Trump no es más grande; es más cínico

Trump no es más grande; es más cínico

Donald Trump volvió a hacer lo que mejor sabe hacer: convertir su propia vulnerabilidad en arma contra los demás. Esta vez, los Clinton le facilitaron la coreografía.

Ante el caso Epstein, cualquier decisión tenía costos políticos. Comparecer implicaba riesgos. Negarse a hacerlo, también. Bill y Hillary Clinton optaron por la peor decisión: el silencio. No uno prudente, sino uno que deja espacio para la sospecha. En política, ese espacio nunca queda vacío: alguien lo ocupa. Y casi siempre es Trump.

Esta semana, los Clinton rechazaron la solicitud del Comité de Supervisión de la Cámara de Representantes -presidido por el republicano James Comer- para comparecer en el marco de la investigación sobre Jeffrey Epstein. No hubo testimonio, no hubo explicación pública, no hubo contraataque político inmediato. Solo una carta jurídica, cuidadosamente redactada.

La consecuencia era previsible. Ahora, Comer puede escalar el conflicto, incluso hablar de desacato, y Trump obtiene lo que más necesita: evita estar en la mira. Pasar de señalado a acusador. De ser parte del problema a un supuesto garante de la transparencia.

El expediente Epstein es un lodazal que salpica a medio mundo. Empresarios, políticos, celebridades. En algunos casos, solo hay fotografías incómodas. En otros, vínculos más turbios. Tanto Bill Clinton como Donald Trump aparecen en el archivo visual de Epstein. Ambos rodeados de mujeres. Ambos obligados, en algún momento, a dar explicaciones.

Aquí está la diferencia clave: Trump entiende la lógica del espectáculo político mejor que nadie. Sabe que no gana quien es inocente, sino quien logra que el otro parezca culpable. Clinton, en cambio, actuó como si esto fuera solo un asunto legal. No lo es. Nunca lo fue.

Bill Clinton ya enfrentó al Congreso cuando era presidente, durante el escándalo Lewinsky. Compareció, mintió, fue exhibido, pero políticamente sobrevivió. Hoy decidió no repetir la escena. El problema es que el contexto cambió: ahora el silencio no protege, incrimina.

Trump aprovechará esa decisión hasta el último centímetro. Dirá que él permitió que se conocieran los archivos de Epstein -aunque primero intentó frenarlos y luego los abrió a medias, empujado por la presión pública-. Dirá que él “aguanta” investigaciones, aunque su historial diga lo contrario. Dirá, sobre todo, que los Clinton no quieren hablar porque algo esconden.

Y ese será el relato dominante.

Poco importará que Trump también aparezca en fotos, que su cercanía con Epstein esté documentada o que el delincuente sexual muriera en prisión durante su presidencia. En política, la duda no se reparte de manera equitativa: se concentra en quien guarda silencio.

La carta de los Clinton al Congreso intenta revestir la decisión de épica cívica. “Cada persona tiene que decidir cuándo ha visto suficiente y está dispuesta a luchar por este país… Para nosotros ese momento es ahora”, escribieron. El problema es que suena más a defensa preventiva que a compromiso democrático.

Los registros de visitantes muestran que Epstein tuvo acceso a la Casa Blanca durante el gobierno de Clinton. No prueban delitos, pero tampoco ayudan cuando se opta por callar. El silencio, en este caso, no es neutral.

La lección es brutal y debería incomodar tanto a demócratas como a republicanos: los archivos siempre contienen más de lo que parece, y quien cree poder usarlos para destruir a un enemigo suele olvidar que también pueden volverse contra uno mismo.

Trump pasó de estar a la defensiva por su relación con Epstein a colocar en el centro a figuras emblemáticas del Partido Demócrata. No porque sea mejor. No porque sea inocente. Sino porque juega sin escrúpulos en un sistema que premia al más cínico.

Así, un caso que pudo haberse convertido en munición contra Trump terminó siendo un bumerán. Los Clinton decidieron no hablar. Trump decidió bailar. Y, una vez más, marcó el ritmo.

Tres en Raya

Trump negará el significado de muchas fotos con Epstein y mujeres jóvenes. Pero hay una imagen que seguramente sí celebrará: un preservativo con su rostro impreso y la leyenda “I’m huge”. Vulgar, grotesco, exagerado. Como su política. Y, sin embargo, eficaz.

POR VERÓNICA MALO GUZMÁN

COLABORADORA

VERONICAMALOGUZMAN@GMAIL.COM

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