A Donald Trump le incomoda Europa, pero el Pentágono la necesita
La defensa de Estados Unidos necesita a Europa tanto como Europa a Estados Unidos. Acaso ese sea el verdadero talento de Donald Trump: lograr que sus aliados le teman sin que nadie quiera pensar en lo que Estados Unidos necesita a esos socios a los que desde hace 13 meses se empeña en tratar como vasallos. En el caso europeo, esa dependencia se resumen en cifras.
Justo cuando se celebra la Conferencia de Seguridad de Múnich, esa realidad es, a la vez, más obvia que nunca y, a la vez, está siendo totalmente ignorada. Desde hace dos semanas, una enorme operación aérea está teniendo lugar desde Estados Unidos hasta Europa y, de aquí, a Oriente Próximo. Las bases de Lakenheath, en el Reino Unido; Rota y Morón, en España; Lajes, en Portugal; y Chania, en Grecia, están siendo usadas por las Fuerzas Armadas de Estados Unidos como escalas en el despliegue de un enorme aparato militar con el que Washington está rodeando a Irán.
Toda la operación recuerda a la lanzada por Estados Unidos en junio pasado, que culminó con la protección por su Armada del espacio aéreo de Israel en la guerra de los 12 días que enfrentó a ese país con Irán, y con el bombardeo de tres centros nucleares iraníes. Hace ocho meses, Washington también llevó a cabo un enorme despliegue aeronaval en Oriente Próximo. Y, como ahora, no hubiera podido haberlo llevado a cabo sin sus bases europeas.
La infraestructura logística de Estados Unidos en Europa es un gigantesco secreto a la vista de todos. No existe una cifra oficial y, por increíble que pueda parecer, nadie sabe la cantidad exacta. El Congreso de ese país declaraba en febrero de 2024 que había "31 bases persistentes y otros 19 sitios a los que el Departamento de Defensa tiene acceso en la región". El think tank Council on Foreign Relations estimaba hace justo un año que había más de 40, desde el extremo noroeste de Groenlandia, a 1.500 kilómetros del Polo Norte geográfico, Estados Unidos tiene alrededor de 85.000 soldados en ellas, aunque el Gobierno de Trump quiere reducirlos a unos 65.000. El Pentágono también tiene alrededor de cien bombas atómicas entre Alemania, Bélgica, Países Bajos, Italia y Turquía.
Pero esa es sólo una fracción de la red militar estadounidense en Europa. Para el Pentágono, el Viejo Continente no es un sistema de bases. Es una red logística con su eje en Alemania y, en menor medida, el Reino Unido, que proyecta la fuerza militar de ese país hacia otras regiones. Las bases persistentes son sólo una parte del entramado. Además, están las instalaciones militares y civiles en las que ese país tiene, según las circunstancias, derecho de acceso. También hay centros de preposicionamiento -en la práctica, almacenes con material de todo tipo- y las bases rotacionales en las que, como su nombre indica, no hay unidades destacadas permanentemente, sino que estas van rotando. Aparte, están los centros de mando y control, y los radares y demás instalaciones de guerra electrónica y recogida de datos. El resultado son cientos de puntos a disposición de Estados Unidos, aunque las condiciones de uso cambian en cada caso.
Las funciones de esas bases son variadas. La defensa de Europa frente a Rusia -y antes, la Unión Soviética- es sólo una de ellas y, además, de importancia decreciente. Hoy, el entramado estadounidense en Europa es una lanzadera hacia Oriente Próximo, África y el Ártico. Varios de los destructores que patrullaban el Mar Negro antes de la invasión rusa de Ucrania hace cuatro años, y que derribaron misiles que Irán lanzó contra Israel en junio, tienen su base en Rota. Los aviones cisterna que abastecieron en vuelo durante años a los cazabombarderos franceses que atacaban a los islamistas en África estaban destinados en Morón, una de las dos bases europeas desde las que Estados Unidos bombardeó Irak en 1991. La creciente importancia del Ártico, a medida que el cambio climático funde el hielo, está dando a Europa, además, valor como plataforma en ese teatro de operaciones.
Todo eso plantea una interdependencia mucho mayor entre las dos orillas del Atlántico. La protección de Israel y de los demás aliados de Estados Unidos en Oriente Próximo pasa por Europa, lo mismo que la proyección de su fuerza militar hacia el Ártico y África. De hecho, el cuartel general del Mando Africano de las Fuerzas Armadas estadounidenses está en la ciudad alemana de Stuttgart.
Europa del sur, central y occidental son, para Estados Unidos, bases logísticas. Si el Departamento de Defensa de EEUU perdiera el acceso a la región, su tiempo de respuesta ante una crisis en Eurasia, Oriente Próximo o la mitad norte de África pasaría de días a semanas. Un análisis del think tank de Washington Centro de Estudios Internacionales y Estratégicos (CSIS, según sus siglas en inglés) publicado en 2024 afirma que, en caso de una guerra en Europa, Estados Unidos no sería capaz de controlar el Atlántico si perdiera sus bases en el Reino Unido, España e Italia. Europa es, además, la retaguardia -o, en el argot oficial, la "plataforma estratégica crítica"- para los teatros de operaciones de Oriente Próximo y África, según el propio Pentágono. Eso incluye incluso el tratamiento de heridos: el principal hospital militar con el que cuenta el Mando Central de Estados Unidos, cuyas competencias van desde la frontera de Kazajistán con China hasta Egipto, está en Ramstein, justo en el borde de Alemania y Francia.
El sistema está perfectamente engrasado. La época del Yankees, go home!, del OTAN no, bases fuera -o del surreal OTAN, de entrada no- ha pasado a la historia. Los aviones de Estados Unidos están yendo rumbo a Oriente Próximo llevando no sólo armas, sino también sistemas antimisiles que acaban de ser desplegados en Jordania, pero a nadie se le ocurre montar un campamento de mujeres por la paz como el que existió durante nueve años en la base de Greenham Common, al norte de Londres, cuando la OTAN desplegó allí misiles con bombas atómicas en 1982. Lo mismo cabe decir de los atentados. El año pasado nadie recordó el 40.º aniversario de la matanza de El Descanso, el restaurante en el que terroristas islámicos asesinaron a 18 personas, todas ellas españolas, en un intento de matar a militares estadounidenses de la vecina base de Torrejón de Ardoz, en Madrid.
Eso se debe en buena medida a que las instalaciones militares son hoy menos visibles. Hoy se estilan más las bases de presencia ligera (en el argot del Pentágono, lily pads, que, literalmente, significa nenúfares). Y eso es consecuencia de los cambios en la organización de los Ejércitos de EEUU. Con el colapso de la Unión Soviética, el Pentágono redujo masivamente su presencia en Europa Occidental, que había llegado a rondar el medio millón de efectivos en la década de los 50. A continuación, empezó técnicas de management del sector privado, incluyendo gestión de inventarios flexible inspirada en el gigante de los supermercados Walmart: una logística ligera, siguiendo el modelo de Toyota; y unos productos (en este caso, armas) almacenados cerca de donde está la demanda (las zonas de potencial conflicto) para poder abastecer al consumidor (o liquidar al enemigo). Las invasiones rusas de Ucrania en 2014 y 2022 reforzaron ese modelo.
Trump ha amenazado con no aplicar el Artículo 5 de la OTAN, lo que en la práctica significaría liquidar a la alianza. Pero nunca ha dicho nada de dejar las bases, porque las necesita. Esa es una de las razones que justifican el optimismo de algunos, como el ex comandante en jefe de la OTAN, el holandés Rob Bauer, que afirman que Estados Unidos no va a dejar la alianza bajo ningún concepto.
Si Washington debe tener acceso a las bases porque le permite extender su influencia, Europa las necesita como garantía de que, llegado el caso, Estados Unidos estará en condiciones de ayudarla. Por eso, no puede emplearlas como una herramienta negociadora. Trump ha logrado transformar en un arma política su déficit comercial crónico al imponer aranceles que golpean a sus contrapartes comerciales. Pero Europa no puede hacer lo mismo con las bases porque la desaparición de estas agravaría su déficit de seguridad.
En todo caso, la interdependencia trasatlántica que genera esta red logística es un debate que nunca se ha planteado. Las 50 instalaciones militares, más los cientos de áreas de acceso, no son sólo un instrumento de proyección de poder, sino también un arreglo institucional que ha ayudado a organizar la cooperación trasatlántica en un mundo cada día más anárquico.
