Del blanco del Atlas al azul de Essaouira: el viaje de los contrastes estacionales en Marruecos

Del blanco del Atlas al azul de Essaouira: el viaje de los contrastes estacionales en Marruecos

El invierno marroquí es una revelación para quienes solo asocian el país con el calor y el desierto. Mientras Europa tiembla bajo la nieve, que se cuela a veces en las grandes ciudades, el Alto Atlas también ofrece un invierno auténtico y alpino, con aldeas bereberes que han sobrevivido a esta intensidad climática durante siglos. Pero lo fascinante de este viaje no es solo el frío, sino la transición: en unas cuatro horas de carretera, el paisaje nevado da paso a los arganes verdes y, finalmente, al azul intenso del Atlántico y a sus temperaturas más estables. Un contraste que se muestra en apenas 250 km y que se vive con los sentidos, cambiando botas de montaña por sandalias y un té caliente junto al brasero por un pescado recién asado en el puerto.

Jardines de Menara en Marrakech, Marruecos© Shutterstock
Plaza de Djemaa el Fna y la mezquita Koutoubia de fondo en el mes de marzo, Marrakech, Marruecos© Shutterstock

Marrakech, el preludio invernal

La ciudad imperial recibe al viajero con una sorpresa: en febrero hace frío en Marrakech. Las noches descienden hasta los 7 grados, algunas mañanas amanece con escarcha ligera sobre los naranjos que rodean la ciudad y el aire seco obliga a sacar el abrigo del equipaje. Nada que ver con la imagen tópica de una ciudad sofocante en la que los zocos de la medina se recorren con agobios. En este mes, la luz invernal rasante ilumina los muros ocres de la Koutoubia y los jardines como el Majorelle muestran una vegetación descansada del calor estival.

Sin embargo, a lo largo del día será posible sentir más calidez. Entre los 8 y los 20 grados diurnos, Marrakech vive su invierno seco, con cielos despejados y una atmósfera marcada por los braseros de carbón que se dejan ver en las terrazas de los cafés. El vapor del té de menta que se condensa en el aire y las chilabas gruesas de los vendedores recuerdan que el invierno puede ser duro en estas coordenadas, donde los riad tradicionales sacan sus mantas de lana bereber y sus estufas para dar calidez a sus habitaciones de techos altos.

Minarete con las montañas del Atlas de fondo, Marruecos© Shutterstock
Tradicional té caliente de Marruecos© Shutterstock

Ascenso hacia otro clima

La salida de Marrakech al amanecer marca el inicio del cambio. La carretera que serpentea hacia el sur atraviesa primero la llanura de Al Haouz, todavía templada y ocre por los primeros rayos de sol. A  partir de Tahanaout, a unos 35 kilómetros, el paisaje empieza a transformarse. Las curvas se suceden, la altitud aumenta y las primeras aldeas bereberes aparecen aferradas a las laderas, con sus casas de adobe rojo y tejados planos cuyas chimeneas ya trabajan a destajo desde primera hora. 

A 1.500 metros, el termómetro ya marca 12 grados. Las mujeres que caminan por los arcenes llevan chilabas gruesas y pañuelos de lana y las mulas van cubiertas con mantas de colores para no dejar un resquicio al frío. El puerto de Tizi n'Tichka, a 2.260 metros de altitud, es el punto culminante de la carretera. Aquí, en febrero, la temperatura ronda los 3 grados por la mañana y la nieve se acumula en las cunetas y en las zonas de umbría. Los picos que rodean el paso muestran manchas blancas en sus cumbres y el viento corta la cara al bajar del coche, pero es imperativo hacer una parada en alguno de los pequeños puestos de té bereber que flanquean la carretera. 

Estas construcciones humildes cuentan con braseros de carbón en el centro sobre los que descansan las teteras humeantes. En seguida el calor del fuego, el olor a humo y leña, el sabor del té dulce y el vapor hace que nos arrebujemos y no queramos salir, pero ahí fuera el espectáculo sigue, un Atlas que despliega su cara más cruda y bella, con barrancos profundos, rocas peladas y el sonido del viento, que hace recordar los 18 grados que marcaba el termómetro en Marrakech hace apenas una hora.

Kasbah de Toubkal, en el Atlas de Marruecos© Shutterstock
Montañas del Atlas, Tahanaout, Marrakech, Marruecos© Shutterstock

Imlil, la aldea entre la nieve

El desvío hacia Imlil, a 1.740 metros de altitud, se adentra en el corazón del Parque Nacional del Toubkal. La carretera se estrecha aquí y el valle se abre en forma de anfiteatro, con el pueblo al fondo rodeado de picos que superan los 4.000 metros. En febrero, Imlil vive su invierno más duro. Las temperaturas oscilan entre los -4 grados nocturnos y los 10 grados al mediodía, con heladas constantes en las zonas de sombra y nieve permanente por encima de la cota 2.000.

Por eso el pueblo es una sucesión de calles de tierra helada, casas de piedra con techos planos y humo saliendo de todas las chimeneas. Las mulas, que en verano transportan a los excursionistas hacia el Toubkal, ahora descansan en los corrales con mantas gruesas. Los niños bereberes juegan al fútbol con gorros de lana y los perros callejeros se acurrucan al sol buscando cualquier rastro de calor. No hay nada turístico en este Imlil invernal, pero lo sobrecogedor y aislado del lugar hace que sacar la cámara se haga imprescindible y que se sienta curiosidad por cómo se vive en el lugar.

Adentrarse en las casas rurales bereberes es toda una experiencia de lo más acogedora. Entre estufas de leña y mantas gruesas se srve una cena donde no faltan platos como el tajín de cordero con verduras, el pan recién hecho y el té que nunca parece acabarse. La noche cae rápido en el valle y con ella, el frío se intensifica. A las ocho de la tarde, el termómetro ya marca bajo cero, pero es necesario salir del refugio cálido para ser testigos de un manto de estrellas que se ríe de la contaminación lumínica entre un silencio absoluto.

Pico de Toubkal, en el Atlas de Marruecos© Shutterstock

El Toubkal nevado, África alpina

Al amanecer, la salida hacia el Toubkal es una experiencia que borra cualquier idea preconcebida sobre Marruecos. A las siete de la mañana, con el termómetro marcando -4 grados, la hierba está cubierta de escarcha y esa luz azulada del amanecer en alta montaña, es hora de calzarse las botas de trekking, el cortavientos, el gorro, los guantes y cualquier capa que tengamos a mano. 

El sendero asciende por el valle de Imlil hacia el refugio del Toubkal, a 3.200 metros, entre un paisaje de belleza austera, donde los pinos dispersos entre la nieve y los arroyos congelados son el primer plano de un fondo donde asoma el pico más alto del norte de África, el Djebel Toubkal (4.167 metros), completamente nevado y majestuoso. 

A medida que se gana altitud, el frío se intensifica y el viento sopla con más fuerza. A 2.500 metros, la nieve ya es estable y el paisaje hace difícil creer que se está en África, pero no hace falta subir hasta la cumbre para sentir el contraste. Desde los miradores del valle, la visión del Toubkal es suficiente para enamorarse del punto más frío del viaje, el momento más alpino de este recorrido entre estaciones. A partir de aquí, todo será descenso en altitud y un ascenso en temperatura.

Pueblo de Essaouira, en Marreucos© Shutterstock

Essaouira, invierno de sal y viento

El descenso por el mismo puerto de Tizi n'Tichka se convierte en una experiencia cinematográfica cuando se hace en sentido inverso, de regreso a cotas más bajas. A las doce del mediodía, con el Toubkal nevado todavía visible por el retrovisor, el coche deja atrás las cunetas llenas de nieve y los vendedores de alfombras y té, mientras el paisaje cambia a una velocidad vertiginosa. A 1.200 metros el termómetro ya marca 15 grados y la nieve ha dejado paso a los primeros arganes verdes.

Al cruzar la región de Chichaoua, la altitud baja drásticamente, la temperatura ya ronda los 18 grados y el Atlas ha quedado atrás como un recuerdo nevado. Los campos agrícolas se extienden a ambos lados de la carretera, las gaviotas los sobrevuelan y al fondo aparece la línea del Atlántico, dejando el invierno atrás y la ciudad fortificada de Essaouira delante, con sus casas blancas ribeteadas de azul, pero también con el viento típico del océano que refresca el ambiente. 

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Mujer en el puerto de Essaouira, en Marreucos© Shutterstock

A pesar de que no es el invierno alpino de horas antes, la sensación de frío vuelve, pero basta con un poco de suerte para que, si el aire se calma, el sol consiga calentar la piel. El olor a sal y la humedad se extienden, acompañados por el sonido insistente de las gaviotas que buscan las sobras de los pescadores. El riad ya no necesita de estufas potentes y multitud de mantas, y las botas de montaña se quedan arrinconadas para probar suerte con unas sandalias que permitan hundir los dedos en la arena mientras llega el olor del pescado asado de las parrillas de los puestos de la costa de Essaouira. 

Brochetas de pescado recién hecho, pan, ensalada y zumo de naranja son una combinación perfecta. Un contraste total con la cena en Imlil, donde hace apenas 24 horas cenabas un plato caliente con el termómetro marcando bajo cero en los despejados cerros marroquís. Ahora, los surfistas se atreven con las olas y la medina de Essaouira, Patrimonio de la Humanidad, te llama a explorarla antes de que se acabe el día, buscando ese recuerdo, ese baño de aromas o ese hammam que cierre el viaje entre dos estaciones, dos paisajes y dos Marruecos completamente distintos de la mejor forma posible.

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