mucho acerca del destino en los próximos tiempos del derecho internacional, de los organismos multilaterales, de todas estas frivolidades que nosotros vemos como parte integral del sistema internacional.
Bajo esa premisa, Donald Trump se muestra así en entrevista y se muestra así en el día a día, completamente empoderado, y eso es lo que nos pone frente a un panorama doblemente incierto. Si de por sí el poderío militar y económico estadounidense son tan abrumadores, cuando están dirigidos por un hombre y un gobierno que no ven más límite que el suyo propio, entonces sí las viejas reglas que daban cierta estabilidad, normatividad y orden están en camino al camposanto.
Ante ese preocupante panorama, ¿qué debe, o qué puede, hacer México?
En primer lugar, un poco de memoria y perspectiva: hace diez años, cuando Donald Trump arrancó su primera campaña presidencial, lo hizo utilizando a los mexicanos -y a México- como una muy conveniente bandera propagandística. El muro que pagaría México, las numerosas ofensas e infundios a los migrantes, las presiones para el nuevo acuerdo comercial, todo ha sido parte de un patrón de conducta. Esto no es de ahora.
Luego, un poco de autocrítica e introspección: tenemos un problema real, y muy serio, de tráfico de estupefacientes y de personas hacia EEUU, y de armas y dinero desde EEUU. No es algo nuevo, pero tan falaz es cargarle toda la culpa al pasado como querer inventar que toooodo sucedió en los últimos siete años. No es un tema de partidos, tampoco de gobiernos específicos, es mucho más grave y complejo: es un problema de Estado.
Hacia adelante, lo recomendable es continuar por la ruta que ha seguido la administración Sheinbaum: discreción, cabeza fría y amable firmeza, pero fortaleciendo la comunicación no solo directa, que es saludable y necesaria, sino también la diplomacia pública y la comunicación social enfocada a los públicos estadounidenses, que necesitan urgente refuerzo.
Y a los actores políticos mexicanos, una atenta sugerencia: recuerden que, ante un entorno tan incierto y peligroso, las agendas y las filias y fobias particulares deben ceder el paso a esa cosa que se llama el interés nacional.
POR GABRIEL GUERRA CASTELLANOS
GGUERRA@GCYA.NET
@GABRIELGUERRAC
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