Los cárteles no se bombardean

Los cárteles no se bombardean

Los laboratorios de fentanilo —y de muchas otras drogas sintéticas— se parecen más a puestos ambulantes que a grandes fábricas. La delincuencia organizada, particularmente los cárteles, opera más como un corporativo criminal que como un ejército convencional: tiene directores, gerentes, operadores y empleados que se mueven entre distintos escenarios y que pueden ser reemplazados cuando los intereses de sus mandos lo requieren.

Por eso, pensar que una intervención militar extranjera podría desmantelar a los cárteles, como ha sugerido Donald Trump, no solo es inviable: revela un profundo desconocimiento de cómo funcionan estas organizaciones.

A diferencia de objetivos políticos claramente identificables —como un régimen o un liderazgo estatal— los cárteles no pueden ser derrotados mediante bombardeos o incursiones de fuerzas especiales. Su desarticulación exige algo mucho menos espectacular pero mucho más efectivo: procesos judiciales sólidos, persecución patrimonial, destrucción de sus redes financieras y ruptura de las cadenas de complicidad que les permiten operar.

La delincuencia organizada no es un grupo de hombres armados acampando en la sierra. Es un entramado de intereses que se mimetiza en la sociedad y en sus principales espacios de decisión. Por esa razón —aun sin invocar los principios de soberanía o el derecho internacional— resulta absurdo imaginar que un operativo militar extranjero pueda acabar con los cárteles.

En este contexto debe analizarse la iniciativa denominada “Escudo de las Américas”, anunciada por Trump en Florida. El proyecto pretende construir una gran coalición militar para erradicar a los cárteles criminales y plantea incluso el uso de fuerza letal contra estas organizaciones.

Pero surge una pregunta elemental: ¿contra quién exactamente se dirigiría esa ofensiva?

Bajo el concepto de “cártel” caben muchas realidades. Desde operadores logísticos hasta sicarios; desde quienes incendian vehículos para sembrar terror tras la captura de un líder criminal, hasta grupos capaces de derribar un helicóptero militar. También incluye a operadores financieros que viven en lujosos conjuntos residenciales y a políticos que, en distintos niveles, terminan respondiendo a intereses criminales.

Una acción bélica podría debilitar temporalmente a alguna célula operativa, pero difícilmente destruiría la estructura completa. En cambio, la constancia en la ejecución de órdenes de aprehensión, el aseguramiento de recursos económicos, la incautación de bienes ilícitos e incluso los procesos de extradición, sí erosionan a las organizaciones criminales. En ese terreno, la cooperación internacional es útil y necesaria.

Consentir el capricho de quien pretende actuar como dueño de una parte del mundo puede salir muy caro. Apostar por la ley, por la inteligencia financiera y por el cumplimiento de los compromisos internacionales —ese sí— es el verdadero escudo contra la delincuencia organizada.

Porque a los cárteles no se les derrota con bombas: se les desmantela siguiendo el rastro del dinero y, particularmente, de sus múltiples complicidades.

POR MANELICH CASTILLA

COLABORADOR

@MANELICHCC

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