De sótanos a la línea de fuego: por qué los drones están cambiando el campo de batalla en la guerra de Ucrania

De sótanos a la línea de fuego: por qué los drones están cambiando el campo de batalla en la guerra de Ucrania

Varios ingenieros, un arquitecto, profesores universitarios... Hay que viajar en coche por las carreteras heladas de Járkiv para dar con este lugar. Desde fuera es una casa más que parece abandonada por la cercanía del frente, como todas las demás. Sin embargo, alguien que nos ve por una cámara oculta responde a nuestra llamada y abre la puerta. Bajamos dos tramos de escalera hacia un sótano profundo donde se oye un generador. Hay luz al fondo y sonido de conversaciones. Las mejores mentes de Ucrania trabajan aquí.

Estamos en el corazón de la unidad especial de sistemas no tripulados Taifún (tifón, en español) perteneciente a la Guardia Nacional de Ucrania. En este refugio se guarda uno de los lugares más secretos del frente norte de Ucrania, el laboratorio de la guerra del futuro, un conjunto de personas con altas capacidades técnicas y militares cuyo trabajo es forzar la tecnología para llegar con ella aún más lejos. El objetivo es sencillo: robotizar el campo de batalla para que cada vez tengan que morir menos soldados propios, pero a la vez más de los enemigos. Nos da la bienvenida Dmytró, o Dima, como le llaman todos, un ex futbolista que ahora capitanea a tan heterogénea tropa.

A diferencia de otras brigadas, Taifún no tiene infantería, ni artillería, ni tanques, sino que nació en 2024 sólo como una unidad de drones para abanderar el paso del ser humano a las máquinas cada vez más autónomas y letales. Nadie es capaz de recordar quién les trajo un jamón ibérico a la unidad, con su soporte y su cuchillo jamonero, pero la llegada de un reportero español hace que se alineen los astros para ellos y les da la oportunidad de probarlo al fin.

El comandante 'Michael', creador de la unidad.

El comandante 'Michael', creador de la unidad.A. R.

Esta visión tomó forma en la cabeza de Mijailo Kmytyuk, de nombre de guerra Michael, comandante de la unidad, que añade que el objetivo de Taifún "no solo es entrenar a los soldados en el manejo de una amplia gama de drones", sino también "atraer a diversos perfiles, como ingenieros y jugadores de videojuegos, para que se unan a esta nueva fuerza". De hecho, varios veteranos de otras unidades se han unido a Taifún para llevar la guerra drónica a otro nivel. Incluso entrenan ya a tripulaciones femeninas en Kiev que muy pronto pasarán a primera línea de combate.

De la revolución que se desarrolla en sótanos como este tuvo noticias la OTAN en el ejercicio Hedgehog 2025 en Estonia. Se trató de un "juego de guerra" en el que dos batallones de la Alianza con soldados de 12 socios (incluyendo 17 blindados) fueron eliminados en 24 horas por 10 equipos de pilotos de drones ucranianos que los aliados fueron incapaces de detectar, pero que tenían toda la información en tiempo real, gracias a drones espía. Según informa The Wall Street Journal, los pilotos ucranianos dijeron que la concentración de drones había sido mucho menor en Estonia que la que ellos mismos provocan en la guerra de Ucrania. "La realidad hubiera sido mucho peor para la Alianza", declaró uno. Uno de los comandantes de la OTAN, declaró al final del ejercicio: "Estamos jodidos".

Pero vamos a volver al sótano. Si miramos a la izquierda, vemos una pila de cientos de drones preparados para su uso inmediato en el frente cercano, y también otros que aún deben ser modificados y puestos a punto. A simple vista, hay drones FPV o "First Person View", o sea, "vista en primera persona", pero también drones de observación Mavic e incluso bombarderos pesados Vampire, de seis grandes hélices y uso nocturno.

Varios ingenieros tratan de meterse en el cerebro de estos aparatos, que cada vez dependen menos de las piezas compradas en el extranjero, para hacerlos más efectivos. Ese es uno de los mayores avances de la unidad, que sus drones sean cada vez más infranqueables para las contramedidas rusas de guerra electrónica. Así buscan poder interceptar los aparatos del enemigo, cortando sus frecuencias e incluso controlando sus movimientos, e impidiendo que los rusos hagan lo propio con los suyos. Ante nosotros tenemos también varios ejemplares de drones de fibra óptica, es decir, esos que en vez de manejarse por radio lo hacen por cable, lo que los hace inmunes a la guerra electrónica.

Dron espía desarrollado por Ucrania recién aterrizado de su misión en el frente.

Dron espía desarrollado por Ucrania recién aterrizado de su misión en el frente.A. R.

Estos aparatos, desarrollados en principio por los rusos, son los responsable de la destrucción de la logística a ambos lados del campo de batalla. No hay vehículo de dos o cuatro ruedas, incluso de orugas, que no esté amenazado por ellos. Ucrania copió el invento enemigo en semanas y ante nosotros tenemos varios ejemplos de drones con 20 kilómetros de autonomía (la capacidad de su carrete), aunque ya los fabrican de incluso 50 y 60 kilómetros. Dos ingenieros dan los últimos retoques al software para dejarlos preparados.

Después, un vehículo recorre a toda velocidad las posiciones en la llamada kill zone o zona de aniquilación dejando drones a los operadores, cientos cada día, igual que el camionero que deja proyectiles de artillería para alimentar los obuses o balas para la infantería.

Al fondo de la sala se encuentra Max, un arquitecto que trabaja con una impresora 3D que no se detiene en todo el día. Sus ingenieros han descubierto que si se modifica la posición de la antena de los drones comerciales el aparato puede llegar aún más lejos, lo que puede permitir a sus operadores estar algo más lejos de las zonas peligrosas de lanzamiento. Esto se consigue añadiendo una pieza que no existe, y que Max ha diseñado e impreso en 3D. Nos muestra una bolsa con estas piezas, ya preparadas para añadir a los drones que vayan llegando aquí: "No imprimimos drones aquí, pero sí muchas de sus piezas inventadas por nosotros. Conseguimos aparatos con mejor visión, con mayor autonomía, con mayor velocidad y más letales que los que pueden comprarse".

Todas las innovaciones se prueban inmediatamente en el campo de batalla más mortífero y exigente del siglo XXI, y ninguna empresa armamentística europea tiene esa ventaja. Para comprobarlo, salimos en uno de sus vehículos hacia el frente.

Las carreteras, cubiertas por redes antidrones, ya anuncian los peligros que vuelan tras ellas. El asfalto, desgastado por el paso de blindados, provoca una vibración sonora muy peculiar de las rutas que llevan a la guerra. Finalmente, en mitad de ninguna parte y en medio de una línea de árboles pelados por el frío, entramos en una posición oculta. Dentro, varios pasillos oscuros desembocan en un búnker de hormigón en el que cuatro militares miran con atención varias pantallas. En la más grande, el ojo de un dron cerámico con un zoom de cinco kilómetros de precisión observa todos los movimientos del enemigo. Su tarea es volver a un punto determinado en el que unos ingenieros rusos cavaron un agujero para instalar un cañón de gran calibre.

Así que dirigen el dron, de producción ucraniana, y comprueban que, efectivamente, el cañón ya ha sido instalado. Podemos ver incluso cómo varios militares rusos tratan de tapar el obús con madera y otros elementos naturales. Demasiado tarde. "Esta tarde o mañana lo destruiremos", dice el comandante de la posición, pendiente ahora de coches que van y vienen, rutas de logística y rodadas en la tierra impresas en la nieve. "Cualquier cosa nos anuncia dónde se esconde el enemigo. Gracias a este dron podemos ver todos sus movimientos".

Un rato después, el dron, de unos 60.000 euros de coste, regresa de vuelta y aterriza gracias a un paracaídas. Pero cuando los soldados van a salir a por él al exterior, salta el detector antidrones. Un FPV del enemigo ronda la zona en busca de incautos. Se nos pide que nos quedemos dentro del refugio hasta que el pitido de estos aparatos, auténticos canarios en la mina, deja de atronar y se desvanece. El dron vuela hacia otro sitio en busca de presas y se puede recuperar el dron. "Ya hemos perdido uno de tres y no queremos quedarnos sin otro", dice el comandante.

Después de esto, sólo quedaba cortarles el jamón.